Fabián Casas: “Cerré todo un ciclo de escritura, estoy agotado”

La Tercera

Jueves 10 de noviembre de 2011

El escritor argentino está en Chile para entregar el premio del Concurso de Cuentos de Paula. Hoy participa en la Cátedra Bolaño.

por Roberto Careaga C.


Pensaba que no iba a terminarla y no le importaba demasiado. Sin apuros, Fabián Casas demoró cuatro años en escribir la novela autobiográfica

Para muchos escritores la situación podría ser grave. Inconfesable. No para Casas, que se lo toma con calma: demoró 10 años en encontrar el tono adecuado para un cuento del libro Los Lemmings y ahora espera sin ansiedades. “Voy a tener que volver a encontrar la musiquita en el oído. Tiene que pasar un tiempo”, dice recién llegado a Santiago.

Casas está en Chile para matar varios pájaros de un tiro en tiempo récord: en dos días terminará su labor como jurado del concurso de cuentos de la revista Paula, presentará la película basada en Ocio y participará en la Cátedra Roberto Bolaño, de la Universidad Diego Portales. Mañana en la tarde, ya estará de regreso en su casa en Buenos Aires.

En Santiago, el ajetreo para Casas empezaba ayer, en la entrega del premio de Paula a David Núñez (35), por su cuento Bajo tierra, el que aparecerá en un libro editado por la UDP junto a otros nueve relatos finalistas. “Me sorprendió el nivel de los cuentos. Estaban interesantes y raros”, dice Casas, que ofició como jurado junto a Marcela Fuentealba y Germán Marín.

Un antídoto

Ya le ha dicho dos veces que no a Jorge Herralde: el editor del sello español Anagrama le propuso publicar Ocio en España, pero Casas lo rechazó. No quería dejar a su editorial en Argentina, ni amarrarse con contratos, dice. No le gusta que lo iluminen los focos: “Me sirvió escribir mientras nadie me daba boliche. Para mí, escribir en un país donde el escritor no ocupa ningún lugar es una bendición”, dice.

Es verdad, le dieron poco “boliche” en los 90, cuando Casas iba de poeta con libros como Tuca(1990) y El salmón (1996), pero ya era bastante más que un secreto a voces cuando publicó la novela Ocio (2000) y los cuentos de Los Lemmings (2005). El tono callejero, ligero y pop de su poesía y su narrativa apareció luego en sus iconoclastas ensayos, Ensayos bonsái yBreves apuntes de autoayuda.

“Iba en un crescendo, pero algo se paró. Me cansé y siento que no le encuentro más la vuelta. Todo lo que escribo ahora no me resultaría honesto. No hay riesgo. Es como si hubiera terminado todo un ciclo de escritura. Estoy agotado”, dice Casas, y cuenta que hace poco le pidió de vuelta a su editor tres cuentos: “Eran una catástrofe”.

Pero, de nuevo, es cosa de esperar. Afinar el oído y volver a escuchar la “musiquita”. Casas está buscando impulsos: dice que le gustó el volumen de ensayos No leer, de Alejandro Zambra, y que se sintió “interpelado y conmocionado” con la novela Camanchaca, de Diego Zúñiga. “Algo tiene que venir”, dice con calma. “Puede que venga de la voz de una persona, de una película, de un partido de fútbol. Estoy buscando un antídoto, eso es. Estoy buscando un antídoto contra mi estupidez. No sé de dónde vendrá”, concluye.

Olivier Rolin compara el movimiento social chileno con el de mayo del 68 en Francia

El escritor, quien realiza una visita al país, participará este martes 25 en la mesa redonda “Escritura y movimientos sociales: de mayo del 68 a mayo de 2011″ y también en la cátedra Bolaño con una ponencia llamada “De París a Tierra del Fuego, un viaje literario”.

por El Mostrador

El connotado escritor francés Olivier Rolin visitará Chile para participar en diferentes actividades culturales organizadas por Editorial Cuarto Propio, el Instituto Francés de Chile y la Universidad Diego Portales.

En su estadía, el autor de La invención del mundo será parte de la mesa redonda “Escritura y movimientos sociales: de mayo del 68 a mayo de 2011”, donde representantes de la cultura chilena, como Marisol Vera, Juan Pablo Cárdenas, Alejandra Costamagna y Andrea Jeftanovic, dialogarán con él sobre los movimientos sociales, revisando, sobre todo, los de mayo del 68 en Francia y su parangón con los gestados en Chile, desde mayo de 2011.

Se trata de un necesario recorrido que indaga en el rol de la escritura (y la no escritura) que hubo y que habrá en torno y sobre estos movimientos. Este encuentro cobra un interesante matiz si se considera que Olivier Rolin, además de ser un reconocido autor, fue un militante activo en mayo del 68.

Esta actividad, programada por Editorial Cuarto Propio y el Instituto Francés de Chile, se realizará este martes 25 en la sala Ercilla de la Biblioteca Nacional, a partir de las 19:00 horas.La entrada es liberada y mayores informaciones pueden obtenerse en el teléfono(02) 3605310 o en el correo extension.cultural@bndechile.cl.

Además, su venida contempla la participación en la Cátedra Bolaño con una ponencia que lleva por nombre “De París a Tierra del Fuego, un viaje literario”, el día jueves 3 de noviembre a las 18:30hrs, actividad organizada por Universidad Diego Portales en el marco de la 31ª Feria Internacional del Libro de Santiago.

Oliver Rolin nació en 1947. De formación literaria, fue alumno de la Ecole Normale Supérieure. Es el autor de ocho novelas: Phénomène futur (1983), Bar des flots noirs (1987), l’Invention du monde (1993), Port-Soudan (Premio Femina 1994), Méroé (1998), Tigre en papier (2002, premio France Culture 2003), Suite à l’hôtel Crystal (2004), Un Chasseur de lions (2008), libro que publicará la editorial Cuarto Propio.

Además ha escrito ensayos literarios (Paysages originels, 1999, Bric et Broc, 2011) y bitácoras de viaje (En Russie, 1987, Bakou, derniers jours, 2010, Sibérie, 2011).

En 2010, Olivier Rolin recibió el Gran Premio de literatura Paul Morand de la Academia Francesa por el conjunto de su obra.

Un cazador de leones

Un chasseur de lions (Un cazador de leones) relata la vida de un aventurero francés, Eugène Pertuiset, cuya existencia fue descubierta por el narrador en un libro que compró en Patagonia. Pertuiset vivió en África donde cazaba los leones, y era amigo de Edouard Manet quien realizó su retrato en 1881. Un día, el extravagante Pertuiset se convence de que posee poderes magnéticos que ejerce en su amante Clochette, de Miraflores, una cantante lírica mundana con la que lleva una relación amorosa en Lima (Perú).

Para deshacerse de su amante, Clochette, de Miraflores le hace creer que los Incas escondieron tesoros legendarios en Tierra del Fuego. De vuelta a Francia, Pertuiset decide, entonces, organizar una expedición a Punta Arenas. Obviamente el fracaso es total y el regreso desastroso.

Visita en Chile del escritor Olivier Rolin

Instituto chileno-francés

http://www.icf.cl/2011/09/visita-en-chile-del-escritor-olivier-rolin/

El connotado escritor francés Olivier Rolin visitará Chile entre el 25 de octubre y el 3 de noviembre de 2011 para participar en diferentes actividades culturales organizadas por Editorial Cuarto Propio, el Instituto Francés de Chile y la Universidad Diego Portales.

En su estadía, el autor de La invención del mundo será parte de la mesa redonda “Escritura y movimientos sociales: de mayo del 68 a mayo de 2011”, donde representantes de la cultura chilena — Marisol Vera, Juan Pablo Cárdenas, Alejandra Costamagna y Andrea Jeftanovic — dialogarán con Olivier Rolin sobre los movimientos sociales, revisando, sobre todo, los de mayo del 68 en Francia y su parangón con los gestados en Chile, desde mayo de 2011; un necesario recorrido que indaga en el rol de la escritura (y la no escritura) que hubo y que habrá en torno y sobre estos movimientos.

Este encuentro cobra un interesante matiz si se considera que Olivier Rolin, además de ser un reconocido autor, fue un militante activo en mayo del 68. Esta actividad, programada por Editorial Cuarto Propio y el Instituto Francés de Chile, se realizará en la Biblioteca Nacional el día 25 de octubre a las 19:00hrs (Sala Ercilla, metro estación Santa Lucía, entrada liberada, teléfono 3605310, extension.cultural@bndechile.cl).

Además, su venida contempla la participación en la Cátedra Bolaño con una ponencia que lleva por nombre “De París a Tierra del Fuego, un viaje literario”, el día jueves 3 de noviembre a las 18:30hrs, actividad organizada por Universidad Diego Portales en el marco de la 31ª Feria Internacional del Libro de Santiago.

OLIVIER ROLIN

Nació en 1947. De formación literaria, fue alumno de la Ecole Normale Supérieure. Es el autor de ocho novelas: Phénomène futur (1983), Bar des flots noirs (1987), l’Invention du monde (1993), Port-Soudan (Premio Femina 1994), Méroé (1998), Tigre en papier (2002, premio France Culture 2003), Suite à l’hôtel Crystal (2004), Un Chasseur de lions (2008).

Además ha escrito ensayos literarios (Paysages originels, 1999, Bric et Broc, 2011) y bitácoras de viaje (En Russie, 1987, Bakou, derniers jours, 2010, Sibérie, 2011).

En 2010, Olivier Rolin recibió el Gran Premio de literatura Paul Morand de la Academia Francesa por el conjunto de su obra.

Tahir Shah: La voluntad de explorar

REVISTA DOSSIER

Por Patricio Tapia

Fotografía del blog tahirshah.com

Un escritor de viajes prepara su equipaje: mochila, chaqueta gruesa, zapatos firmes y, lo más importante, ojos y oídos atentos. Algunas cosas podrán haber cambiado con el tiempo, pero la avidez de experiencias y el gusto por el detalle han permanecido constantes en estos autores, mezcla de literatos y exploradores, con un distinguido linaje que se remonta a Heródoto.

Uno de los últimos representantes de tal línea es el escritor y documentalista anglo-afgano Tahir Shah (Londres, 1966), quien estuvo de visita en Chile a comienzos del año 2009 para participar en el programa de la Universidad de Stanford en Santiago. Hijo de Idries Shah, el famoso autor y recopilador de historias sufíes y nieto del sabio Sirdar Ikbal Ali Shah, Tahir Shah ha hecho una serie de viajes, de los que ha dado cuenta en cerca de una decena de libros, a lugares y en condiciones que no son precisamente turísticos. De hecho, en 2005, fue tomado prisionero en Pakistán, sospechoso de ser espía de Al Qaeda, siendo encerrado en una prisión de tortura. Menos dramáticas, pero no menos agitadas, han sido otras de sus travesías. Viajó a la India –cuenta en El aprendiz de brujo– para formarse en las artes de la magia y la ilusión de un maestro de Calcuta (empezando con trucos más o menos riesgosos como comer ampolletas). Pero además ha partido en busca de la ciudad perdida de Paitití en la jungla Madre de Dios del Amazonas, de las minas del rey Salomón, de unos misteriosos hombres voladores en Perú.

Ciertamente, las aventuras narradas en sus libros son tan extrañas como la gente con la que se cruza. En Un rastro de plumas se encuentra en el Amazonas con un embaucador eslovaco y con un guía veterano de Vietnam; en algún momento le dan un feto de llama disecado (para preparar una sopa de la buena suerte) y una cabeza humana momificada de 400 años como regalo. En La mansión del Califa cuenta cómo compró una gran mansión en medio de las barriadas de Casablanca, donde se instaló con su mujer e hijas. Pero la casa tenía algunos problemas: cañerías reventadas, maderas comidas por las termitas, cielos hundidos; por si fuera poco, estaba infestada de langostas, luego ratas y, lo más preocupante, de unos espíritus mágicos, los yinns, que gustan deambular por casas vacías e importunar a los nuevos ocupantes. Ahí no acabarían los problemas: vendrán unos funcionarios marroquíes para decirle que cada uno de sus diez mil libros tendría que ser traducido al árabe y revisado por un censor para poder entrar al país y luego un grupo de trabajadores ineptos y arquitectos estafadores.

¿Cuándo comenzó a viajar?
Tuve la gran fortuna de que mis padres me alentaron a viajar solo desde muy corta edad. El objetivo no era nunca la clase de lugares “normales” a los que los adolescentes iban… como Europa o Estados Unidos. Fui animado a ir, viajar y vivir en África Oriental y recorrer el Amazonas. Me di cuenta tempranamente –a la edad, aproximadamente, de 15 ó 16 años– de que el mundo era accesible y fácil de navegar. No necesitas mucho dinero, sino la voluntad de explorar, y de soportar las penurias.

¿Y cuándo comenzó a escribir sobre sus viajes?
Al principio, hice lo que la mayoría de la gente hace… Ahorraba dinero y luego hacía un gran viaje, ya fuera a la India, África, a través de las selvas de Sudamérica, o por el Extremo Oriente. No tenía manera alguna de hacer de mis viajes una forma de ganarme la vida; era un sistema… muy básico, casi como el de un recolector-cazador. Pero un día me di cuenta de que había hecho una serie de enormes viajes y que si trabajaba mucho, podría convertirlos en algo. Así que me senté con una máquina de escribir y una resma de papel y comencé a teclear. Escribí y escribí por dos meses y, al final, tenía un manuscrito. Entretejí una historia a través de los diversos viajes y escribí un libro titulado Beyond the Devil’s Teeth. No era el libro más grandioso del mundo, pero fue publicado y a partir de ese modesto comienzo, fui capaz de conseguir otros encargos.

¿Cuáles son sus escritores de viajes favoritos?
Tengo dos o tres favoritos, y son una especie de panteón de deidades en lo que a mí se refiere. Sobre todo venero las obras de los grandes viajeros del siglo XIX, quienes arriesgaron sus vidas para llenar los vacíos en los mapas. Algunos de ellos todavía son famosos (gente como Livingstone, Richard Burton y Mungo Park), pero hay otros a quienes aprecio aún más (Heinrich Barth, Samuel White Baker y James Bruce). Por otra parte, al mismo tiempo soy un gran admirador de escritores de viajes más recientes, sobre todo de Bruce Chatwin, cuya obra tiene una especie de realismo mágico. Es absolutamente increíble, una mezcla de hechos y fantasía.

Usted proviene de una larga línea de contadores de historias. ¿Ha influido el trabajo de su padre en el suyo?
Es verdad que todos cuentan historias en nuestra familia, y que me crié con gente que estaba hablando, conversando, leyendo, y que eso tuvo un enorme y poderoso efecto sobre mí. Se nos enseñó a saber cómo descifrar historias, y así extraer la valiosa pepita de oro que tenían guardada en su corazón. Esto fue muy importante para mí, como lo fue el ruido constante de la máquina de escribir de mi padre. Él publicó decenas de libros, como lo hizo mi abuelo… de manera que nunca fue mucho problema escribir un libro. Es cierto que mi padre era una figura imponente y ha sido imposible seguirlo, pero creo que su influencia fue asombrosa. Luego están las influencias de otros escritores que eran amigos y conocidos de mi padre. La más famosa entre ellos es nuestra buena amiga Doris Lessing, que siempre ha sido una influencia extraordinaria en mí. Otro escritor que visité cuando era un niño fue J. D. Salinger.

Su detención en Pakistán, ¿ha sido su peor experiencia como viajero?
En julio del año 2005, yo viajaba por Pakistán hacia Afganistán con un equipo de filmación británico, cuando fuimos detenidos y encarcelados en una prisión de tortura. Fuimos mantenidos en confinamiento solitario, una buena parte con los ojos vendados y encadenados, por un total de dieciséis días. Fue, con mucho, la más espantosa ordalía de mi vida y fue mi “peor viaje”. Pero al mismo tiempo no creo en los peores viajes. Como un optimista, creo que siempre hay una secreta porción valiosa en todo, por malo que haya sido. En aquel caso, fue que esto me enseñó el valor de la libertad, de la que uno por lo general disfruta, algo cuya importancia está más allá de todo lo demás.

¿Qué tiene mejor sabor: un feto de llama o una ampolleta?
Ninguno de los dos sabe muy bien…, por lo que normalmente no se los puede pedir en restaurantes. La cosa más extraña que he comido es tarántula asada a la parrilla, y una vez comí un brazo de mono en Perú. Supo como me imagino sabe la carne humana…

¿Por qué decidió quedarse en Casablanca, a pesar de todas las plagas, terrenales y no, que lo asolaron?
Hace cinco años arrastré a mi esposa y mis dos pequeñas niñas de un apretado departamento de Londres a vivir en un pequeño conjunto palaciego en medio de las enormes chabolas (barriadas pobres) de Casablanca. Decidí que teníamos que hacer ese cambio de manera que mis hijas pudieran crecer con color cultural… y ellas ciertamente lo están haciendo. Todo a nuestro alrededor allí son burros y vacas y ovejas rengueantes, y cabras, y chozas. Es absolutamente maravilloso. No podría imaginar vivir en otra parte.

Hebe Uhart: La escritora oculta

EL MERCURIO

Febrero de 2011

La escritora oculta

Por Leila Guerriero.


Hebe Uhart fue profesora, bibliotecaria y, durante décadas, el secreto mejor guardado de la literatura argentina. Después de ser vapuleada por la industria editorial, a sus 73 años todos dicen que es la gran cuentista al otro lado de la cordillera. Esta es la historia de una mujer que fue escritora de culto y que hoy es, simplemente, la mejor.
Por Leila Guerriero, desde Buenos Aires Hay una cámara que muestra esta imagen: una habitación oscura, una luz cenital y, debajo de la luz, una mujer sentada en una silla de madera. Lleva el pelo corto, pantalones de tela, una camiseta blanca, las manos sobre las rodillas. Con voz modulada y monótona, la mujer dice: “Tengo muy pocos principios o convicciones firmes. Pero sí creo en que debemos tratar bien a los que tenemos cerca y en que todas las personas tienen derecho a momentos de placer, alegría o cómo se llame”.

La cámara no se mueve. La mujer no parpadea.

La escena no existe.

Existen la mujer, la voz, el texto escrito por ella y, en el hipotético comienzo de un hipotético documental sobre su vida, la escena podría ser una declaración de principios de ese estado de discreción benévola en el que vive y bajo el que crujen las capas tectónicas de la tragedia humana. Porque -si observan con cuidado- la palabra “placer” y la palabra “alegría” están deliberadamente desamparadas bajo la lluvia ácida del “como se llame”, de forma tal que queda claro que la mujer sabe que el placer o la alegría son escurridizos, fugitivos o escasos; y porque -si lo piensan bien- elegir, de entre todos los principios o convicciones posibles, ese derecho humilde a un poco de placer, a un poco de alegría, es como decir señores, esto es cruel, y habrá dolor, así que intentemos ser un poco más buenos. El departamento está en un noveno piso de un edificio del barrio de Almagro, en Buenos Aires. La sala es luminosa. Hay una mesa cubierta por manteles individuales, seis estantes con libros dispuestos en orden arbitrario, un televisor viejo. La mujer habla mirando el lápiz que sostiene en las manos, o el vaso de gaseosa, o el mantel individual, o el lápiz, o el vaso de gaseosa, o el mantel individual, o el lápiz, o.

-Soy una mujer suburbana. No soy ni campesina ni urbana. Soy suburbana. Nací en un suburbio de Buenos Aires, Moreno, cuando Moreno era un pueblo. Moreno hace cincuenta años era un pueblo. Había siete cuadras y estaba el campo con las vacas. Ahora tiene quinientos mil habitantes, cien bancos. Ahora tiene de todo. Habla reconcentrada, eligiendo palabras de la frase anterior y colocándolas, como si fueran piezas de un puzzle, en la siguiente.

-Mis abuelos paternos eran vascos franceses y los maternos italianos. Conocí a las dos abuelas. La abuela Chica y la abuela Grande. La abuela Chica era la italiana, que era flaca. Y la abuela Grande era la francesa, que era grandota. Nunca fui a visitar a los parientes a Europa. Porque tenés que presentarte y es un trabajo. “Hola, yo soy hija de mengano”. Después, te cuentan una historia y les entendés la mitad. Además te tenés que quedar un rato, si no queda mal. Y yo soy muy sociable, pero cuando me dan ganas de rajar, me quiero ir.

Dirá, después, que es ansiosa. Que por eso fuma, que por eso siempre está haciendo algo. Cuando viaja en ascensor, se acerca a la puerta en cada piso y hace ademán de abrir antes de que se detenga. Mientras habla, traslada el peso del cuerpo de un lado a otro y mira hacia todas partes, como si esperara ser sorprendida por alguna cosa. Hebe Uhart tiene 73 años y se dijo, de ella, mucho. Que era una escritora de culto, costumbrista, sencilla, naïf. Desde hace algunos años se dice una sola cosa: que es la mejor. “No me gustan los escritores demasiado satisfechos. La mejor tradición de la literatura argentina está construida en esas vacilaciones: es el narrador incierto de Borges o de Hebe Uhart”, dijo el escritor argentino Ricardo Piglia, autor de Blanco nocturno.

“Hebe Uhart se ubica entre aquellos escritores donde un “modo de mirar” produce un “modo de decir”, un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector”, dijo el escritor y crítico argentino Elvio E. Gandolfo.

“Hebe Uhart es la mayor cuentista argentina contemporánea. Dije “la”, pero debí decir que sus cuentos, como los de Silvina Ocampo y Sara Gallardo, están entre los mejores de la literatura argentina”, dijo Rodolfo Fogwill, escritor argentino que murió en 2010.Hebe Uhart nació en 1936, hermana de un hermano tres años mayor que, de adulto, sería cura. Su madre se llamaba Emilia y era maestra, y su padre Pedro y era empleado del Banco Nación.

-Yo tenía muchos amigos. Había uno, Rogelio. Me habían regalado un jueguito de muebles color verde nilo. Y ese chico me dijo “Vamos a hacer una construcción”. Me pidió el juego de muebles y yo se lo di pero lo rompió todo. No me importó mucho. Porque no era apegada a las cosas. Eso me viene por parte de mi mamá. No le gustaba comprar electrodomésticos porque para ella todo era una molestia, más cosas para cuidar. En la casa hacía lo fundamental. Siempre decía: “Lo primero que hay que hacer en una casa es no ensuciar”.

No fue una lectora precoz ni tuvo tíos artistas o vocación de escritora. En su casa había sólo libros sobre la vida de Jesús y ella escribía únicamente si no tenía algo mejor que hacer: jugar, o ir a visitar a su tía loca.

-Tenía un diagnóstico de esquizofrenia paranoide. Vivía en una casa espléndida, que destrozó tirando baldazos de agua a las paredes. Pero fue una fuente de inspiración.

“(…) ella había rezado tanto para que Dios se la llevara, para tener ella la felicidad de verla morir cerca, no en manos extrañas. Pero se ve que Dios no quería llevársela y la voluntad de Dios era que viviera. Entonces iban a intentar primero hacer alguna cosa y si no daba resultado, la internarían, aunque no estaba muy segura la abuela de que eso correspondiera a la voluntad de Dios”, escribiría, muchos años después, en un relato llamado Paso del rey produciendo ese efecto que es su marca, ese borde que se mueve entre el pánico y la euforia, que se parece a la risa y que a veces son simples ganas -ovilladas- de llorar. Irene Gruss es poeta, vive en un departamento repleto de libros, con algún gato. Conoce a Hebe Uhart desde 1980, y es una de sus mejores amigas.

-Esa tía loca le daba miedo pero le permitía huir de su casa. Imaginate mandar a esta piba a la casa de esa loca. Imaginate la crueldad. Y después esa madre. Tan dominante, tan rígida. Sólo veía por el niño de sus ojos, su hijito cura.

“Pasé por casa de las tías y toqué timbre; les gustó el peinado. Cuando mi mamá me vio, dijo: “Está pasable”, escribiría Hebe Uhart en Mudanzas.-En la adolescencia me transformé en tímida. Dejé de ir a fiestas. Mandaba telegramas, ponía “Feliz cumpleaños” y me echaba en la cama a llorar.

Se vestía de negro, se lavaba con jabón de la ropa en un ejercicio de ascetismo que se inventó después de escuchar que “a los tibios los vomita el Espíritu Santo”.

-En la escuela no le hablaba a mi compañera de banco. La despreciaba porque era burra. En quinto año preguntaron: “¿Qué quieren ser?”. Y yo dije “Nada. Nada quiero. Nadie”. Y me llevaron al gabinete de psicología.

Hacía dieta, leía ensayos sobre la fe y la razón. Un día del año en que tuvo 16 acompañó a una amiga a dar vueltas en bicicleta y la amiga propuso: “Vamos a saludar a un amigo que vive allá”. “Ella tocó timbre -escribiría en Él- como una persona acostumbrada a ir a esa casa y salió, somnoliento, el hombre más hermoso que yo había visto en mi vida; era un hombre, no era un muchacho como los que bailaban conmigo; tendría veintisiete años. Tenía la barba un poco crecida, como de dos días (…) Su cuerpo y su cabeza eran perfectos; los labios muy grandes y sensuales y la mirada burlona”.

-Yo lo veía y me tiraba al piso de timidez. Era muy lindo, muy buen mozo. Me encantaba. Durante semanas merodeó la casa de ese animal suave y peligroso sin atreverse a hacer nada. Con los años, todo lo que pudo hacer fue escribir aquel cuento en el que una adolescente comprende, con furia, que hombres como ése no son, nunca serán, para alguien como ella. Y no fueron. -No es una tipa con la que tenés un diálogo normal. ¿No viste cómo mira, la forma de fumar, de moverse? Te puede dar una clase sobre Simon Weil, pero si te quedás con la primera impresión puede parecer una mujer muy extraña -dice Irene Gruss. -A los 17 dije que iba a estudiar Filosofía, porque me había gustado esa materia en el colegio. Me dijeron: “Vas a trabajar para tus gastos”. Así que me puse a trabajar de maestra.

La primera vez que se plantó ante un grupo de chicos, en una escuela de campo, usaba el mismo delantal con el que había asistido al colegio como alumna hasta el año anterior: falda tableada y moño a la espalda.

-Mi mamá me mandó así. A ella no le importaba. Una alumna gordita de 9 años me dijo “Vos no sos maestra, sos alumna como nosotros”. “No, yo soy maestra”, le decía yo. Le conté a mi mamá. Ella ni levantó la vista del diario, me dio la plata y me dijo “Comprate uno de maestra”. Yo tenía mucha fe docente. Les enseñaba vocabulario. “Hagamos frases con la palabra “antepasado”. Y escribían “Yo tenía un juguete antepasado”.

Entonces les hablaba de la deuda con los antepasados, y escribían: “Mi papá se peleó con mi tío por una deuda y le encajó una piña”.

Esa inmersión en escuelas pobres dejó rastro en relatos como Una se va quedando, o Impresiones de una directora de escuela, en el que la protagonista -la mentada directora- entra en el aula mientras los alumnos preparan el regalo para el día de la madre, y se descorazona: “(…) hicieron la fosforera. La fosforera son cuatro cajas de fósforos vacías (los fósforos son caros) pegadas con goma. Cada cajita tiene una chinche en el medio, simulando ser un cajoncito que tiene una manijita. Trato de pensar que es un cajoncito en miniatura, me digo “qué bonito”. Pero es una chinche. “Muy bien”- le digo. Me entró un gran desánimo y tristeza. Ellos estaban contentos fabricando esos regalos y las maestras también (…) Yo tenía la sensación de que la vida era triste, pero no tenía derecho a entristecer a nadie”.

Durante el día su mundo era un mundo de chicos sin zapatos y, por las noches, el círculo áulico de la facultad de Filosofía y Letras, con amigos que bebían bidones de whisky mientras hablaban de Nietzsche y la revolución. -Empecé a tener unos novios desastrosos. A los 23 me fui a vivir a Rosario porque tuve un amor con un hombre casado. Me fui para olvidarme. Estuve un año entero fantaseando con este tipo. Había estado cuatro veces con él, de las cuales me habría acostado una o dos, me parece. Pero viste cómo son las cosas de la cabeza.

-¿Y el tipo qué era? -Casado. -Pero qué hacía. -Era un funcionario de las Naciones Unidas. Y yo me vi como el obstáculo que debía retirarse así que me fui a Rosario.

Animada por un amigo publicó, en 1962 y en una editorial pequeña de esa ciudad, Dios, San Pedro y las almas, una serie de relatos que había comenzado a escribir a los 18 y que no había mostrado a casi nadie. -Cuando volví a Buenos Aires vino una etapa de disipación. Tuve un novio borracho. Lo que pasa es que mi casa era un lugar muy triste. Mi papá se había muerto de enfisema, mi hermano se había muerto, mi tía loca estaba viviendo ahí.

-Tu hermano…

-Murió. Joven. Nunca pude escribir de él, porque cuando una persona te queda trunca no sabés como es. Igual peleábamos mucho, no le gustaban mis amigas. Mi mamá quería que él fuera cura, pero de los buenos. Y una vez la escuché decir “Mejor muerto que mal cura”. Eso es duro también, ¿no?-Y tu hermano…

-Sí, murió joven. En un accidente de auto. Así que en medio de todo esto, estar con el borracho era como un carnaval. Andábamos por ahí, vivíamos en casa de amigos. Yo volvía a mi casa un par de días, dormía, y otra vez a correrla por el centro. Entonces mi mamá me dio sus ahorros para que me comprara un departamento. Compré uno y la cama la pusimos en el hall de entrada. Como yo barría con una escoba y levantaba polvo, mi pensamiento era “Si barro, levanto polvo, entonces no tengo que barrer”. El decía que no podía trabajar porque ese departamento lo deprimía. Estaba mal alimentado, entonces yo le compré unas vitaminas y lo llevé al psiquiatra. Bueno, cuatro años, duró. Bastante, ¿no? -Estarías muy enamorada.

-No, no. Yo quería que él se mejorara. Al final lo dejé. Mi mamá llegaba y decía “Qué olor a patas que hay acá”. Y sí, no se bañaba él.-La madre debió enseñarle las cosas comme il faut, pero, por diferenciarse, ella se fue al cuerno y no sabía barrer un piso. Sus amigos eran intelectuales marginales, gente sin ningún sentido práctico. Había mucho alcohol y se enganchó con eso y empezó a tomar. Aparecía borracha en las editoriales y se ganó una fama horrible. El mundo literario la rechazaba, pero, qué curioso, no rechazaba a escritores varones alcoholiquísimos. Hubo mucha discriminación por el hecho de ser una mujer. Cuando la conocí ya no tomaba. Zafó por ese ascetismo que ella tiene, y porque no es autocompasiva ni melancólica -dice Irene Gruss-. A mí lo que me llama la atención es que en su obra no hay figuras masculinas, ni el padre ni el hermano. -Después del borracho tuve algunas parejas. Un ingeniero, Armando, que vivía en Tandil, al sur de la provincia. Yo iba a verlo y mi mamá me decía “¿Y en calidad de qué vas, si no estás casada?”. -¿Lo dejaste?

-No, me dejó él. Y después Roberto. Era abogado. Desaparecía diez días y volvía a aparecer. Era difícil, muy mujeriego.

-¿Lo dejaste? -No, él me dejó. Yo no soy de dejar. Como toda esa gente se me murió yo tiendo a retener a las personas. Y después ya no tuve a nadie. Tal vez no he trabajado el vínculo de pareja. Los he visto un poco desde afuera, como personajes. Pero eso quizás fue por mi incapacidad de pelear. Debe haber un costado un poco desvalido en mí, porque no me gusta enfrentar la lucha.

Su último puesto docente fue el de directora en una escuela en la que no había ni secretaria. -Me hinché las pelotas y renuncié. Formé mi Departamento de Mendicidad y Propaganda. Hacía unos cartoncitos donde ponía “Clases de latín y castellano”, y los repartía en los comercios de mi barrio. Siempre agarraba algún alumno. Después empecé a enseñar filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y en la de Lomas de Zamora, pero ya me jubilé.

Ahora dirige, desde hace tiempo, uno de los talleres literarios más prestigiosos de Buenos Aires que debe ser, también, el más barato de Latinoamérica: dicen que el año pasado cobraba poco más de diez dólares por mes. -No quiero tener más de lo que tengo. Tengo este departamento, otro que alquilo, una jubilación y los talleres. Me gusta estar así, en el medio. Por ejemplo el hotel: a mí me gusta tres estrellas, no más. El otro día la editorial me mandó a uno de Córdoba, que era de cuatro, y había un tipo abriéndote la puerta. No me gusta eso. Ya le dije a la editorial que la próxima vez me manden a uno de tres. La editorial. Su obra, entonces.

ßDesde 1962 y hasta 1999 publicó, a ritmo sostenido, en editoriales independientes que, en su mayoría, ya no existen: Eli, Eli, lamma sabachtani (Goyanarte, 1963), La gente de la casa rosa (Fabril, 1970), La elevación de Maruja (Cuarto mundo, 1973), El budín esponjoso (Cuarto mundo, 1976), La luz de un nuevo día (Centro Editor de América Latina, 1983), Leonor (Per Abbat, 1986), Camilo asciende (Torres Agüero, 1987), Memorias de un pigmeo (Alta pluma, 1992), Mudanzas (1995, Bajo la luna nueva/Lectores de la Banda Oriental, 1997/Mondadori, 1999), Guiando la hiedra (Simurg, 1997), Señorita (Simurg, 1999). En todos esos años el nombre de esta maestra de escuela que no frecuentaba círculos literarios ni publicaba en editoriales grandes (una sola vez dejó sus relatos en Sudamericana, donde le dijeron que tendría que esperar uno o dos años, y los retiró) circuló secretamente entre lectores entendidos que admiraban esos relatos que hablaban de familias de clase media, de inmigrantes, de personajes que estaban siempre un milímetro por debajo de la línea de flotación de eso que llaman “normalidad”. Después, en el siglo nuevo, llegó a una editorial independiente muy sólida y de gran prestigio: Adriana Hidalgo. Allí publicó Del cielo a casa (2003) y Turistas (2008). El aterrizaje, de todos modos, no fue tranquilo: propuso diez cuentos y le rechazaron cinco: “Vas a hacer cinco nuevos -le dijeron en la editorial-, uno de Buenos Aires vista por un extranjero, otro de una reunión de consorcio”. Y ella aceptó.

-Yo me indigné, pero ella se puso a escribir como una hormiguita y te decía “Estoy haciendo los deberes: ya escribí tres”. Ella no puede ir a una editorial porque se violenta. No sabe defenderse. Cuando Fogwill empezó a decir que era la mejor escritora argentina yo le dije: “Fogwill, vos sos un ángel”. Él no era amigo, pero quería ayudar a levantarla, porque con Hebe hubo mucha discriminación, mucho maltrato. Las editoriales le han hecho de todo. No pagarle adelantos, quedarse con derechos. Ahora muchos la leen porque hay que leerla. Pero incluso hoy hay gente que te dice “Sí, es buena. Pero no me digas que no es una loca de atar”. Quedó muy estigmatizada -dice Irene Gruss.

Llevaba treinta y ocho años de escritura, dieciséis libros publicados y era el secreto a voces de la literatura nacional cuando un sello grande mostró interés en su obra. Así, en la misma colección en la que aparecieron antes los cuentos completos de Faulkner, Nabokov, Yourcenar, Cortázar, Fogwill, apareció, en 2010, Relatos Reunidos, de Hebe Uhart. “Reunidos” y no “completos”. Dizque porque una editorial negó los derechos de sus trabajos anteriores. -Creo que el nombre se empezó a hacer más conocido después de lo de Adriana Hidalgo. Yo antes era una escritora para escritores.

-¿Y eso te gustaba?

-No. Tampoco tengo mucha idea de quién me lee. Pero ya es suficiente reconocimiento, basta. A mí me gusta lo moderado. El éxito inmoderado me haría mal. Esta nunca fue la profesión con la que me gané la vida, ni nunca va a ser. Yo creo que uno hace lo que le sale más fácil y lo que está acostumbrado a hacer. Pero uno tiene muchas vocaciones, lo que pasa es que no te da el tiempo para tantas cosas. Mis otras vocaciones serían la observación de animales, de monos. Y si hubiera sido hábil con las manos, me hubiera gustado hacer artesanías. Pero en la infancia agarraba un alambrecito y un papelito y unía todo eso y salía un sorete.-Escritores como Fogwill y Ricardo Piglia han hablado muy bien de vos.

-Sí, pero yo no los conozco casi.

-Se dice desde hace rato que sos la mejor escritora argentina.

-No, no. Es demasiado peso. Es un peso demasiado grande. Es un peso que no quiero admitir. No quiero ser la mejor escritora argentina. Es un lugar en el que te quedás sola y yo no me quiero quedar sola. -Es muy amiga de sus amigos -dice Enriqueta Chiari, amiga y alumna desde 2004-. A mí me operaron hace unos años y cuando le dije que me tenía que intervenir Hebe se consternó. Pero dijo “Va a salir todo bien”. Me estuvo llamando todo el tiempo para ver cómo estaba. Hace poco operaron a una amiga y se turnaban varios para cuidarla, Hebe entre ellos. Incluso, como yo soy psicóloga, me preguntó: “¿Vos irías a verla? Te pago la consulta”. Siempre en su tono. Ella no es víctima y entonces los demás tampoco lo son.

-Le gusta recibir gente, hacer cenas. Nosotras vivimos a cinco cuadras, así que nos vemos todas las semanas. Si yo le digo “Venite a casa así conocés a los gatos” o “Vení que te muestro cómo quedó el plastificado del piso”, te trae comida para gatos, o una plantita para celebrar que plastificaste. -dice Irene Gruss. “Cerca estaba la Panadería benemérita del buen gusto, con su decoración de ángeles sosteniendo pasteles y con pastoras del siglo XVIII entre los bombones. Eso sí, qué bien saben poner a volar a los ángeles, tanto en los cuadros de los pintores famosos como en las decoraciones de la panadería: parecen suspendidos en el aire con una ingravidez que sobrevuela todo, el bien, el mal y los pasteles”, escribe Hebe Uhart en Del cielo a casa, un relato sobre un viaje por Italia incluido en el libro del mismo nombre. Porque escribe cosas como ésa se ha dicho que es hilarante, graciosa, cómica, inocente, ingenua, sencilla, candorosa, llana.

-Me he hecho una fama: naïf, dicen, como si una fuera medio tarada. Yo no soy inocente. Pero es como una fama. Es más fácil repetir eso que pensar otras cosas, pero lo que sí tengo es esa veta medio optimista.”En Uhart esa aparente ‘mirada ingenua’ tiene un calado impresionante -escribió el escritor y critico argentino Claudio Zeiger en Página/12-. Llega al hueso pero no a fuerza de crudeza ni de violencia”

“Tengo la alegría del sobreviviente. Se murieron todos en mi familia. Yo trabajo para la alegría. La alegría es un trabajo como cualquier otro”, dijo Hebe Uhart en entrevista con el diario Clarín. Gastón Gallo dirige la editorial Simurg, publicó dos de los libros de Uhart y dice que la relación empezó bien, pero que, después de un malentendido, se perdió.

-Siempre la vi como una mujer muy apurada y desconcentrada. Estaba hablando con vos y de pronto se levantaba y se iba. Pero eso no deja de ser una curiosidad, y además hay escritores como Alberto Laiseca que son mucho más raros y nadie dice nada. Yo creo que, hablando en términos de valor, es mucho mejor cuentista que Fogwill. Por lo demás, es una mujer correcta, reservada, amable, y una señora de barrio que escribe maravillosamente bien. Una escritora en serio, con un mundo propio, con un tono reconocible, y una de las grandes escritoras argentinas. No hay muchas, eh. Silvina Ocampo, Hebe, y dos o tres más. Desde hace algunos años, Hebe Uhart escribe crónicas de viajes. Para eso ha recorrido Uruguay, Argentina, Paraguay, Italia. A veces llega a esos sitios con contactos previos pero otras no, y entonces desenfunda un estilo que podría definirse como el de “cronista arbitraria”: entra a un café o se sube a un taxi y pregunta por un “referente cultural”, o por “cosas para ver”, y le dicen: “hable con el profesor tal”, o “vaya al museo”. Y ella va.-Una vez fui a Santa Rosa, en Uruguay. Pasa una señora y le digo “Señora, ¿me invita a tomar mate a su casa?”. “Sí, cómo no”. Y me dice: “Usted tiene que ir al asilo de ancianos”. Y la verdad, diez puntos. Tenían jardín huerta, unas camitas preciosas. Después, el comisario. Hacía diez años que no había habido un crimen. Suicidios sí. Modalidad, tirarse adentro de un aljibe. Ahora hice una crónica del zoológico. Hace unos ocho años me empezaron a interesar los monos. Fui cinco veces a la jaula de los chimpancés. No fui más porque el elefante está al lado, y se bañaba en barro y me enchastraba la cabeza. Un relato incluído en Del cielo a casa, Congreso, transcurre durante un encuentro de escritores en Alemania. La protagonista, tumbada en la cama del hotel, escucha la conversación y las risas de las escritoras que se han reunido en la habitación contigua. Sólo ella no está allí: “¿Cómo era que no me venían a buscar? ¿Sabrían que yo estaba ahí? (…) Y entonces tuve una triste impresión de mí misma, como si yo fuese un producto de mala calidad, una vaca cansada (…) A la noche soñé que hablaba con vivacidad con alguien; yo desde fuera me miraba hablar y pensaba que toda mi vida había querido eso. Pero toda mi vida estaba alejada de esa hermosa conversación. En eso consistía la vida y yo me había equivocado”.

Un relato incluido en Turistas, La excursión larga, transcurre durante un viaje a Mendoza en el que la protagonista se topa con la hostilidad de sus compañeros: “Cuando bajamos del micro y entramos al hotel, Alejandra y Noemí caminaban delante de mí, ostensiblemente separadas de mi persona. Quise acercarme con cualquier excusa, pero no hubo caso, miraban hacia delante y se adelantaron ex profeso. Y yo, que caminaba sola detrás, me puse a pensar en algún destino posible, perdido ya para mí, donde fuera parte de un todo. Mejor que a esa idea no se le ocurra tomar cuerpo, no sea cosa de sufrir”.

El mundo de Hebe Uhart está repleto de seres así: aislados, inadvertidos, dolorosamente lúcidos. Sobre el telón de fondo de su mutismo tierno, de su tragedia enfurruñada, ella despliega la crueldad de la jauría. Y cuenta lo que hace esa jauría con los débiles. -¿Y tu madre? -Falleció hace veinte años. Fue un golpe. Tal vez el golpe más duro. La quería mucho. Le hice mucha guerra de joven, pero la quería mucho y me amigué al final. Lo que pude cuidarla, la cuidé.

-¿Leía lo que escribías? -Sí. Mi mamá estaba contenta. Pero una vez leyó una crítica que decía que yo tenía sentido del humor y me dijo: “Pts. ¿Vos, sentido del humor?”. “Tampoco  tengo mucha idea de quién me lee. Pero  ya es suficiente reconocimiento, basta”.

“Me he hecho una fama: naïf, dicen, como si una fuera medio tarada. Yo no soy inocente”.

Hebe Uhart y sus vidas mínimas

Domingo 30 de enero de 2011

REVISTA DE LIBROS

EL MERCURIO

Escritora argentina Visita Chile:
Hebe Uhart y sus vidas mínimas

Para Fogwill era la mejor cuentista argentina contemporánea. Autora de una decena de títulos, visitó Chile como turista y prometió regresar para presentar sus “Relatos reunidos”, publicados por Alfaguara.
Diego Zúñiga H. Se ha dicho de Hebe Uhart (1936): Que es la mejor cuentista argentina contemporánea. Que es un secreto. Que el narrador de sus cuentos es incierto, como el de Borges. Que nunca leyó a Borges. Que se parece a Felisberto Hernández. Que después de casi cincuenta años publicando libros, recién los lectores han comenzado a descubrirla. Que sus cuentos son inclasificables. Que le gustan más los uruguayos que los argentinos. Que realiza talleres literarios desde hace veinte años. Que le gusta viajar. Que le gustan los pueblos. Que le gustan los refranes. Que la admiran -y la admiraron- autores como Piglia, Conti, Elvio Gandolfo y Fogwill. Que sus historias son autobiográficas. Que sus historias son mínimas y sencillas. Que ella no sabe qué significa que algo sea sencillo. Que sus cuentos, en realidad, tratan sobre cosas importantes: la movilidad social, los inmigrantes, la soledad. Que siempre ha tenido buenas críticas.

¿En serio vos me has leído?

Y Hebe Uhart dice, de visita en nuestro país: Que el escritor es un mirón. Que el escritor tiene que tener un poquito de valentía para mantener su propia curiosidad. Que casi no tiene amigos escritores. Que no lee poesía. Que si pudiera escoger un autor que le hiciera un taller literario, ése sería Rubem Fonseca. Que escribe “guardar” en los textos que le gustan de sus alumnos. Que le gustan los cuentos de Daniel Alarcón y Julio Ramón Ribeyro. Que no sabe nada de literatura chilena, aunque le gustan las novelas de Alejandro Zambra. Que vino a Chile para recorrer el sur y escribir un par de crónicas. Que le gustó Chiloé. Que encontró que Valdivia era como la tierra de Heidi. Que vino, en realidad, a recolectar frases. Que le gustan los animales. Que cuando chica no la dejaron tener animales. Que no tiene hijos, pero que sí tuvo gatos. Que tiene un grupo en Facebook con 296 amigos, pero que prefiere no mirarlo. Que este año publicará un libro de crónicas.

En realidad, lo primero que dirá Hebe Uhart es una pregunta que la mostrará tal cual es: sencilla, extremadamente sencilla: “¿En serio vos me has leído?”.

Construir cajas de fósforos

Las historias de Hebe Uhart hablan de extranjeros perdidos en Buenos Aires, de alguien que quiere hacer un budín esponjoso, de personas que pasan la navidad en una veterinaria. Hablan de profesoras, colegios, pueblos, viajes y familias grandes y desconcertantes.

Hay algo similar entre sus libros y los del chileno González Vera: Esas vidas mínimas, la provincia, el humor. Y se podría decir de Hebe Uhart lo mismo que dijeron alguna vez del autor de Alhué : “Es un escritor que si va al bosque, en vez de elegir materiales para un gran edificio, recoge lo necesario para una caja de fósforos”. Era un insulto, pero en realidad es un elogio. Porque, efectivamente, los cuentos y nouvelles de Uhart no son grandes edificios, sino pequeñas construcciones hechas por un narrador que pareciera ver todo, siempre, por primera vez.

Dice que no corrige mucho, que casi nunca relee sus cuentos y que respeta a Borges, pero que no lo siente una influencia. “Borges es, como decía un amigo, un escritor para mostrarlo, porque es tan erudito, tan lúcido. Yo prefiero a Felisberto Hernández, que es más un escritor de la intimidad”, explica.

Por ahora, en las librerías chilenas se pueden encontrar sus dos últimos libros de cuentos: Del cielo a casa (2003) y Turistas (2008), ambos publicados por Adriana Hidalgo Editorial. A partir de junio, sus Relatos reunidos (Alfaguara) llegarán a nuestro país, junto con ella, pues pretende volver a Chile a presentar el libro y, también, un conjunto de crónicas de viaje -por Adriana Hidalgo-, en la que espera incluir un par de textos sobre el sur de nuestro país.

Foto de Felipe Gonzalez P.

Hebe Uhart: El humor de los fracasos

EL MERCURIO

Marzo 2009

El humor de los fracasos

Hebe Uhart nació en Moreno, provincia de Buenos Aires, en 1936. Ha sido profesora universitaria de filosofía y directora de talleres literarios, pero escribir cuentos constituye su oficio principal y más querido: lo viene desempeñando desde 1962 con su primer libro, Dios, San Pedro y las almas. Con Turistas completa una lista de once volúmenes de cuentos y dos novelas. A pesar de que ha recibido elogiosos comentarios de los críticos argentinos, quienes destacan sobre todo la extraordinaria capacidad de su lenguaje para revelar escondidas riquezas existenciales, el nombre de Hebe Uhart no figura entre los más mencionados cuando se enumera la primera fila de la narrativa argentina contemporánea, quizás porque es una escritora que prefiere vivir apartada de los bulliciosos circuitos del mercado editorial.

Turistas confirma su interés para representar desplazamientos, transportes en el espacio o viajes hacia la interioridad del individuo; empresas cotidianas que exigen cruzar un umbral; situaciones iniciáticas de las que se espera algo que no siempre llega. Su novela Señorita es la historia de la transformación de una niña en mujer, y varios de sus títulos: La luz de un nuevo día, Del cielo a la casa, Camilo asciende, o Mudanzas, apuntan claramente a movimientos de fuga, de cambio, de ascenso o descenso. El optimismo de la mayoría de los personajes de Turistas nace de su ilusión en las recompensas que les otorgarán sus desplazamientos. Fernando, por ejemplo, un estudiante de primer año de Leyes, decide abandonar la universidad para fundar una revista literaria -en el cuento que lleva este nombre- dispuesto a romper con el mundo de chatura normativa en que se siente viviendo. Un proyecto similar quiere llevar a cabo Arturo, en el cuento “El centro cultural”: convertir una vieja casona en espacio para el desarrollo de las artes y la intelectualidad. Pero tal como sucede en la mayoría de los relatos, las asperezas e intríngulis cotidianos de la existencia darán buena cuenta de la ingenuidad de los protagonistas.

Este es precisamente el propósito de los cuentos de Hebe Uhart: mostrar con humor no desprovisto de afecto la discordancia que siempre se produce cuando nos desplazamos de lo soñado a lo vivido, de lo imaginado a lo concreto. En “Turistas y viajeros” contemplamos los resultados del empeño de una dueña de casa bonaerense para llevar a su familia de vacaciones a Nápoles, pero no como turistas que “es cuando vas donde te llevan como un borrego y no ves nada de lo que hay alrededor, como si tuvieras anteojeras”. “Stephan en Buenos Aires” presenta las tragicómicas situaciones vividas por un ingenuote alemán que contempla Buenos Aires a través de sus lecturas turísticas, mientras que en “Excursión larga” o en “El departamento en la costa” vemos las que sufren una mujer que se va a Mendoza para huir del calor y la rutina de Buenos Aires o una cándida bonaerense que acepta un departamento en la costa como parte de pago sin conocer el lugar donde se muda ni el hogar que la espera.

Los personajes de Hebe Uhart obtienen a veces recompensas que satisfacen sus pequeños anhelos de felicidad, como sucede a la indígena de Ibicuy que se traslada a Solano (“Bernardina”), pero por lo general no les va bien con sus sueños. Sin embargo, el fracaso de sus ilusiones no los amedrenta ni destruye: aceptan las demandas de la realidad con humorístico estoicismo, dispuestos, imaginamos, a reiniciar sus sueños en la primera oportunidad que se les presente. Así, la indudable calidez humana que derrochan estos cuentos, unida a un notable manejo de los lenguajes coloquiales, convierten la lectura de Turistas en una deliciosa experiencia.

José Promis

Turistas

Hebe Uhart

Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008, 156 páginas, $16.500.

Cuentos

Julio Ortega: “El último gran escritor fue Foster Wallace”

La Tercera

29 de junio 2011

Académico de la U. de Brown, el crítico peruano destaca la influencia actual del escritor norteamericano.

“José Donoso es nuestro gran enigma, porque todos creíamos conocerlo y al final nadie lo conocía… Ni siquiera su hija”, afirma el crítico peruano Julio Ortega, quien prepara un libro sobre escritores latinoamericanos. Académico de la Universidad de Brown, Ortega no salió muy bien parado en los diarios del autor de Coronación, que fueron la base del libro de Pilar Donoso, Correr el tupido velo.

Invitado a la Cátedra Roberto Bolaño de la UDP, Ortega dará hoy, a las 11.30, la conferencia Biografía literaria de la narrativa latinoamericana, donde además saldrán al ruedo Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa y José María Arguedas. La charla será una suerte de adelanto de su próximo libro. “No son mis memorias ni es crítica, sino testimonios sobre escritores que he conocido. Lo definiría como accesos biográficos a la obra. En este libro yo soy el testigo”, afirma.

A modo de ejemplo, cuenta un aspecto de José María Arguedas y su relación con Chile. “Arguedas -más cercano a Nicanor Parra- veía a Pablo Neruda como un monumento. Una vez estaba en Isla Negra invitado por Neruda, quien siempre iba acompañado por una corte de damas. Arguedas estaba solo en un rincón y dijo ‘Tengo que vengarme de Neruda’. Y tomó una guitarra y empezó a cantar en quechua, ‘y todas las damas me rodearon’, me contó. Son metáforas que cristalizan la relación entre autor y obra”.

Gran conocedor de la poesía chilena, Ortega subraya la vigencia de Nicanor Parra. “Siempre hay alguien que lo descubre, sobre todo en España, donde empieza a leerse con más intensidad. Eso pasa porque en su obra el tiempo presente siempre está en crisis. Y en ese punto Parra sintoniza muy bien con los jóvenes de hoy”.

Ortega es también un atento lector de la narrativa joven y en su opinión la mayor influencia actual viene de EEUU. “El último gran escritor fue David Foster Wallace. En Perú, el mejor narrador joven se llama César Gutiérrez, autor de la novela Bombardero, sobre las Torres Gemelas. Creo que hay más acercamiento a los escritores rupturistas norteamericanos, como Foster Wallace, que a la obra de Roberto Bolaño, cuyo mito por su muerte temprana tiene que ver más con la cotización de la Bolsa que con sus libros. Cuando el mito baje a la realidad veremos qué pasa. Sin embargo, es una lectura obligatoria”.

Juan Gabriel Vásquez: “Mi obsesión es el cruce de la gran historia con las vidas privadas”

El colombiano Juan Gabriel Vásquez lanzó en Chile su novela El ruido de las cosas al caer.

Por Roberto Careaga.

La Tercera

Tenía 12 años cuando fue al zoológico de Pablo Escobar, el legendario narcotraficante colombiano. Fue con la familia de un amigo, a escondidas de sus padres, quienes le negaron el viaje. En algún momento, Juan Gabriel Vásquez se sintió culpable: “Estaba pasando un buen rato gracias a alguien que era el símbolo del mal en Colombia”, dice el escritor. Era el día a día en los 80: los colombianos se acostumbraron a convivir con el mal.

“Convivimos con las mafias, con el crimen, pero de alguna manera nunca fuimos capaces de sancionarlo. Vivíamos en el miedo”, recuerda Vásquez. El había olvidado esa sensación, pero de golpe volvió a su cabeza hace dos años, cuando leyó el diario: habían matado a un hipopótamo prófugo del zoológico de Escobar. Pasó otra cosa: supo adónde iba la novela que estaba escribiendo, El ruido de las cosas al caer.

Ganadora del Premio Alfaguara 2011, la novela narra la historia de un joven profesor de Leyes que en 1996, cuando ya Escobar ha muerto y la guerra del narcotráfico está en retirada, se topa de pronto con un eco de la violencia. Un anónimo ciudadano de Bogotá es alcanzado por la gran historia de su país.

“Por un tiempo sentía que no entendía a mi país, que no podía escribir sobre Colombia. Pero luego me di cuenta que uno escribe para saber, para entender. Eso lo descubrí leyendo a Philip Roth. La idea de transformar la historia de Colombia en una historia de individuos, de personajes. Mi obsesión es el cruce de la gran historia con las vidas privadas”, dice Vásquez, que la semana pasada estuvo en Chile en la Cátedra Roberto Bolaño, de la Universidad Diego Portales.

Vásquez echó a andar ese cruce en Los informantes (2004), una alabada novela sobre la desconocida persecución a los alemanes inmigrantes en Colombia en tiempos del nazismo. En El ruido de las cosas al caer no va tan atrás en el pasado: en 1996, el profesor Antonio Yammara se hace amigo de Ricardo Laverde, un hombre misterioso que viene saliendo de 20 años en la cárcel. La última vez que se ven todo sale mal: encapuchados disparan y matan a Laverde y, de paso, hieren a Yammara.

En adelante, Vásquez guía los pasos de su protagonista hacia el pasado: Yammara quiere saber quién era Laverde. Entonces, El ruido de las cosas al caer viaja a los 70, cuando empezaron los primeros tráficos de drogas de Colombia a EEUU y se inició la escalada de violencia que pondría en jaque a todo el país. De paso, permitiría que un narco levantara un zoológico fabuloso.

Alonso Cueto: ¿tenemos algo en común con el Perú?

Por Cecilia García Huidobro

20 de abril de 2011

La Tercera

 El escritor peruano Alonso Cueto dará una conferencia “Escritores peruanos y chilenos: asombros comunes”, en la Cátedra Bolaño de la UDP el 26 de abril a las 11,30 en calle Vergara 240.

 

Las palabras que decimos a diario parecen ser un santo y seña que nos identifica y nos permite reconocernos en cualquier parte. En Madrid, por ejemplo, en el aeropuerto de Barajas oí decir “cáchai  que aquí en ninguna parte toman Bilz los muy giles”. Son chilenos, me dije altiro.

 

Sin duda muchos han tenido una experiencia similar. Estar  fuera de Chile e inesperadamente, donde menos se espera, escuchar un “cáchate la media mina”, o “pícala huevón”, o “me gusta esta payasada”… El infaltable compatriota pata’e perro se ha cruzado en nuestro camino.  Unas pocas palabras y nos hemos reconocido gracias al peculiar “habla” del chileno con sus muchos giros o términos propios de raigambre de indígena como “poto”, “guata”, “guagua”, “chascona” son una suerte de cédula de identidad. 

 

Eso creí yo hasta que me topé con un libro del escritor y periodista peruano Alonso Cueto. La iluminadora lectura de Valses, rajes y cortejos que reúne sus artículos periodísticos publicados en distintos diarios y revistas, me llevó a concluir que nuestras expresiones suelen ser mas comunes de lo que creemos. Todo un capítulo está destinado a lo que el autor llama “frases frecuentes” que reflejan parte de la idiosincrasia de una sociedad pues son a la vez códigos de una ética y una filosofía de bolsillo que reviven y se modifican cada vez que alguien las pronuncia.

 

Partamos por el uso del diminutivo.  Señorita un cafecito, son quizás las palabras más repetidas en el Paseo Ahumada y debería estar en el escudo nacional porque un brasileño o un argentino jamás van a andarse con chicas. Pero Cueto sin embargo lo pone en el epicentro del hablar peruano:  “Me podría dar un trabajito o un puestecito o una bequita para mi hijito son frases usuales entre nosotros”, escribe nuestro escritor, actitud que atribuye a la afición de su país a “dulcificar la realidad”.

 

La imprecisión es otro rasgo que destaca en el lenguaje peruano de todos los días aunque bien podría pensarse que se refiere a nosotros. El “cualquier día te llamo” que menciona equivale a nuestro  “veámonos” o “juntémonos” rodeado de una absoluta vagedad. Un especie de afecto sin tiempo, “como si el futuro fuera inmanejable por lo que no es posible tomar compromisos”. Consecuencia de esa misma actitud, otra frase recogida facilmente reconocible para cualquier chileno: me da la gana, o no me da la gana como se le escucha mas en Chile.

 

La pesadumbre y el humor son también rasgos compartidos de nuestra habla.  “La catástrofe tiene una fama bien ganada, quien lo anuncia, por lo tanto, aparece como un ser tocado por la gracia de lo inteligente y sombrío” gracias a un ‘estamos peor que nunca’, escribe Cueto.  Y para sobrellevar esta angustia, se recurre el humor.  ”Es que estamos en el Peru, frase que pretende convertir en broma pasable la convivencia con nuestros males.”

 

Definitivamente hay muchos elementos compartidos con la cultura peruana y no estaría mal que nos detuvieramos en esos rasgos ante la reiteración majadera de lo que nos enfrenta. Quienes llevan las relaciones internacionales de ambos países deberían leer más a nuestros escritores y así tener mayor densidad en la aproximación a las políticas comunes.

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