Tomás González: La espinosa belleza del mundo

“A veces no logramos encontrar belleza alguna en lo que ocurre y la muerte nos desborda”.

El martes 29 de noviembre el escritor colombiano Tomás González dictó  la conferencia “La espinosa belleza del mundo” en Cátedra Bolaño. La presentación estuvo a cargo del escritor Alejandro Zambra.

Tomás González es un escritor absolutamente colombiano, cuando leemos su obra nos damos cuenta de eso, sin embargo vivió muchos años en Estados Unidos y no dejó nunca de hacer lo que sabe hacer, o más bien, lo que necesita hacer,  escribir. Porque González lo admite, la escritura es parte de su vida, es la instancia para mostrarse, para apaciguar las tristezas, para contar sus angustias, sus episodios que lo determinaron para ser lo que es. “Leer es cubrirse la cara y escribir es mostrarla”  dice Alejandro Zambra, quién presentó a González en la Cátedra Bolaño. González la muestra su cara, su vida y todo lo que lo rodea sin mezquindad ni recelo.

González admite y con cierta calma y resignación que su escritura es autobiográfica y que discutir sobre eso no tiene demasiado sentido, “los escritores deben ser, ante todo, observadores directos de la vida y, solo en segundo plano, gente que manufactura cultura. Las obras deben nacer del contacto directo del escritor con la realidad dura y no del contacto del escritor con los libros”

Sabe perfectamente que la literatura es ficción, pero comprende que, en su caso, ese espacio común es un tanto mentiroso.

A diferencia de otros escritores que expusieron en Cátedra Bolaño, Tomás González quiso hablar de lo que escribe, describió tópico por tópico, concepto por concepto y detalló de manera, un tanto pedagógica, de qué forma visualizaba los contenidos de su obra y según el escritor, su obra es la contención de el horror y la belleza, la vida y la muerte, el caos y la forma, el paraíso y el infierno.

Pero toda su obra está sujeta a lo que González entiende por “intimidad”. Habló de la guerra de independencia de España contra los franceses, específicamente de Los Fusilamientos del 3 de mayo, la pintura de Goya:

“En esas personas que se cubren la cara se expresa lo inexpresable. Es el miedo sin límites que se vive en la soledad más profunda. Allí la pintura nos transmite lo que parecía incomunicable. Es por eso que las obras de arte, y no menos las terribles, como esta, nos quitan la soledad, pues levantan por un momento aquel peso de nuestras espaldas. Decir lo que no se podía decir porque era demasiado íntimo, y por tal inexpresable, es algo que siempre se busca, sea en poesía, o en pintura, o en novela. De eso se trata, a mi modo de ver, y es lo más difícil.”

Por último, González señaló algunos ejemplos literarios donde se ha logrado transmitir los sentimientos humanos de todos los tiempos y para eso acude a Rulfo:

“Rulfo narra como si estuviera hablando dentro del lector. Para mí, el momento más profundo de la novela Pedro Páramo llegó, tal vez, cuando el escritor se detuvo a describir una gota que cae sobre una hoja de laurel. No es en la maldad grande de Pedro Páramo ni en el caos magnífico de la Revolución Mexicana donde se alcanza la mayor profundidad en la narración, sino allí, donde lo pequeño se vuelve grande y lo grande pequeño, donde lo uno contiene a lo otro, donde los conceptos de pequeño y grande dejan de tener sentido y sólo queda lo que Es: aquello que algunos llaman la ‘mismidad’, es decir, la intimidad última.”

Al momento de terminar la Cátedra, y como siempre, hubo un instante para hacer preguntas. Me llamó la atención de que el escritor admitiese que en realidad no tenía mucha conciencia de los trabajos artísticos que actualmente se hacen en Latinoamérica. Con esto me di cuenta que González no está para escribir de generalidades, del ambiente literario, de una gran cultura, de lo latinoamericano. González habla desde una persona, desde su perspectiva más profunda, y es ahí donde conecta al lector. La intimidad es nuestro factor común.

Olivier Rolin: De París a Tierra del Fuego: un recorrido literario

“Hay nombres que hacen palidecer, que hacen latir el corazón. Tierra del Fuego es para mí uno de esos nombres. Valparaíso también. La primera película que vi en mi vida fue un documental acerca de una familia de viajeros franceses de apellido Mahuzier. Yo tenía seis o siete años, mi abuela me llevó al cine de una pequeña ciudad bretona, aún lo recuerdo. La película, precedida por una conferencia tenía por título “Tierra del Fuego-Alaska” y contaba el viaje de la familia del extremo sur al extremo norte del continente americano. Esas obras fueron,  sin que me diera cuenta, mi primer modelo de vida.”

El jueves 3 de noviembre el escritor francés Olivier Rolin dictó la conferencia “De París a Tierra del Fuego: un recorrido literario” en Cátedra Bolaño. La presentación estuvo a cargo del escritor chileno Mauricio Electorat y dio lugar en la Feria Internacional del Libro de Santiago.

A diferencia de muchos invitados que pasaron por Cátedra Bolaño, Oliver Rolin quiso presentar su conferencia titulada “De París a Tierra del Fuego” que más que ser un texto que haya sustentado o explicado la valoración y el por qué de su literatura, fue una presentación/relato y nos habló sobre todo de una de sus  novelas, “Un cazador de leones”  del rol que el narrador debía cumplir (el ecritor Mauricio Electorat en su presentación se refirió al narrador como “Passeur”), de sus impulsos estéticos, de las imágenes culmines, de la atmósfera, geografía, de la veracidad y su recuerdos de infancia. Para esto último optó por introducirnos al viaje  y nos reveló que su método discursivo se trataba de expandir historias a partir de imágenes pictóricas o fotográficas precisas que alguna vez en su vida presenció (sobre todo algunos cuadros de Manet) y que nunca pudo olvidar.

Rolin prefierió no añadir información explicativa, y en vez de eso compartió sus vivencias y anécdotas que hicieron posible sus decenas de novelas, nos reveló situaciones (en desorden temporal) para así  acercarnos a la geografía de sus narraciones como si su mayor anhelo fuera llevarnos donde él estuvo, al punto de partida de su literatura.

En definitiva Rolin nos hizo ver que su posición de creador va de la mano con el desplazamiento y la observación, “el estar ahí para contarlo”. El escritor hace que una imagen recobre vida a través del movimiento, de su propio viaje, del recorrido y recuerdos del autor, y dice: “Me gusta Bolaño porque su literatura siempre está en movimiento”, quien igualmente como Bolaño hace de los escritores motivo de su literatura.

Mauricio Electorat en su despierta y hábil presentación se detuvo en la novela “Un cazador de leones” y comentó:

“en esta novela, Olivier Rolin, o mejor dicho, el narrador que despliega la historia (o las historias) se comporta como una especie de “passeur”. Esta es una figura bien conocida en el mundo francés: se habla de “passeur” para designar a aquellos intelectuales que introducen en la cultura francesa a escritores de otras latitudes. Roger Caillois, introduciendo a Borges; Valéry Larbaud, corrigiendo la traducción del “Ulises” de Joyce y, a su manera, Christian Bourgois, importando la sorprendente obra de Gombrowicz son conocidas figuras de “passeurs”, literalmemente, “pasadores”, gente que pasa contrabando (humano o no) entre las fronteras. Pues bien, el narrador de “Un cazador de leones” se comporta como un “passeur”, enuncia desde un lugar equidistante entre París (el París finisecular de Manet y de su amigo, Pertuiset, el cazador de leones) y Valparaíso. Entre las costas del África y Lima, Santiago, Punta Arenas, Porvenir… Hay también en esta novela, como en toda novela que se precie de tal, un tono, una dicción, diríamos casi, de ese sujeto que narra. En el caso de Rolin, ese tono es el de la recuperación no del tiempo perdido, sino de los tiempos perdidos, porque asistimos a una recuperación de lugares y hechos mediante el habla de una memoria melancólica, algo triste, algo desencantada, ligeramente irónica.

Tahir Shah: El legado de la ciencia árabe

“Al principio, hice lo que la mayoría de la gente hace… Ahorraba dinero y luego hacía un gran viaje, ya fuera a la India, África, a través de las selvas de Sudamérica, o por el Extremo Oriente. No tenía manera alguna de hacer de mis viajes una forma de ganarme la vida; era un sistema… muy básico, casi como el de un recolector-cazador”.

Tahir Shah.

El 9 de noviembre el periodista y escritor anglo – afgano Tahir Shah dictó la cátedra “El legado de la ciencia árabe” en cátedra Bolaño, la presentación estuvo a cargo del periodista nacional Patricio Tapia.

Se trata de un periodista y escritor (ensayista y novelista) de nacionalidad inglesa, origen afgano y residente permanente en Marruecos. Nació en una distinguida familia afgana, es hijo de Idries Shah, el famoso autor y recopilador de historias sufíes y nieto del sabio Sirdar Ikbal Ali Shah.

Tahir Shah ha hecho una serie de viajes, de los que ha dado cuenta en cerca de una decena de libros, a lugares y en condiciones que no son precisamente turísticos, publicando obras como “El aprendiz de brujo” (2000), “Un rastro de plimas” (2002) y “La mansión del califa” (2008), entre otros. Además, el escritor ha desarrollado su interés por la fotografía, la escritura de guiones y la realización de documentales, los que han sido exhibidos por canales como National Geographic o The History Channel y colaboraciones con periódicos como el Washington Post.

Este escritor pertenece a una familia de contadores de historias, es un viajero de lugares indescifrables, pero aún más, es heredero del pensamiento y la cultura árabe y el día de la Cátedra Bolaño nos regaló una presentación llena de sentido histórico, poniendo en la palestra varios puntos de observación dentro de los elementos literarios: La mezcla de culturas, La hibrides, El encuentro o choque de culturas antónimas, Realidad o ficción, y así una infinidad de títulos que dan cabida a diversos estudios sobre lo literario.

En sus viajes por los más diversos y variados rincones del mundo, logra evidenciar que existe una fractura en la historia del conocimiento humano que impide reconocer el tremendo legado que oriente ha tenido en el desarrollo de occidente y sus civilizaciones y culturas.

Por ejemplo, Tahir Shah sostiene que la tradición grecorromana del pensamiento es la culpable de esta nebulosa que existe y que no permite reconocer de qué importante forma el desarrollo intelectual árabe fue determinante en el florecimiento de occidente.

El conferencista, apoyándose en algunos ejemplos, nos trae al recuerdo que fue en oriente donde se inventó la escritura y el papel, agrega que desde la caída del Imperio Romano (476 d.C.), hasta los primeros años del Renacimiento (siglo XV), el desarrollo intelectual de los árabes permitió el perfeccionamiento del legado de los griegos y romanos con la invención del número cero, la formación de los primeros hospitales, además del uso de metales y químicos como la destilación del alcohol. En la llamada Época de Oro de la cultura árabe también sentaron las bases de lo que hoy conocemos como músico – terapia, la odontología, la cosmética (con la incorporación del jabón), las primeras cesáreas y los estudios sobre la circulación sanguínea.

Tahir Shah, estando muy al tanto de la historicidad oriental antes mencionada, escribe Un rastro de plumas y La casa del rey Tigre donde Historia y Literatura forman un producto uniforme. En ambos libros encontramos elementos que conviven pero que pertenecen a conjuntos antagónicos, como dijo Patricio Tapia en su notable presentación de Tahir Shah: “En ambos libros, llenos de aventuras y gente extraña, aparece un guía, veterano de Vietnam y adicto a los alucinógenos.

También decidirá encontrar las legendarias minas del rey Salomón. Diversas pistas lo llevan a buscarlas en Etiopía. Allí recorre zonas rurales, duerme en moteles, se desliza en minas ilegales, aprende cosas útiles (como que las prostitutas exigen a sus clientes que se laven con Coca Cola para prevenir el SIDA) y conoce gente nuevamente extraña: como un hombre que alimenta de su mano a las hienas cada noche para que ellas no se lleven a los niños del pueblo o al duro jefe de una caravana de sal que llora desconsoladamente cuando debe sacrificar uno de sus camellos”.

Fernando Ampuero: Decálogos para asesinar al monstruo

Los escritores enfrentamos siempre a un monstruo que llevamos dentro, ese monstruo que, las más de las veces, nos revela lo que debemos hacer: escribir y representar la vida desde la atalaya que mejor nos parezca; escribir y conectarnos con nuestro abismo personal, o con el abismo del otro. O bien: escribir para comprendernos; escribir para indignarnos; escribir para embelesarnos. Hay muchas formas de matar al monstruo, pero todas, mal que bien, requieren de una voluntad y de una cierta locura organizada.

Fernando Ampuero.

El miércoles 7 de septiembre el escritor peruano Fernando Ampuero dictó la conferencia “El proceso creativo y los decálogos literarios” en Cátedra Bolaño. La presentación estuvo a cargo del escritor Jaime Collyer.

¿Por qué escriben los escritores y cómo lo hacen? Estas son, según Ampuero, dos preguntas fundamentales que los escritores con frecuencia se hacen a sí mismos. Son, además, las dos preguntas más típicas realizadas  en las entrevistas a lo escritores. Al parecer el qué y el cómo de la escritura son dos temas que despiertan mucha curiosidad. ¿Cuáles son las respuestas a estas clásicas interrogantes?

Los escritores, me parece, escriben para construir una mirada y, a través de ella, comentar la existencia humana y, en algunos casos, dar sentido a su propia vida (…) El escritor escribe con rabia, con placer, con rigor, con una angustia infinita. En cualquiera de estos casos, y en los de muchos otros,  se necesita disciplina. El oficio de la escritura demanda sentones de incontables horas atornillados a un escritorio.”

Escribir, para Ampuero, es construir una determina visión propia y del mundo. Es también pelear con las palabras, corregir y rehacer. Es un oficio meticuloso que debe ser pulido constantemente, pensado, calculado. Para Ampuero un escritor pasa más tiempo e invierte más energía en reescribir que en escribir.

La mayor invención de la humanidad, su más grande creación, es el lenguaje:

El lenguaje, y la gran capacidad de abstracción que demandó trasladar el habla a los signos de una escritura, cimentaron al cabo las bases de la evolución de nuestra especie, y además nuestra comunicación, la memoria de las experiencias acumuladas, y, en lo que mucho más tarde hemos dado en llamar escritura creativa, una forma de conocimiento y de belleza.”

Sin embargo, al momento de escribir, hay muchas preguntas que surgen en la cabeza del escritor y que no parecen, en la mayoría de los casos, tener respuestas simples: “¿qué voy a escribir?, ¿Cuáles son las reglas básicas para escribir ficción? ¿Cómo saber la forma adecuada que corresponde al contenido que he elegido?”. Existen, ante estas muestras de incertidumbre, una suerte de fórmulas que el escritor y periodista peruano considera indispensables: los decálogos literarios. Existen cientos de estos decálogos, pues cada escritor tiene el suyo. El propio Ampuero reconoció tener uno que sigue con cuidado y obediencia, aún después de varias obras publicadas y muchos años en el oficio de escribir. Antes de revelar sus propios métodos, nuestro invitado recordó algunos decálogos (o criterios) de importantes figuras de la literatura:

Faulkner decía que “si el escritor está obsesivamente interesado en la técnica debería dedicarse a la cirugía o la ingeniería”; para Borges La felicidad no debe requerir un esfuerzo. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado”; para Buffon, “el estilo es el hombre”, lo que supone una manera de ser (decir), de ver (visión narrativa) y de pensar. Un mandamiento del decálogo de Juan Carlos Onetti es “no sacrifiques la sinceridad literaria a nada. Ni a la política, ni al éxito. Escribe siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y que no es posible engañar”, aunque el mismo Onetti señaló después “miente siempre”, para Ampuero las reglas de Onetti no se contradicen, pues quiere decir que debes ser auténtico mientras estés inventando. Para García Márquez es fundamental escribir una buena e irrefutable primera línea, pues considera que “es más fácil atrapar a un conejo que a un lector”.

Para Fernando Ampuero, cada escritor debe intuir la forma de entregarnos el libro que tiene pensado: matar al monstruo. Aquí es donde interviene el lector:

“Encargado de certificar la defunción del monstruo y de sentenciar si el autor lo mató como es debido. (Me refiero al lector puro, ese ser honesto e insobornable). Si el escritor consigue su propósito, estamos ante una nueva meta: superarnos. Si no lo consigue, no debe desalentarse: los fracasos son buenos maestros, y, cuando la vocación está bien arraigada, nos ayudan a perseverar.”

El decálogo del escritor peruano recibe el nombre de “Decálogo del Cuentista Hechicero”. Para terminar la conferencia, Ampuero reveló sus doce mandamientos, entre los que cuentan los siguientes:

1)Los cuentos empiezan siempre con un respingo o un sobresalto, gracias a algo (o alguien) que nos deslumbra repentinamente, ya sea en medio de una charla de amigos o mientras conducimos el auto, solos y en silencio. Allí, en ese trance, si logramos pescar bien la idea, vemos generalmente todo.

3) Escribir exige asumir riesgos. Un buen escritor conoce sus límites e intenta desbordarlos. El peligro está en no correr riesgos.

10) Recuerda siempre que tu deber es emocionar al lector con una mentira que él leerá a sabiendas. Debes dar respaldo a esa confianza.

11) Los decálogos literarios no son los rieles de un tren, sino a lo sumo las nerviosas agujas de una brújula. La buena literatura es un milagro.

12) Escribe a diario. Y corrige a diario. “Con resaca o sin resaca”, tal como aconsejaba Hemingway acerca de este oficio de hechiceros.

Cristian Alarcón: Regresar es volver al futuro

El recuerdo siempre es ambivalente, siempre se dispara hacia un detalle del que no estamos convencidos, aunque el convencimiento nos haya empujado al destino que tuvimos. Y entonces, cuando vuelvo a escribir, cuando vuelva a hacerlo, no ya para ustedes sino para otros, cuando diga lo que digo sin volver a decirlo, el recuerdo ya no será crónica, el recuerdo de todos, y el mío propio, será ficción.

Cristian Alarcón

El miércoles 24 de agosto el escritor Cristian Alarcón dictó la conferencia “Crónica, memoria y ficción: vuelve, ya no será lo mismo” en Cátedra Bolaño. La presentación estuvo a cargo del periodista Antonio Díaz Oliva.

Este escritor y periodista chileno que creció en Argentina, terminó de escribir el texto de la conferencia minutos antes de su presentación en Cátedra Bolaño. Terminó el texto narrando sus últimas horas y minutos en Chile, describiendo la marcha estudiantil que se llevaba a cabo ese día en Santiago, de la mano con el paro nacional:

“Con la marcha detenida mientras comienzan a tocar los grupos invitados, frente a la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Chile, el vapor de las cien mil bocas que parecen respirar acompasadas, cubre a la multitud de una espesa bruma. Es el frío del día más frío del año. Nieva en Santiago y ellos están allí sin moverse. Una nena con la cara llena de piercings recibe un llamado. Escucha. Corta. “De mi colegio llamaron a mi papá”, cuenta. “Le preguntaron si sabía dónde yo estaba, les dijo que en el colegio. Pero no. Ahora estoy castigá”. Sus amigos se ríen y la rodean para apretujarla. Se viene un pogo general de paraguas.”

A raíz de este presente, de este Chile con el que se encontró, Alarcón revisó su historia y leyó una crónica formada de recuerdos del Chile que dejó atrás cuando era apenas un niño y del Chile que tantas veces trató de reconstruir durante su juventud:

“El dolor del destierro duró mucho: creo que hasta los veintitantos. Ya en la universidad casi convenzo a mi novia de la juventud de venirnos juntos a Chile; todo lo que quería, lo que siempre quise, fue volver. Todas las lecturas de la niñez habían sido búsquedas del tesoro, y todas las de la adolescencia habían sido una búsqueda del volver (…)”


Cristian Alarcón creció añorando una idea de Chile, necesitando respuestas acerca de ese país devastado por el golpe de estado, buscando ese lugar mítico y real que se grabó en su memoria para siempre y que se convirtió en una gran incógnita en su vida adulta. Así, el escritor viajó a reconstruir los pasos de su infancia y a encontrarse con los personajes de una historia que necesitaba rearmar, o al menos dibujar en su cabeza como un mapa y contarla luego para otros y para él mismo:

“Era un niño cuando nos refugiamos en la Patagonia argentina. Hasta ese momento, un junio frío como la niebla, había vivido al cuidado de una nana, mi nana, una joven campesina venida del pueblo de Liquiñe. Se llamaba –¿se llama?– María Valencia. Aunque yo le había inventado un nombre. Le decía Yeya, mi Yeya (…) María amaba al Comandante Pepe, el líder de los campesinos y obreros madereros de Neltume que a principios de octubre de 1973 fue fusilado por la Caravana de la Muerte junto a otros 11 militantes del MIR en el regimiento de Valdivia.”

A través del recuerdo de María Valencia, Alarcón se dedicó a recorrer las calles de un pasado misterioso y melancólico. Antes de su viaje, pasó todo un verano investigando la gesta, esa historia de fundos y guerrilleros heroicos que terminó con el fracaso del MIR ante la opresión de la dictadura.  Después de investigar, Alarcón cruzó la cordillera y se reunió con algunos de esos antiguos militantes luchadores y se dedicó a escuchar con atención lo que tenían que decir.

Después de reconstruir la memoria de algunos y la suya propia, el escritor volvió al presente, a los gritos en las calles, a los cantos, a la nueva lucha y dijo finalmente:

“Parece que regresar es volver al futuro. La mujer que recuerda las luchas perdidas, la sobreviviente, su amiga, los soldados campesinos, los que quisieron cambiar el mundo de pronto pueden creer en su descendencia. Los hijos están allí, caminan justo ahora por la Alameda. Por eso podemos volver, porque ya no será lo mismo.”

Hebe Uhart: Enfrentar el vacío para escribir

Un método para comprender las imágenes, los símbolos, lo real en general, es no interpretarlos, sino simplemente mirarlos hasta que de ellos brote la luz.

Simone Weil.

El martes 9 de agosto la escritora argentina Hebe Uhart dictó la conferencia “¿Para qué le sirve Simone Weil a los escritores?”. La presentación estuvo a cargo de la escritora Alejandra Costamagna.

Lo primero que dejó claro Hebe Uhart en la conferencia, fue que Simone Weil fue una mujer fascinante, compleja y muy difícil de definir.

¿Quién fue Simone Weil? A grandes rasgos, fue una filósofa francesa que nació en Paris en 1909 y murió muy joven, apenas a los 34 años. En su corta vida escribió varios libros memorables, como “La fuente griega”, donde analiza, entre otros temas, la guerra; “La gravedad y la gracia”, en el que se ocupa de la condición humana reducida al reino de la necesidad y su difícil suspensión; “Diario de Fábrica”, en el que consigna sus vivencias durante una experiencia como obrera de una línea de montaje, para probar en sí misma la condición de operaria; “Raíces del existir”, donde muestra sus grandes conocimientos históricos sobre Grecia, Roma y la historia europea en general.

Principalmente podemos decir que para Uhart, Simone Weil fue una mujer que se ocupó de la condición humana en sus múltiples aspectos.

En esta conferencia la pregunta era: ¿para qué sirve Simone Weil a los escritores? Para contestar, Hebe Uhart revisó algunos temas puntuales sobre los que la filósofa francesa reflexionó:

-Alegría.

Dijo Weil que “La alegría no es otra cosa que el sentimiento de la realidad”. Esta afirmación avala la manera relativa en que nos conectamos con los objetos y con el entorno cuando estamos felices. La misma realidad es observada con ojos diferentes según el estado de ánimo en que nos encontremos. La tristeza y la depresión producen una perspectiva escéptica. Conrad coincide en esto con Weil y al filo del año 1900, dice:

Veo que muchos jóvenes están escribiendo con una perspectiva escéptica. Por algún motivo, esta forma de ver el mundo produce en quien lo tiene una suerte de superioridad que  conspira  contra la excelencia de la obra”.

Hebe Uhart recordó, a partir de estas palabras, a su tía María, una “mujer demente”, que decía: “Me quitaron la madre, la llave, la cacerola”. Para la escritora esto parece un disparate, pero se entiende  desde la pérdida de lo real: no tiene acceso a la madre, a las cosas, al alimento. Muestra una tristeza profunda, la desolación de aquellos que se quedan sin piso.

Ante las situaciones que producen tristeza o depresión, se tiende a buscar una compensación imaginaria y como dijo Uhart: “Son compensaciones negadoras de la pérdida, esta sólo puede superarse conectándose con el dolor de la pérdida y no con la imaginación compensatoria. La imaginación compensatoria funciona en el arrepentimiento”.

El arrepentido cree que existe un obstáculo exterior que no le permite realizar algún deseo o ideal del yo imaginario.

-Realidad.

Dice Weil: “Negarse a aceptar un acontecimiento del mundo es lo mismo que desear que el mundo no exista”. A raíz de esta idea, Uhart recordó como en Buenos Aires se niega la existencia de una persona cuando no se quiere saber nada de esta, es decir, cuando se siente rabia o molestia hacia esa persona, la gente dice “¿Fulanito? ah, ese no existe”. La imaginación colmada de vacíos realiza ejercicios de deseo de negación o cambios en la realidad: se desea que sea más tarde de lo que es en realidad, se desea que la semana esté finalizando, se desea que determinada situación sea diferente. Mientras menos se soporte una realidad, hay mayor necesidad de negación de esta y por lo tanto hay también menos alegría.

Simone Weil dijo: “La prueba de lo real es la necesidad siempre y en cualquier ámbito de la realidad”. Para Uhart, el mundo entero está sujeto a necesidades. Podemos imaginar cualquier cosa respecto a nuestra realidad, pero es una imaginación que llena vacíos, temores, vanidades. En palabras de la escritora “el desplazamiento de un sitio a otro implica camino necesario”.

¿Para qué sirve todo esto al escribir? Mientras menos cosas no se soporten, más empobrecido se vuelve el mundo real de una persona. Por esto, para Uhart, al escribir es necesario lograr un estado sin entusiasmos ni bajones extremos:

El bajón me da la mirada depresiva  y el entusiasmo extremo hace que escriba como si estuviera borracho o drogado. Escribir supone un acompañamiento del sujeto por sí mismo, un tenerse paciencia y, si se puede, un ánimo parejo. El ánimo disparejo (iras, miedos, deseos constantes)  hace que carezca de continuidad interna, vengo a ser como una colcha de retazos.”

-Atención.

Dice Weil: “En el ámbito de la inteligencia, la humildad no es otra  cosa que la atención”. Lo que hace, según la escritora argentina, es oponer la atención a la voluntad. “Por cada momento de atención –dice S. Weil– se obtiene un leve ascenso, lo mismo que por cada acto realizado con esa atención.”

Observar lo que hay afuera, soportar el vacío y poner atención, eleva y permite contemplar sin interpretar:

Cuanto más atención pongo al asunto en cuestión, más profundidad–señaló Uhart- y van ejemplos, como la crónica de Clarice Lispector sobre una mujer que va pintarrajeada a una fiesta. De manera superficial diríamos “Ridícula”, “Loca”, “Desubicada”. Pero ella la miró a otro nivel y la pintó como tímida, tiene miedo de atravesar un salón a cara desnuda, la pintura actúa como contrafobia. Ese cuento de Lispector me enseñó algo nuevo sobre ese tipo de mujer muy pintada.”

Dirigir la atención hacia algo es un aprendizaje que está ligado a aprender a enfrentar el vacío. Este es diferente en cada caso individual, pues es, de alguna manera, la representación de un temor propio. Para Uhart por ejemplo, este vacío se encuentra en los tiempos muertos, en las esperas prolongadas y en la falta de paciencia para manejarlos.

Para cerrar la conferencia, la escritora hizo énfasis en la falta de espacio y tiempo para desarrollar un tema tan profundo y extenso y se despidió reconociendo en esta insuficiencia, la amplitud de los beneficios que trae la mirada de Weil al oficio de escribir:

Queda mucho en el tintero, me falta espacio. En el caso de Simone Weil, todo lo que dice, aunque no esté directamente referido a la escritura me sirve para escribir, me levanta el nivel del ánimo y me hace sentir mejor persona.”

Julio Ortega: La construcción de un interlocutor

“El horizonte de la lectura está formado de varios espacios. Lo que hay en la lectura es la construcción de un lector. O sea, cuando alguien dice “yo” en realidad postula un “tú”. Nadie dice “yo” como una reafirmación, sino como una postulación de un interlocutor. Es fascinante ver como hay muchos yos en un autor, no porque esté esquizoide, sino porque simplemente hay varios interlocutores.”

Julio Ortega.

El 29 de junio el crítico peruano Julio Ortega dictó la conferencia “Biografía literaria de la narrativa latinoamericana”. La presentación estuvo a cargo del escritor Arturo Fontaine, para quien en Ortega subyace la sentencia de Guaman Poma: “La lengua y la escritura son el arma más poderosa de un pueblo”.

Para el crítico peruano, la conferencia fue un talk in progress de su próximo proyecto: un libro, un relato sobre la relación especulativa entre la vida de un autor y su obra, a partir de algunos detalles de los cuales ha sido testigo. A raíz de esto, Ortega se propone plantear una hipótesis puntual: quizás la literatura tiene forma de biografía y lo que alguien escribe tiene, finalmente, la forma de su propia vida. La postulación para Ortega sería “no conocer mejor y más al autor por su obra, sino encontrar el enigma de esas articulaciones posibles”.

Así, a lo largo de la charla el crítico revisó varios casos particulares que le resultaron interesantes y que de una u otra forma han motivado este nuevo proyecto. Al leer a Rubén Darío, por ejemplo, descubrió que casi todo lo que había escrito, lo hizo reaccionando a alguna lectura o lector. Por ejemplo, un profesor se burló de su métrica cuando Darío era pequeño y años después este escribió una suerte de respuesta, demostrando la calidad de su métrica. La poesía de Darío, por ser moderna, se construye como una biografía de la lectura.

En América latina existe desde siempre la postulación de un tú a partir de un yo para un diálogo moderno, es decir, democratizador. Para Ortega,  los sujetos lectores o interlocutores que postulan los grandes clásicos latinoamericanos son tres:

-Martí, que pensaba que del campo saldría un hombre decente, noble e íntegro. Todo lo contrario del hombre de ciudad.

- Sarmiento, que en oposición a Martí, pensaba que el hombre del campo era la clientela de la barbarie. Para él, el hombre del futuro sería más bien el hombre de ciudad, pues este  es moderno, lee, es culto y vive en las grandes ciudades.

- Bello, que pensaba que el hombre republicano, el sujeto del futuro iba a nacer de las instituciones. Creía que sin estas no habría nunca un verdadero sujeto.

Así, tenemos al sujeto que sale del campo, que representa una idea algo romántica; el que sale de la ciudad, que es una visión muy modernista y el que sale de las instituciones, que es muy realista y educativa. Pero luego sucede que la construcción de este lector moderno sigue en la literatura latinoamericana y va a haber un largo proceso para construir un sujeto que sale de las regiones (ni de los estados, ni de los países, ni de las instituciones).  El más grande exponente de esta visión es José María Arguedas, quien tuvo siempre un dilema al momento de escribir entre su quechua natural y el español adquirido. Eventualmente, con “Los ríos profundos” Arguedas encuentra la manera de escribir en español con el quechua como sustrato:

Este no era un problema lingüístico, porque habría sonado falsa una imbricación de dos lenguas, o folclórica. Lo que hizo este escritor fue interpolar el quechua y el español, aunque estaba todo escrito en español.”

Lo que hace Arguedas es escribir en una lengua española inventada por él. Para Ortega, Arguedas crea una metáfora. Lo que quiere decir es que la lengua del sujeto nuevo, que está creándose desde los albores de la república y quizás antes, debe ser plurilingüe:

“Es una metáfora extraordinaria, la postulación de Arguedas es que ese sujeto moderno parece el más tradicional, porque es semi indígena, pero es el más moderno, porque lo moderno es la mezcla y esta es una lección del Inca Garcilaso y de los intelectuales indígenas de México y del Perú. Lo moderno es la mezcla, lo tradicional es el autoritarismo, que es por ejemplo la expulsión de los judíos, la expulsión de los moros, etcétera. Todo eso es lo tradicional y es antimoderno. Entonces, el español que hemos recibido, postulan estos escritores, viene de un sistema autoritario y la lengua que hablamos está cargada de machismo, racismo, xenofobia y autoritarismo, porque es una lengua que no ha vivido espacios democráticos, tiempos democráticos.”

Ese sería el caso de Arguedas como escritor de la región. El ciudadano que crea esta región sería el que está incorporado a la sociedad, no marginalizado de ella.

Todo esto remite a la gran lección cervantina: cuestionar el lenguaje natural para crear un lenguaje posibilista. La literatura saca de las entrañas ese lenguaje represivo y postula el lenguaje posibilista como una metáfora de libertad, democratización, diálogo, modernidad.  Para Ortega, Cervantes será para siempre el escritor más moderno que tenemos, quizás con Borges, porque, como señaló el crítico peruano,  para decir la verdad se necesita un loco y eso es un gesto crítico de las instituciones y de la verdad dominante.

El Quijote de Cervantes sigue siendo lector hasta la muerte. Es un producto de la lectura, absolutamente moderno. Borges dice que a Cervantes le cuesta decir que su Quijote a muerto, porque es difícil para él despedirse. El Quijote es su amigo y es un amigo para siempre, pues estamos seguros de que cada vez que lo veamos, tendremos una gran conversación con él. Es aquí, en esta idea, donde justamente se resume todo el concepto de la construcción de un sujeto lector, uno que se convierte inevitablemente en interlocutor.

María Teresa Ruiz y Margarita Schultz: Voces del universo

“Somos los hijos de las estrellas, es decir que somos los hijos de un recuerdo.”

Raúl Zurita

El 2 de junio la astrónoma chilena, Premio Nacional de Ciencias Físicas, María Terea Ruiz y la destacada poeta Margarita Schultz  dictaron la conferencia “Voces del Universo”. La presentación estuvo a cargo del poeta Raúl Zurita.

Margarita Schultz abrió la charla explicando que fue gracias a un libro escrito por María Teresa, que logró acercarse al universo y a sus misterios, a través de la lírica:

En el título del libro que escribió María Teresa, “Hijos de las estrellas”, estaba el germen del conjunto de poemas que escribí, así como en el Big Bang se supone que estaba el germen del resto del universo (…) ese título contenía como una semilla, toda la poesía que uno  podría pensar o imaginar, porque en realidad los hijos de las estrellas somos nosotros.”

“Voces del universo” es el segundo libro de la poeta que habla sobre el cosmos. Anteriormente publicó ”Memoria de la luz” (Cuatro Vientos Chile, 2001).

La charla se realizó de manera intercalada. La astrónoma María Teresa Ruiz fue la encargada de realizar diferentes presentaciones científicas, apoyadas por impactantes fotografías del universo. Al finalizar cada tema, Margarita Schultz le puso, como señaló Ruiz, “la humanidad y la carne al asunto” con la lectura de los poemas seleccionados por ambas. Ruiz comenzó explicando que la exploración que realizan los científicos del universo, la observación de su evolución desde el Big Bang, no estaría completa sin la humanidad. Esta es considerada por la astrónoma como una fuerza fundamental  que la ciencia tiende a dejar fuera. De hecho fue esta la misión principal de Schultz en la conferencia: acercar  o devolver la humanidad a la historia del universo.

Chajnantor

Este es un lugar ubicado cerca de San Pedro de Atacama. Está a 5200 metros de altura y en él se están construyendo los observatorios más grandes del mundo. Varios países están realizando una gran inversión, destinada a instalar antenas que permitan estudiar la historia del universo: su inicio, el nacimiento de las estrellas y todos estos eventos que es practicamente imposible observar con luz óptica.

Ruiz hizo énfasis en la magia de este lugar. Caminar en él es como hacerlo en otro planeta: falta el oxígeno y el paisaje es imponente. Durante una visita, la astrónoma fue interrogada por un grupo de empresarios, ¿por qué todos invertían tanto dinero y tiempo en ese lugar? ¿qué buscaban? ¿qué querían conseguir? la respuesta era simple: nuevo conocimiento. Esto, para Ruiz, es un gran motivo de orgullo: pertenecer a una especie que se hace preguntas y que es gracias a estas preguntas y a la necesidad de conocimiento que ha evolucionado. Así, Chajnator es para la astrónoma un monumento al espíritu humano.

Nacimiento y muerte de las estrellas

Las estrellas se forman a partir de nubes de polvo. Este está compuesto por por partículas de grafito y silicato que se juntan con gas y en esa distribución hay un grupo más denso, que se desploma por su propio peso. Según las palabras de Ruiz:

En ese proceso se va calentando su corazón, hasta que finalmente se encienden las reacciones nucleares en el centro, que detiene el colapso y nace una nueva estrella.   Este es el proceso común a todas las estrellas, incluido nuestro sol.

Esto se repite continuamente.  Después de vivir miles de millones de años y fabricar todos los elementos que necesitamos para vivir, las estrellas mueren. Las estrellas pequeñas y las grandes tienen diferentes muertes y producen diferentes elementos, pero ambos procesos son necesarios para que nosotros, los humanos, podamos existir:

Es este ciclo el que da  origen a la vida, sin este ciclo vital de las estrellas no existiríamos. Cuando se formó nuestro sol ya había  fierro, uranio, cobre, carbón y todos los elementos, por lo tanto el sol no es una estrella de primera generación. Este tuvo una madre y una abuela que vivieron antes y que fueron enriqueciendo este material del Big Bang, que solo era hidrógeno y helio, poniendo trazas de todos los otros elementos de los cuales se forma la vida.

A continuación, Margarita Schultz leyó su poema seleccionado:

Las estrellas mueren

cuánto dolor

ha de estar

difuso

en ese espacio infinito

lejano y nuestro

cómo no pensar

que la muerte de una estrella

es algo más que un desplome

donde la materia

busca su centro

y se acurruca sobre sí misma

en un arrebato gravitatorio

deja ir

por puro amor filial

su producción más íntima

alimento matriz

de la siguiente estrella

su hija

pero

¿escuchó alguien, acaso, el grito de dolor

de una estrella que muere?

¿alguien oyó

el bramido de mil bocas luminosas

antes del silencio?

Kelu

Finalmente, María Teresa habló de Kelu, su única hija mujer: una enana café.

Durante años, astrónomos y científicos de todo el mundo estuvieron tratando de ver una de estas enanas cafés, pero fue Ruiz, accidentalmente, la primera persona que se encontró con una.  Esto ocurrió un día del año 97, mientras la astrónoma trabajaba en otro tema en el observatorio La Silla. De pronto, algo raro apareció en el telescopio. Era un objeto extraño, en el que la científica reconoció una línea de litio. Este elemento se destruye con las reacciones nucleares, con el calor, entonces se esperaba que las enanas cafés, como no tenían reacciones nucleares en su corazón, pudieran conservar el litio original del Big Bang. Así, Ruiz supo que era una enana café y para nombrarla buscó en un diccionario mapuche la palabra “rojo”.  La astrónoma contó que fue un momento muy emocionante:

La felicidad de ser el primer ser humano que ve algo por primera vez, es un gran privilegio. No lo puedo achacar  a algo que yo haya hecho, porque fue ella, Kelu, la que me hizo señas, yo no la estaba buscando (…) soy una privilegiada, pues Kelu me escogió a mí para darse a conocer.”

Para cerrar la cátedra, Margarita leyó el poema final, un homenaje a María Teresa y a su descubrimiento.

Kelu

rojo sangre

rojo fuego

rojo del sol poniente

muy al sur

en el otro extremo de los kunzas

antes aun de haberlo imaginado

los mapuches

nombraron

una estrella

Juan Gabriel Vásquez: Literatura y resistencia, o la resistencia de la literatura

“Cuando hablamos de literatura y resistencia, hablamos del individuo, de su lugar en el mundo y en particular de la lucha del individuo contra las fuerzas que, en tantos ámbitos de la vida, hacen denodados intentos por desindividualizarlo.”

Juan Gabriel Vásquez.

El 11 de mayo el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez dictó la conferencia “Literatura y resistencia: una o dos lecciones de Tolstói”. La presentación estuvo a cargo del periodista Roberto Careaga.

¿De qué hablamos cuando hablamos de literatura y resistencia? según el escritor colombiano, la combinación de estas dos palabras evoca inevitablemente referencias al gran enfrentamiento del siglo XX: el individuo contra el régimen totalitario. Sin embargo, no hay que olvidar que la literatura también es resistencia a niveles mucho más íntimos, pues se resiste a todo aquello que lucha por anular lo individual. El impuslo individualista de la literatura se ha enfrentado siempre al impuslo dogmático de las instituciones proselitistas.

Teniendo esto en cuenta, Vásquez se pregunta ¿cómo debemos entender el caso de un hombre en que se den cita estos dos impulsos opuestos, la curiosidad y el afán de entender propios de la gran literatura y la rigidez más desaforada?

Pocos autores han explorado el mundo con tanta generosidad y tanta testarudez como Tolstói. Su obra no desprecia nada y es por esto que se puede encontrar en ella una cualidad casi sobre humana, como sucede en Ana Karenina y Guerra y paz. Según Vásquez ambos libros parecen escritos por decenas de personas y no por una sola. Sin embargo, los últimos años de vida de Tolstói estuvieron marcados por una moralidad o una búsqueda de esta bastante marcada:

Durante ese tiempo, el conde vivió obsesionado con su papel de figura pública, de redentor del mundo, de fundador de un nuevo cristianismo o un cristianismo puro que se oponía a los dictados de la Iglesia Ortodoxa de Rusia. Cambiar una religión, y de paso a la especie humana, requiere tiempo y concentración, y Tolstói comenzó a despreciar el arte, todo tipo de arte, por considerarlo poco cristiano, egoísta, individualista.”

El arte comenzó a parecerle despreciable, pero no le ocurrió lo mismo con la escritura, pues su papel resistente seguía siendo parte de su filosofía. Esto aparece en su propio diario, donde señala que la única forma aceptable y eficiente de luchar contra el gobierno, es utilizando los pensamientos, la palabra. Sin embargo, la escritura literaria no cabía en este espacio de lucha, por lo que en ese entonces le parecía a Tolstói algo nocivo para él.

Durante los años de vida que le quedaban (quince, para ser exactos) comenzó a escribir cada vez menos ficción y cuando lo hacía, la repudiaba luego y se repudiaba a sí mismo. Para Vásquez sucede aquí una gran paradoja, pues es en aquel momento de desprecio hacia la ficción literaria, que Tolstói escribe Hadjí Murat, una de las más grandes creaciones literarias de todos los tiempos.

Hadjí Murat fue un rebelde musulmán, uno de los más temidos opositores de la Rusia expansionista de Nicolás I, y hacia 1851 se había convertido en un franco dolor de cabeza para el zar.  La novela comienza con un preludio que Vásquez caracterizó como “un inmenso atrevimiento narrativo y al mismo tiempo de una sencillez abrumadora” en el que el narrador (que identificamos como Tolstói) camina por el campo y encuentra un cardo que trata de arrancar, pero le toma bastante tiempo, se convierte en toda una lucha.  Finalmente el narrador lo destroza y se lamenta por haber destruido una flor que era bella estando en el tallo. Así, la resitencia de ese cardo, recuerda al narrador una antigua historia caucasiana, que es la de Hadjí Murat.

Este libro, que es para Vásquez una extraordinaria metáfora de la resistencia, le toma a Tolstói ocho años y es su último relato de envergadura. Para explicar el tiempo que le costó terminarlo (de hecho, no lo publicó en vida) Vásquez señaló lo siguiente:

“Si ser novelista es difícil, es más difícil ser santo. Y así es: Tolstói se había convertido en eso, un santo en la Tierra. El mundo entero acudía a él, y él los ayudaba a todos, con todos se sentía deudor culpable, de todos se sentía responsable. Se había convertido en un líder religioso, y quienes lo seguían tenían la convicción de ser parte de un grupo de elegidos, eso que los profanos llamamos una secta.”

Los lectores de Hadjí Murat debemos lidiar con una compleja contradicción: aquella lucha del hombre contra las fuerzas colectivas, uno de los más grandes elogios del individuo, fue escrita por un hombre que ya no creía en el individuo ni en el arte, que es parte de la esencia de la individualidad.

Ante estas reflexiones, Vásquez se pregunta cómo podría reconciliarse la figura del hombre que escribe un libro semejante, con el moralista que aparece en su diario. Es, a su juicio, la más grande esquizofrenia vista en la literatura. Quizás la única respuesta posible es para el escritor colombiano la que involucra la idea de resistencia:

Podemos hablar de literatura y resistencia de muy diversos modos (…) siempre hablamos de los maravillosos papeles que ha jugado la literatura cuando el ser humano está en peligro. ¿Pero qué decir de sus propios mecanismos de supervivencia? ¿Qué decir cuando la literatura misma, los rasgos que la hacen única e imprescindible, se ven amenazados por las convicciones extraliterarias de su propio creador?”

En los últimos años de vida de Tolstói encontramos esto: una lucha de la literatura contra el escritor. Es imposible saber si el escritor estaba consciente de esta pelea interna o si sus dos inteligencias coexistían de manera paralela, sin encontrarse jamás.

Sea como sea, el resultado fue una de las más grandes obras de la literatura occidental, terminada por su autor de mala gana, mientras su interés se concentraba en otros asuntos y otros escritos.

El 19 de diciembre de 1900 Tolstói escribe:

El artista, para poder influir en los demás, debe buscar; su obra ha de ser una búsqueda. Si ya lo ha encontrado todo, si lo sabe todo y adoctrina o se divierte deliberadamente, no ejerce ninguna influencia. Sólo si busca, el espectador, el oyente, el lector se unirán a él en su búsqueda.”

Para Vásquez, Tolstói tenía toda la razón. Aquí estamos nosotros, más de cien años después, buscando a Tolstói. Son las ficciones las que nos iluminan, las que nos muestran el camino y nos llevan un paso más cerca de comprender a la compleja humanidad:

Son lo más cerca que estamos, o que estoy yo, del sentimiento religioso, porque siguen enriqueciendo mi noción de la humanidad, mi comprensión de lo que son los seres humanos y mi respeto por esta vida inmensamente varia, intolerablemente rica que nos ha tocado en suerte, tan múltiple y compleja que no la podríamos entender sin la ayuda de quienes la han contado antes.”

Alonso Cueto: hechizos comunes, la literatura como un idioma cultural

“Un artista no se alimenta de un país sino de una cultura. La palabra latina cultura, que viene de cultivo, tiene que ver con el trabajo paciente y colectivo. Es por definición una palabra que se refiere a una comunidad, a una sociedad, a un grupo. La cultura es un modo colectivo de vivir el mundo y de mirar la vida.”

Alonso Cueto.

El 26 de abril el escritor peruano Alonso Cueto dictó la conferencia “Escritores peruanos y chilenos: asombros comunes”. La presentación estuvo a cargo de la periodista Cecilia García Huidobro quien, para comenzar, recordó el momento en que conoció a este escritor en un aeropuerto: “me pareció una especie de Alonso Quijano, que en vez de acumular palos en sus viajes, juntaba millaje como viajero frecuente (…) entre cerrando los ojos, me parecía posible imaginarlo como uno de los quijotescos capitanes de Francisco Pizarro, esos que con una rígida armadura debían enfrentarse al asombro de un mundo nuevo.”

A propósito de su afán viajero, Cueto comenzó la cátedra hablando acerca de sus frecuentes visitas a Chile y de lo cercano que se siente a este país. No es el único, son muchos los escritores peruanos y chilenos que han compartido historias, trayectorias y territorio y durante la conferencia nuestro invitado habló de la larga y estrecha relación entre los escritores de ambos países,  repasando así “esta galería de encuentros de peruanos y chilenos, en Chile, una historia que lleva ciento cincuenta años”.

El primer mencionado fue el gran escritor peruano Ricardo Palma, quien llegó a Valparaiso luego de ser desterrado. Más tarde Cueto continuó con el poeta modernista José Santos Chocanos, quien vivió en Chile durante diferentes períodos de su vida. Así mismo mencionó al novelista peruano Ciro Alegría, autor de importantes obras como “Serpiente de oro” y “Los perros hambrientos” y al ensayista e historiador Luis Alberto Sánchez, director de la editorial Ercilla. Este último entabló amistad con importantes figuras de las letras nacionales, como Pablo Neruda, de quien dijo que tenía “la nariz potente, los ojos chicos, separados y maliciosos como los de un elefante” y Gabriela Mistral, sobre quien señala: “Qué sensación de seguridad y de ternura daba Gabriela”,  y luego se refiere también a “sus ojos verdes penetrantes y su boca de amargura.”

En este recuento de escritores peruanos en Chile, uno de los más relevantes fue José María Arguedas, quien llegó en su primer viaje al congreso de escritores de Concepción en 1961 y después de esa ocasión nunca más dejó de regresar a Chile, donde hizo amistad con Nelson Osorio, Pedro Lastra, Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, de quien dijo: “no he querido creo a nadie más que a Nicanor ni me he extraviado más de alguien que de él”. En varios de sus libros hay dedicatorias para Chile o para sus amigos chilenos. En su libro Todas las sangres leemos la dedicatoria: “A Santiago de Chile, donde encontré la resurrección.”

Al finalizar este recuento, Cueto señaló que es igualmente importante la presencia de escritores chilenos en Perú y evocó algunos recuerdos de su propia juventud, durante la cual conoció, entre otros, a Pablo Neruda.:

“un grupo de enardecidos muchachos esperábamos a Neruda para saludarlo, abrazarlo, hablar con él o, por lo menos, mirarlo. Cuando Neruda salió del local del colegio, los muchachos lo siguieron. (Jorge) Edwards, quien era el encargado de transportarlo, tenía un automóvil de marca Mini Minor en el que el poeta entró, casi huyendo de la turba. Cuando los estudiantes vieron a Neruda dentro del auto, fueron hacia él y lo alzaron, es decir alzaron el auto con Neruda dentro, como unos súbditos alzando al rey (…) Nadie había descrito mejor que Neruda a Machu Picchu. Nadie nos había dado en las palabras tanta dignidad, una dignidad equivalente a la que los antiguos peruanos nos dieron en sus construcciones junto al cielo.”

Como dijo Cueto, esos versos de Neruda siempre serán parte de la identidad peruana, y están construidos a través de esta historia común que el escritor recorrió y dibujó a través de anécdotas y hechos a lo largo de la charla.

A continuación Cueto habló de las similitudes de las obras de algunos escritores peruanos y chilenos unidos generacionalmente. Entre estos mencionó el parecido entre parte de la obra de Neruda y la de José María Arguedas:

Las fechas que aproximan las obras de ambos autores son un espejo de sus coincidencias literarias. Cualquiera que se haya leído, aunque sea superficialmente estas obras, notará de inmediato las relaciones entre ambas.”

Lo fundamental que tienen en común ambos escritores, es que los dos parecen empecinados en comunicar al lector la esencia sagrada del mundo natural americano. Para Cueto tanto Neruda como Arguedas descubren y celebran la cultura americana no como un paisaje, sino como el origen del hombre, de la cultura, de la historia de este gran continente.

Cueto se refirió también al tema de la decadencia y de las utopías privadas en Donoso y Vargas Llolsa y a la mirada claroscura del amor y el humor, la afirmación y la ambiguedad en las obras de Raúl Zurita y Antonio Cisneros, separados en edad apenas por un par de años:

La dicción entre cortada y a la vez fluida, hecha de fragmentos y retazos que componen un conjunto extrañamente armónico, es esencial a la visión de ambos poetas. Es la adecuada a esa mezcla de inocencia y de ironía en torno a los paisajes y los escenarios cotidianos. Ese mundo cotidiano aparece como un espacio de asombros”.

Para Cueto son estos escritores de ambos países los que nos muestran que tenemos “hechizos comunes” que contienen, más que temáticas similares, una esencia compartida que nos pertenece a peruanos y chilenos en conjunto, o como dijo el escritor, a nosotros. La noción de literatura como un idioma cultural explica estas coincidencias en las obsesiones de estos escritores y de sus culturas.

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