Tomás González: La espinosa belleza del mundo
“A veces no logramos encontrar belleza alguna en lo que ocurre y la muerte nos desborda”.
El martes 29 de noviembre el escritor colombiano Tomás González dictó la conferencia “La espinosa belleza del mundo” en Cátedra Bolaño. La presentación estuvo a cargo del escritor Alejandro Zambra.
Tomás González es un escritor absolutamente colombiano, cuando leemos su obra nos damos cuenta de eso, sin embargo vivió muchos años en Estados Unidos y no dejó nunca de hacer lo que sabe hacer, o más bien, lo que necesita hacer, escribir. Porque González lo admite, la escritura es parte de su vida, es la instancia para mostrarse, para apaciguar las tristezas, para contar sus angustias, sus episodios que lo determinaron para ser lo que es. “Leer es cubrirse la cara y escribir es mostrarla” dice Alejandro Zambra, quién presentó a González en la Cátedra Bolaño. González la muestra su cara, su vida y todo lo que lo rodea sin mezquindad ni recelo.
González admite y con cierta calma y resignación que su escritura es autobiográfica y que discutir sobre eso no tiene demasiado sentido, “los escritores deben ser, ante todo, observadores directos de la vida y, solo en segundo plano, gente que manufactura cultura. Las obras deben nacer del contacto directo del escritor con la realidad dura y no del contacto del escritor con los libros”
Sabe perfectamente que la literatura es ficción, pero comprende que, en su caso, ese espacio común es un tanto mentiroso.
A diferencia de otros escritores que expusieron en Cátedra Bolaño, Tomás González quiso hablar de lo que escribe, describió tópico por tópico, concepto por concepto y detalló de manera, un tanto pedagógica, de qué forma visualizaba los contenidos de su obra y según el escritor, su obra es la contención de el horror y la belleza, la vida y la muerte, el caos y la forma, el paraíso y el infierno.
Pero toda su obra está sujeta a lo que González entiende por “intimidad”. Habló de la guerra de independencia de España contra los franceses, específicamente de Los Fusilamientos del 3 de mayo, la pintura de Goya:
“En esas personas que se cubren la cara se expresa lo inexpresable. Es el miedo sin límites que se vive en la soledad más profunda. Allí la pintura nos transmite lo que parecía incomunicable. Es por eso que las obras de arte, y no menos las terribles, como esta, nos quitan la soledad, pues levantan por un momento aquel peso de nuestras espaldas. Decir lo que no se podía decir porque era demasiado íntimo, y por tal inexpresable, es algo que siempre se busca, sea en poesía, o en pintura, o en novela. De eso se trata, a mi modo de ver, y es lo más difícil.”
Por último, González señaló algunos ejemplos literarios donde se ha logrado transmitir los sentimientos humanos de todos los tiempos y para eso acude a Rulfo:
“Rulfo narra como si estuviera hablando dentro del lector. Para mí, el momento más profundo de la novela Pedro Páramo llegó, tal vez, cuando el escritor se detuvo a describir una gota que cae sobre una hoja de laurel. No es en la maldad grande de Pedro Páramo ni en el caos magnífico de la Revolución Mexicana donde se alcanza la mayor profundidad en la narración, sino allí, donde lo pequeño se vuelve grande y lo grande pequeño, donde lo uno contiene a lo otro, donde los conceptos de pequeño y grande dejan de tener sentido y sólo queda lo que Es: aquello que algunos llaman la ‘mismidad’, es decir, la intimidad última.”
Al momento de terminar la Cátedra, y como siempre, hubo un instante para hacer preguntas. Me llamó la atención de que el escritor admitiese que en realidad no tenía mucha conciencia de los trabajos artísticos que actualmente se hacen en Latinoamérica. Con esto me di cuenta que González no está para escribir de generalidades, del ambiente literario, de una gran cultura, de lo latinoamericano. González habla desde una persona, desde su perspectiva más profunda, y es ahí donde conecta al lector. La intimidad es nuestro factor común.
Olivier Rolin: De París a Tierra del Fuego: un recorrido literario
“Hay nombres que hacen palidecer, que hacen latir el corazón. Tierra del Fuego es para mí uno de esos nombres. Valparaíso también. La primera película que vi en mi vida fue un documental acerca de una familia de viajeros franceses de apellido Mahuzier. Yo tenía seis o siete años, mi abuela me llevó al cine de una pequeña ciudad bretona, aún lo recuerdo. La película, precedida por una conferencia tenía por título “Tierra del Fuego-Alaska” y contaba el viaje de la familia del extremo sur al extremo norte del continente americano. Esas obras fueron, sin que me diera cuenta, mi primer modelo de vida.”
El jueves 3 de noviembre el escritor francés Olivier Rolin dictó la conferencia “De París a Tierra del Fuego: un recorrido literario” en Cátedra Bolaño. La presentación estuvo a cargo del escritor chileno Mauricio Electorat y dio lugar en la Feria Internacional del Libro de Santiago.
A diferencia de muchos invitados que pasaron por Cátedra Bolaño, Oliver Rolin quiso presentar su conferencia titulada “De París a Tierra del Fuego” que más que ser un texto que haya sustentado o explicado la valoración y el por qué de su literatura, fue una presentación/relato y nos habló sobre todo de una de sus novelas, “Un cazador de leones” del rol que el narrador debía cumplir (el ecritor Mauricio Electorat en su presentación se refirió al narrador como “Passeur”), de sus impulsos estéticos, de las imágenes culmines, de la atmósfera, geografía, de la veracidad y su recuerdos de infancia. Para esto último optó por introducirnos al viaje y nos reveló que su método discursivo se trataba de expandir historias a partir de imágenes pictóricas o fotográficas precisas que alguna vez en su vida presenció (sobre todo algunos cuadros de Manet) y que nunca pudo olvidar.
Rolin prefierió no añadir información explicativa, y en vez de eso compartió sus vivencias y anécdotas que hicieron posible sus decenas de novelas, nos reveló situaciones (en desorden temporal) para así acercarnos a la geografía de sus narraciones como si su mayor anhelo fuera llevarnos donde él estuvo, al punto de partida de su literatura.
En definitiva Rolin nos hizo ver que su posición de creador va de la mano con el desplazamiento y la observación, “el estar ahí para contarlo”. El escritor hace que una imagen recobre vida a través del movimiento, de su propio viaje, del recorrido y recuerdos del autor, y dice: “Me gusta Bolaño porque su literatura siempre está en movimiento”, quien igualmente como Bolaño hace de los escritores motivo de su literatura.
Mauricio Electorat en su despierta y hábil presentación se detuvo en la novela “Un cazador de leones” y comentó:
“en esta novela, Olivier Rolin, o mejor dicho, el narrador que despliega la historia (o las historias) se comporta como una especie de “passeur”. Esta es una figura bien conocida en el mundo francés: se habla de “passeur” para designar a aquellos intelectuales que introducen en la cultura francesa a escritores de otras latitudes. Roger Caillois, introduciendo a Borges; Valéry Larbaud, corrigiendo la traducción del “Ulises” de Joyce y, a su manera, Christian Bourgois, importando la sorprendente obra de Gombrowicz son conocidas figuras de “passeurs”, literalmemente, “pasadores”, gente que pasa contrabando (humano o no) entre las fronteras. Pues bien, el narrador de “Un cazador de leones” se comporta como un “passeur”, enuncia desde un lugar equidistante entre París (el París finisecular de Manet y de su amigo, Pertuiset, el cazador de leones) y Valparaíso. Entre las costas del África y Lima, Santiago, Punta Arenas, Porvenir… Hay también en esta novela, como en toda novela que se precie de tal, un tono, una dicción, diríamos casi, de ese sujeto que narra. En el caso de Rolin, ese tono es el de la recuperación no del tiempo perdido, sino de los tiempos perdidos, porque asistimos a una recuperación de lugares y hechos mediante el habla de una memoria melancólica, algo triste, algo desencantada, ligeramente irónica.







