Conferencia de María Teresa Ruiz y Margarita Schultz
María Teresa Ruiz y Margarita Schultz en Cátedra Bolaño.
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La crítica argentina Josefina Ludmer en Cátedra Bolaño
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EL MERCURIO
Febrero de 2011
La escritora oculta
Por Leila Guerriero.

Hebe Uhart fue profesora, bibliotecaria y, durante décadas, el secreto mejor guardado de la literatura argentina. Después de ser vapuleada por la industria editorial, a sus 73 años todos dicen que es la gran cuentista al otro lado de la cordillera. Esta es la historia de una mujer que fue escritora de culto y que hoy es, simplemente, la mejor.
Por Leila Guerriero, desde Buenos Aires Hay una cámara que muestra esta imagen: una habitación oscura, una luz cenital y, debajo de la luz, una mujer sentada en una silla de madera. Lleva el pelo corto, pantalones de tela, una camiseta blanca, las manos sobre las rodillas. Con voz modulada y monótona, la mujer dice: “Tengo muy pocos principios o convicciones firmes. Pero sí creo en que debemos tratar bien a los que tenemos cerca y en que todas las personas tienen derecho a momentos de placer, alegría o cómo se llame”.
La cámara no se mueve. La mujer no parpadea.
La escena no existe.
Existen la mujer, la voz, el texto escrito por ella y, en el hipotético comienzo de un hipotético documental sobre su vida, la escena podría ser una declaración de principios de ese estado de discreción benévola en el que vive y bajo el que crujen las capas tectónicas de la tragedia humana. Porque -si observan con cuidado- la palabra “placer” y la palabra “alegría” están deliberadamente desamparadas bajo la lluvia ácida del “como se llame”, de forma tal que queda claro que la mujer sabe que el placer o la alegría son escurridizos, fugitivos o escasos; y porque -si lo piensan bien- elegir, de entre todos los principios o convicciones posibles, ese derecho humilde a un poco de placer, a un poco de alegría, es como decir señores, esto es cruel, y habrá dolor, así que intentemos ser un poco más buenos. El departamento está en un noveno piso de un edificio del barrio de Almagro, en Buenos Aires. La sala es luminosa. Hay una mesa cubierta por manteles individuales, seis estantes con libros dispuestos en orden arbitrario, un televisor viejo. La mujer habla mirando el lápiz que sostiene en las manos, o el vaso de gaseosa, o el mantel individual, o el lápiz, o el vaso de gaseosa, o el mantel individual, o el lápiz, o.
-Soy una mujer suburbana. No soy ni campesina ni urbana. Soy suburbana. Nací en un suburbio de Buenos Aires, Moreno, cuando Moreno era un pueblo. Moreno hace cincuenta años era un pueblo. Había siete cuadras y estaba el campo con las vacas. Ahora tiene quinientos mil habitantes, cien bancos. Ahora tiene de todo. Habla reconcentrada, eligiendo palabras de la frase anterior y colocándolas, como si fueran piezas de un puzzle, en la siguiente.
-Mis abuelos paternos eran vascos franceses y los maternos italianos. Conocí a las dos abuelas. La abuela Chica y la abuela Grande. La abuela Chica era la italiana, que era flaca. Y la abuela Grande era la francesa, que era grandota. Nunca fui a visitar a los parientes a Europa. Porque tenés que presentarte y es un trabajo. “Hola, yo soy hija de mengano”. Después, te cuentan una historia y les entendés la mitad. Además te tenés que quedar un rato, si no queda mal. Y yo soy muy sociable, pero cuando me dan ganas de rajar, me quiero ir.
Dirá, después, que es ansiosa. Que por eso fuma, que por eso siempre está haciendo algo. Cuando viaja en ascensor, se acerca a la puerta en cada piso y hace ademán de abrir antes de que se detenga. Mientras habla, traslada el peso del cuerpo de un lado a otro y mira hacia todas partes, como si esperara ser sorprendida por alguna cosa. Hebe Uhart tiene 73 años y se dijo, de ella, mucho. Que era una escritora de culto, costumbrista, sencilla, naïf. Desde hace algunos años se dice una sola cosa: que es la mejor. “No me gustan los escritores demasiado satisfechos. La mejor tradición de la literatura argentina está construida en esas vacilaciones: es el narrador incierto de Borges o de Hebe Uhart”, dijo el escritor argentino Ricardo Piglia, autor de Blanco nocturno.
“Hebe Uhart se ubica entre aquellos escritores donde un “modo de mirar” produce un “modo de decir”, un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector”, dijo el escritor y crítico argentino Elvio E. Gandolfo.
“Hebe Uhart es la mayor cuentista argentina contemporánea. Dije “la”, pero debí decir que sus cuentos, como los de Silvina Ocampo y Sara Gallardo, están entre los mejores de la literatura argentina”, dijo Rodolfo Fogwill, escritor argentino que murió en 2010.Hebe Uhart nació en 1936, hermana de un hermano tres años mayor que, de adulto, sería cura. Su madre se llamaba Emilia y era maestra, y su padre Pedro y era empleado del Banco Nación.
-Yo tenía muchos amigos. Había uno, Rogelio. Me habían regalado un jueguito de muebles color verde nilo. Y ese chico me dijo “Vamos a hacer una construcción”. Me pidió el juego de muebles y yo se lo di pero lo rompió todo. No me importó mucho. Porque no era apegada a las cosas. Eso me viene por parte de mi mamá. No le gustaba comprar electrodomésticos porque para ella todo era una molestia, más cosas para cuidar. En la casa hacía lo fundamental. Siempre decía: “Lo primero que hay que hacer en una casa es no ensuciar”.
No fue una lectora precoz ni tuvo tíos artistas o vocación de escritora. En su casa había sólo libros sobre la vida de Jesús y ella escribía únicamente si no tenía algo mejor que hacer: jugar, o ir a visitar a su tía loca.
-Tenía un diagnóstico de esquizofrenia paranoide. Vivía en una casa espléndida, que destrozó tirando baldazos de agua a las paredes. Pero fue una fuente de inspiración.
“(…) ella había rezado tanto para que Dios se la llevara, para tener ella la felicidad de verla morir cerca, no en manos extrañas. Pero se ve que Dios no quería llevársela y la voluntad de Dios era que viviera. Entonces iban a intentar primero hacer alguna cosa y si no daba resultado, la internarían, aunque no estaba muy segura la abuela de que eso correspondiera a la voluntad de Dios”, escribiría, muchos años después, en un relato llamado Paso del rey produciendo ese efecto que es su marca, ese borde que se mueve entre el pánico y la euforia, que se parece a la risa y que a veces son simples ganas -ovilladas- de llorar. Irene Gruss es poeta, vive en un departamento repleto de libros, con algún gato. Conoce a Hebe Uhart desde 1980, y es una de sus mejores amigas.
-Esa tía loca le daba miedo pero le permitía huir de su casa. Imaginate mandar a esta piba a la casa de esa loca. Imaginate la crueldad. Y después esa madre. Tan dominante, tan rígida. Sólo veía por el niño de sus ojos, su hijito cura.
“Pasé por casa de las tías y toqué timbre; les gustó el peinado. Cuando mi mamá me vio, dijo: “Está pasable”, escribiría Hebe Uhart en Mudanzas.-En la adolescencia me transformé en tímida. Dejé de ir a fiestas. Mandaba telegramas, ponía “Feliz cumpleaños” y me echaba en la cama a llorar.
Se vestía de negro, se lavaba con jabón de la ropa en un ejercicio de ascetismo que se inventó después de escuchar que “a los tibios los vomita el Espíritu Santo”.
-En la escuela no le hablaba a mi compañera de banco. La despreciaba porque era burra. En quinto año preguntaron: “¿Qué quieren ser?”. Y yo dije “Nada. Nada quiero. Nadie”. Y me llevaron al gabinete de psicología.
Hacía dieta, leía ensayos sobre la fe y la razón. Un día del año en que tuvo 16 acompañó a una amiga a dar vueltas en bicicleta y la amiga propuso: “Vamos a saludar a un amigo que vive allá”. “Ella tocó timbre -escribiría en Él- como una persona acostumbrada a ir a esa casa y salió, somnoliento, el hombre más hermoso que yo había visto en mi vida; era un hombre, no era un muchacho como los que bailaban conmigo; tendría veintisiete años. Tenía la barba un poco crecida, como de dos días (…) Su cuerpo y su cabeza eran perfectos; los labios muy grandes y sensuales y la mirada burlona”.
-Yo lo veía y me tiraba al piso de timidez. Era muy lindo, muy buen mozo. Me encantaba. Durante semanas merodeó la casa de ese animal suave y peligroso sin atreverse a hacer nada. Con los años, todo lo que pudo hacer fue escribir aquel cuento en el que una adolescente comprende, con furia, que hombres como ése no son, nunca serán, para alguien como ella. Y no fueron. -No es una tipa con la que tenés un diálogo normal. ¿No viste cómo mira, la forma de fumar, de moverse? Te puede dar una clase sobre Simon Weil, pero si te quedás con la primera impresión puede parecer una mujer muy extraña -dice Irene Gruss. -A los 17 dije que iba a estudiar Filosofía, porque me había gustado esa materia en el colegio. Me dijeron: “Vas a trabajar para tus gastos”. Así que me puse a trabajar de maestra.
La primera vez que se plantó ante un grupo de chicos, en una escuela de campo, usaba el mismo delantal con el que había asistido al colegio como alumna hasta el año anterior: falda tableada y moño a la espalda.
-Mi mamá me mandó así. A ella no le importaba. Una alumna gordita de 9 años me dijo “Vos no sos maestra, sos alumna como nosotros”. “No, yo soy maestra”, le decía yo. Le conté a mi mamá. Ella ni levantó la vista del diario, me dio la plata y me dijo “Comprate uno de maestra”. Yo tenía mucha fe docente. Les enseñaba vocabulario. “Hagamos frases con la palabra “antepasado”. Y escribían “Yo tenía un juguete antepasado”.
Entonces les hablaba de la deuda con los antepasados, y escribían: “Mi papá se peleó con mi tío por una deuda y le encajó una piña”.
Esa inmersión en escuelas pobres dejó rastro en relatos como Una se va quedando, o Impresiones de una directora de escuela, en el que la protagonista -la mentada directora- entra en el aula mientras los alumnos preparan el regalo para el día de la madre, y se descorazona: “(…) hicieron la fosforera. La fosforera son cuatro cajas de fósforos vacías (los fósforos son caros) pegadas con goma. Cada cajita tiene una chinche en el medio, simulando ser un cajoncito que tiene una manijita. Trato de pensar que es un cajoncito en miniatura, me digo “qué bonito”. Pero es una chinche. “Muy bien”- le digo. Me entró un gran desánimo y tristeza. Ellos estaban contentos fabricando esos regalos y las maestras también (…) Yo tenía la sensación de que la vida era triste, pero no tenía derecho a entristecer a nadie”.
Durante el día su mundo era un mundo de chicos sin zapatos y, por las noches, el círculo áulico de la facultad de Filosofía y Letras, con amigos que bebían bidones de whisky mientras hablaban de Nietzsche y la revolución. -Empecé a tener unos novios desastrosos. A los 23 me fui a vivir a Rosario porque tuve un amor con un hombre casado. Me fui para olvidarme. Estuve un año entero fantaseando con este tipo. Había estado cuatro veces con él, de las cuales me habría acostado una o dos, me parece. Pero viste cómo son las cosas de la cabeza.
-¿Y el tipo qué era? -Casado. -Pero qué hacía. -Era un funcionario de las Naciones Unidas. Y yo me vi como el obstáculo que debía retirarse así que me fui a Rosario.
Animada por un amigo publicó, en 1962 y en una editorial pequeña de esa ciudad, Dios, San Pedro y las almas, una serie de relatos que había comenzado a escribir a los 18 y que no había mostrado a casi nadie. -Cuando volví a Buenos Aires vino una etapa de disipación. Tuve un novio borracho. Lo que pasa es que mi casa era un lugar muy triste. Mi papá se había muerto de enfisema, mi hermano se había muerto, mi tía loca estaba viviendo ahí.
-Tu hermano…
-Murió. Joven. Nunca pude escribir de él, porque cuando una persona te queda trunca no sabés como es. Igual peleábamos mucho, no le gustaban mis amigas. Mi mamá quería que él fuera cura, pero de los buenos. Y una vez la escuché decir “Mejor muerto que mal cura”. Eso es duro también, ¿no?-Y tu hermano…
-Sí, murió joven. En un accidente de auto. Así que en medio de todo esto, estar con el borracho era como un carnaval. Andábamos por ahí, vivíamos en casa de amigos. Yo volvía a mi casa un par de días, dormía, y otra vez a correrla por el centro. Entonces mi mamá me dio sus ahorros para que me comprara un departamento. Compré uno y la cama la pusimos en el hall de entrada. Como yo barría con una escoba y levantaba polvo, mi pensamiento era “Si barro, levanto polvo, entonces no tengo que barrer”. El decía que no podía trabajar porque ese departamento lo deprimía. Estaba mal alimentado, entonces yo le compré unas vitaminas y lo llevé al psiquiatra. Bueno, cuatro años, duró. Bastante, ¿no? -Estarías muy enamorada.
-No, no. Yo quería que él se mejorara. Al final lo dejé. Mi mamá llegaba y decía “Qué olor a patas que hay acá”. Y sí, no se bañaba él.-La madre debió enseñarle las cosas comme il faut, pero, por diferenciarse, ella se fue al cuerno y no sabía barrer un piso. Sus amigos eran intelectuales marginales, gente sin ningún sentido práctico. Había mucho alcohol y se enganchó con eso y empezó a tomar. Aparecía borracha en las editoriales y se ganó una fama horrible. El mundo literario la rechazaba, pero, qué curioso, no rechazaba a escritores varones alcoholiquísimos. Hubo mucha discriminación por el hecho de ser una mujer. Cuando la conocí ya no tomaba. Zafó por ese ascetismo que ella tiene, y porque no es autocompasiva ni melancólica -dice Irene Gruss-. A mí lo que me llama la atención es que en su obra no hay figuras masculinas, ni el padre ni el hermano. -Después del borracho tuve algunas parejas. Un ingeniero, Armando, que vivía en Tandil, al sur de la provincia. Yo iba a verlo y mi mamá me decía “¿Y en calidad de qué vas, si no estás casada?”. -¿Lo dejaste?
-No, me dejó él. Y después Roberto. Era abogado. Desaparecía diez días y volvía a aparecer. Era difícil, muy mujeriego.
-¿Lo dejaste? -No, él me dejó. Yo no soy de dejar. Como toda esa gente se me murió yo tiendo a retener a las personas. Y después ya no tuve a nadie. Tal vez no he trabajado el vínculo de pareja. Los he visto un poco desde afuera, como personajes. Pero eso quizás fue por mi incapacidad de pelear. Debe haber un costado un poco desvalido en mí, porque no me gusta enfrentar la lucha.
Su último puesto docente fue el de directora en una escuela en la que no había ni secretaria. -Me hinché las pelotas y renuncié. Formé mi Departamento de Mendicidad y Propaganda. Hacía unos cartoncitos donde ponía “Clases de latín y castellano”, y los repartía en los comercios de mi barrio. Siempre agarraba algún alumno. Después empecé a enseñar filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y en la de Lomas de Zamora, pero ya me jubilé.
Ahora dirige, desde hace tiempo, uno de los talleres literarios más prestigiosos de Buenos Aires que debe ser, también, el más barato de Latinoamérica: dicen que el año pasado cobraba poco más de diez dólares por mes. -No quiero tener más de lo que tengo. Tengo este departamento, otro que alquilo, una jubilación y los talleres. Me gusta estar así, en el medio. Por ejemplo el hotel: a mí me gusta tres estrellas, no más. El otro día la editorial me mandó a uno de Córdoba, que era de cuatro, y había un tipo abriéndote la puerta. No me gusta eso. Ya le dije a la editorial que la próxima vez me manden a uno de tres. La editorial. Su obra, entonces.
ßDesde 1962 y hasta 1999 publicó, a ritmo sostenido, en editoriales independientes que, en su mayoría, ya no existen: Eli, Eli, lamma sabachtani (Goyanarte, 1963), La gente de la casa rosa (Fabril, 1970), La elevación de Maruja (Cuarto mundo, 1973), El budín esponjoso (Cuarto mundo, 1976), La luz de un nuevo día (Centro Editor de América Latina, 1983), Leonor (Per Abbat, 1986), Camilo asciende (Torres Agüero, 1987), Memorias de un pigmeo (Alta pluma, 1992), Mudanzas (1995, Bajo la luna nueva/Lectores de la Banda Oriental, 1997/Mondadori, 1999), Guiando la hiedra (Simurg, 1997), Señorita (Simurg, 1999). En todos esos años el nombre de esta maestra de escuela que no frecuentaba círculos literarios ni publicaba en editoriales grandes (una sola vez dejó sus relatos en Sudamericana, donde le dijeron que tendría que esperar uno o dos años, y los retiró) circuló secretamente entre lectores entendidos que admiraban esos relatos que hablaban de familias de clase media, de inmigrantes, de personajes que estaban siempre un milímetro por debajo de la línea de flotación de eso que llaman “normalidad”. Después, en el siglo nuevo, llegó a una editorial independiente muy sólida y de gran prestigio: Adriana Hidalgo. Allí publicó Del cielo a casa (2003) y Turistas (2008). El aterrizaje, de todos modos, no fue tranquilo: propuso diez cuentos y le rechazaron cinco: “Vas a hacer cinco nuevos -le dijeron en la editorial-, uno de Buenos Aires vista por un extranjero, otro de una reunión de consorcio”. Y ella aceptó.
-Yo me indigné, pero ella se puso a escribir como una hormiguita y te decía “Estoy haciendo los deberes: ya escribí tres”. Ella no puede ir a una editorial porque se violenta. No sabe defenderse. Cuando Fogwill empezó a decir que era la mejor escritora argentina yo le dije: “Fogwill, vos sos un ángel”. Él no era amigo, pero quería ayudar a levantarla, porque con Hebe hubo mucha discriminación, mucho maltrato. Las editoriales le han hecho de todo. No pagarle adelantos, quedarse con derechos. Ahora muchos la leen porque hay que leerla. Pero incluso hoy hay gente que te dice “Sí, es buena. Pero no me digas que no es una loca de atar”. Quedó muy estigmatizada -dice Irene Gruss.
Llevaba treinta y ocho años de escritura, dieciséis libros publicados y era el secreto a voces de la literatura nacional cuando un sello grande mostró interés en su obra. Así, en la misma colección en la que aparecieron antes los cuentos completos de Faulkner, Nabokov, Yourcenar, Cortázar, Fogwill, apareció, en 2010, Relatos Reunidos, de Hebe Uhart. “Reunidos” y no “completos”. Dizque porque una editorial negó los derechos de sus trabajos anteriores. -Creo que el nombre se empezó a hacer más conocido después de lo de Adriana Hidalgo. Yo antes era una escritora para escritores.
-¿Y eso te gustaba?
-No. Tampoco tengo mucha idea de quién me lee. Pero ya es suficiente reconocimiento, basta. A mí me gusta lo moderado. El éxito inmoderado me haría mal. Esta nunca fue la profesión con la que me gané la vida, ni nunca va a ser. Yo creo que uno hace lo que le sale más fácil y lo que está acostumbrado a hacer. Pero uno tiene muchas vocaciones, lo que pasa es que no te da el tiempo para tantas cosas. Mis otras vocaciones serían la observación de animales, de monos. Y si hubiera sido hábil con las manos, me hubiera gustado hacer artesanías. Pero en la infancia agarraba un alambrecito y un papelito y unía todo eso y salía un sorete.-Escritores como Fogwill y Ricardo Piglia han hablado muy bien de vos.
-Sí, pero yo no los conozco casi.
-Se dice desde hace rato que sos la mejor escritora argentina.
-No, no. Es demasiado peso. Es un peso demasiado grande. Es un peso que no quiero admitir. No quiero ser la mejor escritora argentina. Es un lugar en el que te quedás sola y yo no me quiero quedar sola. -Es muy amiga de sus amigos -dice Enriqueta Chiari, amiga y alumna desde 2004-. A mí me operaron hace unos años y cuando le dije que me tenía que intervenir Hebe se consternó. Pero dijo “Va a salir todo bien”. Me estuvo llamando todo el tiempo para ver cómo estaba. Hace poco operaron a una amiga y se turnaban varios para cuidarla, Hebe entre ellos. Incluso, como yo soy psicóloga, me preguntó: “¿Vos irías a verla? Te pago la consulta”. Siempre en su tono. Ella no es víctima y entonces los demás tampoco lo son.
-Le gusta recibir gente, hacer cenas. Nosotras vivimos a cinco cuadras, así que nos vemos todas las semanas. Si yo le digo “Venite a casa así conocés a los gatos” o “Vení que te muestro cómo quedó el plastificado del piso”, te trae comida para gatos, o una plantita para celebrar que plastificaste. -dice Irene Gruss. “Cerca estaba la Panadería benemérita del buen gusto, con su decoración de ángeles sosteniendo pasteles y con pastoras del siglo XVIII entre los bombones. Eso sí, qué bien saben poner a volar a los ángeles, tanto en los cuadros de los pintores famosos como en las decoraciones de la panadería: parecen suspendidos en el aire con una ingravidez que sobrevuela todo, el bien, el mal y los pasteles”, escribe Hebe Uhart en Del cielo a casa, un relato sobre un viaje por Italia incluido en el libro del mismo nombre. Porque escribe cosas como ésa se ha dicho que es hilarante, graciosa, cómica, inocente, ingenua, sencilla, candorosa, llana.
-Me he hecho una fama: naïf, dicen, como si una fuera medio tarada. Yo no soy inocente. Pero es como una fama. Es más fácil repetir eso que pensar otras cosas, pero lo que sí tengo es esa veta medio optimista.”En Uhart esa aparente ‘mirada ingenua’ tiene un calado impresionante -escribió el escritor y critico argentino Claudio Zeiger en Página/12-. Llega al hueso pero no a fuerza de crudeza ni de violencia”
“Tengo la alegría del sobreviviente. Se murieron todos en mi familia. Yo trabajo para la alegría. La alegría es un trabajo como cualquier otro”, dijo Hebe Uhart en entrevista con el diario Clarín. Gastón Gallo dirige la editorial Simurg, publicó dos de los libros de Uhart y dice que la relación empezó bien, pero que, después de un malentendido, se perdió.
-Siempre la vi como una mujer muy apurada y desconcentrada. Estaba hablando con vos y de pronto se levantaba y se iba. Pero eso no deja de ser una curiosidad, y además hay escritores como Alberto Laiseca que son mucho más raros y nadie dice nada. Yo creo que, hablando en términos de valor, es mucho mejor cuentista que Fogwill. Por lo demás, es una mujer correcta, reservada, amable, y una señora de barrio que escribe maravillosamente bien. Una escritora en serio, con un mundo propio, con un tono reconocible, y una de las grandes escritoras argentinas. No hay muchas, eh. Silvina Ocampo, Hebe, y dos o tres más. Desde hace algunos años, Hebe Uhart escribe crónicas de viajes. Para eso ha recorrido Uruguay, Argentina, Paraguay, Italia. A veces llega a esos sitios con contactos previos pero otras no, y entonces desenfunda un estilo que podría definirse como el de “cronista arbitraria”: entra a un café o se sube a un taxi y pregunta por un “referente cultural”, o por “cosas para ver”, y le dicen: “hable con el profesor tal”, o “vaya al museo”. Y ella va.-Una vez fui a Santa Rosa, en Uruguay. Pasa una señora y le digo “Señora, ¿me invita a tomar mate a su casa?”. “Sí, cómo no”. Y me dice: “Usted tiene que ir al asilo de ancianos”. Y la verdad, diez puntos. Tenían jardín huerta, unas camitas preciosas. Después, el comisario. Hacía diez años que no había habido un crimen. Suicidios sí. Modalidad, tirarse adentro de un aljibe. Ahora hice una crónica del zoológico. Hace unos ocho años me empezaron a interesar los monos. Fui cinco veces a la jaula de los chimpancés. No fui más porque el elefante está al lado, y se bañaba en barro y me enchastraba la cabeza. Un relato incluído en Del cielo a casa, Congreso, transcurre durante un encuentro de escritores en Alemania. La protagonista, tumbada en la cama del hotel, escucha la conversación y las risas de las escritoras que se han reunido en la habitación contigua. Sólo ella no está allí: “¿Cómo era que no me venían a buscar? ¿Sabrían que yo estaba ahí? (…) Y entonces tuve una triste impresión de mí misma, como si yo fuese un producto de mala calidad, una vaca cansada (…) A la noche soñé que hablaba con vivacidad con alguien; yo desde fuera me miraba hablar y pensaba que toda mi vida había querido eso. Pero toda mi vida estaba alejada de esa hermosa conversación. En eso consistía la vida y yo me había equivocado”.
Un relato incluido en Turistas, La excursión larga, transcurre durante un viaje a Mendoza en el que la protagonista se topa con la hostilidad de sus compañeros: “Cuando bajamos del micro y entramos al hotel, Alejandra y Noemí caminaban delante de mí, ostensiblemente separadas de mi persona. Quise acercarme con cualquier excusa, pero no hubo caso, miraban hacia delante y se adelantaron ex profeso. Y yo, que caminaba sola detrás, me puse a pensar en algún destino posible, perdido ya para mí, donde fuera parte de un todo. Mejor que a esa idea no se le ocurra tomar cuerpo, no sea cosa de sufrir”.
El mundo de Hebe Uhart está repleto de seres así: aislados, inadvertidos, dolorosamente lúcidos. Sobre el telón de fondo de su mutismo tierno, de su tragedia enfurruñada, ella despliega la crueldad de la jauría. Y cuenta lo que hace esa jauría con los débiles. -¿Y tu madre? -Falleció hace veinte años. Fue un golpe. Tal vez el golpe más duro. La quería mucho. Le hice mucha guerra de joven, pero la quería mucho y me amigué al final. Lo que pude cuidarla, la cuidé.
-¿Leía lo que escribías? -Sí. Mi mamá estaba contenta. Pero una vez leyó una crítica que decía que yo tenía sentido del humor y me dijo: “Pts. ¿Vos, sentido del humor?”. “Tampoco tengo mucha idea de quién me lee. Pero ya es suficiente reconocimiento, basta”.
“Me he hecho una fama: naïf, dicen, como si una fuera medio tarada. Yo no soy inocente”.
REVISTA DE LIBROS
EL MERCURIO
Escritora argentina Visita Chile:
Hebe Uhart y sus vidas mínimas
Para Fogwill era la mejor cuentista argentina contemporánea. Autora de una decena de títulos, visitó Chile como turista y prometió regresar para presentar sus “Relatos reunidos”, publicados por Alfaguara.
Diego Zúñiga H. Se ha dicho de Hebe Uhart (1936): Que es la mejor cuentista argentina contemporánea. Que es un secreto. Que el narrador de sus cuentos es incierto, como el de Borges. Que nunca leyó a Borges. Que se parece a Felisberto Hernández. Que después de casi cincuenta años publicando libros, recién los lectores han comenzado a descubrirla. Que sus cuentos son inclasificables. Que le gustan más los uruguayos que los argentinos. Que realiza talleres literarios desde hace veinte años. Que le gusta viajar. Que le gustan los pueblos. Que le gustan los refranes. Que la admiran -y la admiraron- autores como Piglia, Conti, Elvio Gandolfo y Fogwill. Que sus historias son autobiográficas. Que sus historias son mínimas y sencillas. Que ella no sabe qué significa que algo sea sencillo. Que sus cuentos, en realidad, tratan sobre cosas importantes: la movilidad social, los inmigrantes, la soledad. Que siempre ha tenido buenas críticas.
¿En serio vos me has leído?
Y Hebe Uhart dice, de visita en nuestro país: Que el escritor es un mirón. Que el escritor tiene que tener un poquito de valentía para mantener su propia curiosidad. Que casi no tiene amigos escritores. Que no lee poesía. Que si pudiera escoger un autor que le hiciera un taller literario, ése sería Rubem Fonseca. Que escribe “guardar” en los textos que le gustan de sus alumnos. Que le gustan los cuentos de Daniel Alarcón y Julio Ramón Ribeyro. Que no sabe nada de literatura chilena, aunque le gustan las novelas de Alejandro Zambra. Que vino a Chile para recorrer el sur y escribir un par de crónicas. Que le gustó Chiloé. Que encontró que Valdivia era como la tierra de Heidi. Que vino, en realidad, a recolectar frases. Que le gustan los animales. Que cuando chica no la dejaron tener animales. Que no tiene hijos, pero que sí tuvo gatos. Que tiene un grupo en Facebook con 296 amigos, pero que prefiere no mirarlo. Que este año publicará un libro de crónicas.
En realidad, lo primero que dirá Hebe Uhart es una pregunta que la mostrará tal cual es: sencilla, extremadamente sencilla: “¿En serio vos me has leído?”.
Construir cajas de fósforos
Las historias de Hebe Uhart hablan de extranjeros perdidos en Buenos Aires, de alguien que quiere hacer un budín esponjoso, de personas que pasan la navidad en una veterinaria. Hablan de profesoras, colegios, pueblos, viajes y familias grandes y desconcertantes.
Hay algo similar entre sus libros y los del chileno González Vera: Esas vidas mínimas, la provincia, el humor. Y se podría decir de Hebe Uhart lo mismo que dijeron alguna vez del autor de Alhué : “Es un escritor que si va al bosque, en vez de elegir materiales para un gran edificio, recoge lo necesario para una caja de fósforos”. Era un insulto, pero en realidad es un elogio. Porque, efectivamente, los cuentos y nouvelles de Uhart no son grandes edificios, sino pequeñas construcciones hechas por un narrador que pareciera ver todo, siempre, por primera vez.
Dice que no corrige mucho, que casi nunca relee sus cuentos y que respeta a Borges, pero que no lo siente una influencia. “Borges es, como decía un amigo, un escritor para mostrarlo, porque es tan erudito, tan lúcido. Yo prefiero a Felisberto Hernández, que es más un escritor de la intimidad”, explica.
Por ahora, en las librerías chilenas se pueden encontrar sus dos últimos libros de cuentos: Del cielo a casa (2003) y Turistas (2008), ambos publicados por Adriana Hidalgo Editorial. A partir de junio, sus Relatos reunidos (Alfaguara) llegarán a nuestro país, junto con ella, pues pretende volver a Chile a presentar el libro y, también, un conjunto de crónicas de viaje -por Adriana Hidalgo-, en la que espera incluir un par de textos sobre el sur de nuestro país.
Foto de Felipe Gonzalez P.
EL MERCURIO
Marzo 2009
El humor de los fracasos
Hebe Uhart nació en Moreno, provincia de Buenos Aires, en 1936. Ha sido profesora universitaria de filosofía y directora de talleres literarios, pero escribir cuentos constituye su oficio principal y más querido: lo viene desempeñando desde 1962 con su primer libro, Dios, San Pedro y las almas. Con Turistas completa una lista de once volúmenes de cuentos y dos novelas. A pesar de que ha recibido elogiosos comentarios de los críticos argentinos, quienes destacan sobre todo la extraordinaria capacidad de su lenguaje para revelar escondidas riquezas existenciales, el nombre de Hebe Uhart no figura entre los más mencionados cuando se enumera la primera fila de la narrativa argentina contemporánea, quizás porque es una escritora que prefiere vivir apartada de los bulliciosos circuitos del mercado editorial.
Turistas confirma su interés para representar desplazamientos, transportes en el espacio o viajes hacia la interioridad del individuo; empresas cotidianas que exigen cruzar un umbral; situaciones iniciáticas de las que se espera algo que no siempre llega. Su novela Señorita es la historia de la transformación de una niña en mujer, y varios de sus títulos: La luz de un nuevo día, Del cielo a la casa, Camilo asciende, o Mudanzas, apuntan claramente a movimientos de fuga, de cambio, de ascenso o descenso. El optimismo de la mayoría de los personajes de Turistas nace de su ilusión en las recompensas que les otorgarán sus desplazamientos. Fernando, por ejemplo, un estudiante de primer año de Leyes, decide abandonar la universidad para fundar una revista literaria -en el cuento que lleva este nombre- dispuesto a romper con el mundo de chatura normativa en que se siente viviendo. Un proyecto similar quiere llevar a cabo Arturo, en el cuento “El centro cultural”: convertir una vieja casona en espacio para el desarrollo de las artes y la intelectualidad. Pero tal como sucede en la mayoría de los relatos, las asperezas e intríngulis cotidianos de la existencia darán buena cuenta de la ingenuidad de los protagonistas.
Este es precisamente el propósito de los cuentos de Hebe Uhart: mostrar con humor no desprovisto de afecto la discordancia que siempre se produce cuando nos desplazamos de lo soñado a lo vivido, de lo imaginado a lo concreto. En “Turistas y viajeros” contemplamos los resultados del empeño de una dueña de casa bonaerense para llevar a su familia de vacaciones a Nápoles, pero no como turistas que “es cuando vas donde te llevan como un borrego y no ves nada de lo que hay alrededor, como si tuvieras anteojeras”. “Stephan en Buenos Aires” presenta las tragicómicas situaciones vividas por un ingenuote alemán que contempla Buenos Aires a través de sus lecturas turísticas, mientras que en “Excursión larga” o en “El departamento en la costa” vemos las que sufren una mujer que se va a Mendoza para huir del calor y la rutina de Buenos Aires o una cándida bonaerense que acepta un departamento en la costa como parte de pago sin conocer el lugar donde se muda ni el hogar que la espera.
Los personajes de Hebe Uhart obtienen a veces recompensas que satisfacen sus pequeños anhelos de felicidad, como sucede a la indígena de Ibicuy que se traslada a Solano (“Bernardina”), pero por lo general no les va bien con sus sueños. Sin embargo, el fracaso de sus ilusiones no los amedrenta ni destruye: aceptan las demandas de la realidad con humorístico estoicismo, dispuestos, imaginamos, a reiniciar sus sueños en la primera oportunidad que se les presente. Así, la indudable calidez humana que derrochan estos cuentos, unida a un notable manejo de los lenguajes coloquiales, convierten la lectura de Turistas en una deliciosa experiencia.
José Promis
Turistas
Hebe Uhart
Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2008, 156 páginas, $16.500.
Cuentos
“Somos los hijos de las estrellas, es decir que somos los hijos de un recuerdo.”
Raúl Zurita
El 2 de junio la astrónoma chilena, Premio Nacional de Ciencias Físicas, María Terea Ruiz y la destacada poeta Margarita Schultz dictaron la conferencia “Voces del Universo”. La presentación estuvo a cargo del poeta Raúl Zurita.
Margarita Schultz abrió la charla explicando que fue gracias a un libro escrito por María Teresa, que logró acercarse al universo y a sus misterios, a través de la lírica:
“En el título del libro que escribió María Teresa, “Hijos de las estrellas”, estaba el germen del conjunto de poemas que escribí, así como en el Big Bang se supone que estaba el germen del resto del universo (…) ese título contenía como una semilla, toda la poesía que uno podría pensar o imaginar, porque en realidad los hijos de las estrellas somos nosotros.”
“Voces del universo” es el segundo libro de la poeta que habla sobre el cosmos. Anteriormente publicó “Memoria de la luz” (Cuatro Vientos Chile, 2001).
La charla se realizó de manera intercalada. La astrónoma María Teresa Ruiz fue la encargada de realizar diferentes presentaciones científicas, apoyadas por impactantes fotografías del universo. Al finalizar cada tema, Margarita Schultz le puso, como señaló Ruiz, “la humanidad y la carne al asunto” con la lectura de los poemas seleccionados por ambas. Ruiz comenzó explicando que la exploración que realizan los científicos del universo, la observación de su evolución desde el Big Bang, no estaría completa sin la humanidad. Esta es considerada por la astrónoma como una fuerza fundamental que la ciencia tiende a dejar fuera. De hecho fue esta la misión principal de Schultz en la conferencia: acercar o devolver la humanidad a la historia del universo.
Chajnantor
Este es un lugar ubicado cerca de San Pedro de Atacama. Está a 5200 metros de altura y en él se están construyendo los observatorios más grandes del mundo. Varios países están realizando una gran inversión, destinada a instalar antenas que permitan estudiar la historia del universo: su inicio, el nacimiento de las estrellas y todos estos eventos que es practicamente imposible observar con luz óptica.
Ruiz hizo énfasis en la magia de este lugar. Caminar en él es como hacerlo en otro planeta: falta el oxígeno y el paisaje es imponente. Durante una visita, la astrónoma fue interrogada por un grupo de empresarios, ¿por qué todos invertían tanto dinero y tiempo en ese lugar? ¿qué buscaban? ¿qué querían conseguir? la respuesta era simple: nuevo conocimiento. Esto, para Ruiz, es un gran motivo de orgullo: pertenecer a una especie que se hace preguntas y que es gracias a estas preguntas y a la necesidad de conocimiento que ha evolucionado. Así, Chajnator es para la astrónoma un monumento al espíritu humano.
Nacimiento y muerte de las estrellas
Las estrellas se forman a partir de nubes de polvo. Este está compuesto por por partículas de grafito y silicato que se juntan con gas y en esa distribución hay un grupo más denso, que se desploma por su propio peso. Según las palabras de Ruiz:
“En ese proceso se va calentando su corazón, hasta que finalmente se encienden las reacciones nucleares en el centro, que detiene el colapso y nace una nueva estrella. Este es el proceso común a todas las estrellas, incluido nuestro sol.“
Esto se repite continuamente. Después de vivir miles de millones de años y fabricar todos los elementos que necesitamos para vivir, las estrellas mueren. Las estrellas pequeñas y las grandes tienen diferentes muertes y producen diferentes elementos, pero ambos procesos son necesarios para que nosotros, los humanos, podamos existir:
“Es este ciclo el que da origen a la vida, sin este ciclo vital de las estrellas no existiríamos. Cuando se formó nuestro sol ya había fierro, uranio, cobre, carbón y todos los elementos, por lo tanto el sol no es una estrella de primera generación. Este tuvo una madre y una abuela que vivieron antes y que fueron enriqueciendo este material del Big Bang, que solo era hidrógeno y helio, poniendo trazas de todos los otros elementos de los cuales se forma la vida.“
A continuación, Margarita Schultz leyó su poema seleccionado:
Las estrellas mueren
cuánto dolor
ha de estar
difuso
lejano y nuestro
cómo no pensar
que la muerte de una estrella
es algo más que un desplome
donde la materia
busca su centro
y se acurruca sobre sí misma
en un arrebato gravitatorio
deja ir
por puro amor filial
su producción más íntima
alimento matriz
de la siguiente estrella
su hija
pero
¿escuchó alguien, acaso, el grito de dolor
de una estrella que muere?
¿alguien oyó
el bramido de mil bocas luminosas
antes del silencio?
Kelu
Finalmente, María Teresa habló de Kelu, su única hija mujer: una enana café.
Durante años, astrónomos y científicos de todo el mundo estuvieron tratando de ver una de estas enanas cafés, pero fue Ruiz, accidentalmente, la primera persona que se encontró con una. Esto ocurrió un día del año 97, mientras la astrónoma trabajaba en otro tema en el observatorio La Silla. De pronto, algo raro apareció en el telescopio. Era un objeto extraño, en el que la científica reconoció una línea de litio. Este elemento se destruye con las reacciones nucleares, con el calor, entonces se esperaba que las enanas cafés, como no tenían reacciones nucleares en su corazón, pudieran conservar el litio original del Big Bang. Así, Ruiz supo que era una enana café y para nombrarla buscó en un diccionario mapuche la palabra “rojo”. La astrónoma contó que fue un momento muy emocionante:
“La felicidad de ser el primer ser humano que ve algo por primera vez, es un gran privilegio. No lo puedo achacar a algo que yo haya hecho, porque fue ella, Kelu, la que me hizo señas, yo no la estaba buscando (…) soy una privilegiada, pues Kelu me escogió a mí para darse a conocer.”
Para cerrar la cátedra, Margarita leyó el poema final, un homenaje a María Teresa y a su descubrimiento.
Kelu
rojo sangre
rojo fuego
rojo del sol poniente
muy al sur
en el otro extremo de los kunzas
antes aun de haberlo imaginado
los mapuches
nombraron
una estrella
“Cuando hablamos de literatura y resistencia, hablamos del individuo, de su lugar en el mundo y en particular de la lucha del individuo contra las fuerzas que, en tantos ámbitos de la vida, hacen denodados intentos por desindividualizarlo.”
Juan Gabriel Vásquez.
El 11 de mayo el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez dictó la conferencia “Literatura y resistencia: una o dos lecciones de Tolstói”. La presentación estuvo a cargo del periodista Roberto Careaga.
¿De qué hablamos cuando hablamos de literatura y resistencia? según el escritor colombiano, la combinación de estas dos palabras evoca inevitablemente referencias al gran enfrentamiento del siglo XX: el individuo contra el régimen totalitario. Sin embargo, no hay que olvidar que la literatura también es resistencia a niveles mucho más íntimos, pues se resiste a todo aquello que lucha por anular lo individual. El impuslo individualista de la literatura se ha enfrentado siempre al impuslo dogmático de las instituciones proselitistas.
Teniendo esto en cuenta, Vásquez se pregunta ¿cómo debemos entender el caso de un hombre en que se den cita estos dos impulsos opuestos, la curiosidad y el afán de entender propios de la gran literatura y la rigidez más desaforada?
Pocos autores han explorado el mundo con tanta generosidad y tanta testarudez como Tolstói. Su obra no desprecia nada y es por esto que se puede encontrar en ella una cualidad casi sobre humana, como sucede en Ana Karenina y Guerra y paz. Según Vásquez ambos libros parecen escritos por decenas de personas y no por una sola. Sin embargo, los últimos años de vida de Tolstói estuvieron marcados por una moralidad o una búsqueda de esta bastante marcada:
“Durante ese tiempo, el conde vivió obsesionado con su papel de figura pública, de redentor del mundo, de fundador de un nuevo cristianismo o un cristianismo puro que se oponía a los dictados de la Iglesia Ortodoxa de Rusia. Cambiar una religión, y de paso a la especie humana, requiere tiempo y concentración, y Tolstói comenzó a despreciar el arte, todo tipo de arte, por considerarlo poco cristiano, egoísta, individualista.”
El arte comenzó a parecerle despreciable, pero no le ocurrió lo mismo con la escritura, pues su papel resistente seguía siendo parte de su filosofía. Esto aparece en su propio diario, donde señala que la única forma aceptable y eficiente de luchar contra el gobierno, es utilizando los pensamientos, la palabra. Sin embargo, la escritura literaria no cabía en este espacio de lucha, por lo que en ese entonces le parecía a Tolstói algo nocivo para él.
Durante los años de vida que le quedaban (quince, para ser exactos) comenzó a escribir cada vez menos ficción y cuando lo hacía, la repudiaba luego y se repudiaba a sí mismo. Para Vásquez sucede aquí una gran paradoja, pues es en aquel momento de desprecio hacia la ficción literaria, que Tolstói escribe Hadjí Murat, una de las más grandes creaciones literarias de todos los tiempos.
Hadjí Murat fue un rebelde musulmán, uno de los más temidos opositores de la Rusia expansionista de Nicolás I, y hacia 1851 se había convertido en un franco dolor de cabeza para el zar. La novela comienza con un preludio que Vásquez caracterizó como “un inmenso atrevimiento narrativo y al mismo tiempo de una sencillez abrumadora” en el que el narrador (que identificamos como Tolstói) camina por el campo y encuentra un cardo que trata de arrancar, pero le toma bastante tiempo, se convierte en toda una lucha. Finalmente el narrador lo destroza y se lamenta por haber destruido una flor que era bella estando en el tallo. Así, la resitencia de ese cardo, recuerda al narrador una antigua historia caucasiana, que es la de Hadjí Murat.
Este libro, que es para Vásquez una extraordinaria metáfora de la resistencia, le toma a Tolstói ocho años y es su último relato de envergadura. Para explicar el tiempo que le costó terminarlo (de hecho, no lo publicó en vida) Vásquez señaló lo siguiente:
“Si ser novelista es difícil, es más difícil ser santo. Y así es: Tolstói se había convertido en eso, un santo en la Tierra. El mundo entero acudía a él, y él los ayudaba a todos, con todos se sentía deudor culpable, de todos se sentía responsable. Se había convertido en un líder religioso, y quienes lo seguían tenían la convicción de ser parte de un grupo de elegidos, eso que los profanos llamamos una secta.”
Los lectores de Hadjí Murat debemos lidiar con una compleja contradicción: aquella lucha del hombre contra las fuerzas colectivas, uno de los más grandes elogios del individuo, fue escrita por un hombre que ya no creía en el individuo ni en el arte, que es parte de la esencia de la individualidad.
Ante estas reflexiones, Vásquez se pregunta cómo podría reconciliarse la figura del hombre que escribe un libro semejante, con el moralista que aparece en su diario. Es, a su juicio, la más grande esquizofrenia vista en la literatura. Quizás la única respuesta posible es para el escritor colombiano la que involucra la idea de resistencia:
“Podemos hablar de literatura y resistencia de muy diversos modos (…) siempre hablamos de los maravillosos papeles que ha jugado la literatura cuando el ser humano está en peligro. ¿Pero qué decir de sus propios mecanismos de supervivencia? ¿Qué decir cuando la literatura misma, los rasgos que la hacen única e imprescindible, se ven amenazados por las convicciones extraliterarias de su propio creador?”
En los últimos años de vida de Tolstói encontramos esto: una lucha de la literatura contra el escritor. Es imposible saber si el escritor estaba consciente de esta pelea interna o si sus dos inteligencias coexistían de manera paralela, sin encontrarse jamás.
Sea como sea, el resultado fue una de las más grandes obras de la literatura occidental, terminada por su autor de mala gana, mientras su interés se concentraba en otros asuntos y otros escritos.
El 19 de diciembre de 1900 Tolstói escribe:
“El artista, para poder influir en los demás, debe buscar; su obra ha de ser una búsqueda. Si ya lo ha encontrado todo, si lo sabe todo y adoctrina o se divierte deliberadamente, no ejerce ninguna influencia. Sólo si busca, el espectador, el oyente, el lector se unirán a él en su búsqueda.”
Para Vásquez, Tolstói tenía toda la razón. Aquí estamos nosotros, más de cien años después, buscando a Tolstói. Son las ficciones las que nos iluminan, las que nos muestran el camino y nos llevan un paso más cerca de comprender a la compleja humanidad:
“Son lo más cerca que estamos, o que estoy yo, del sentimiento religioso, porque siguen enriqueciendo mi noción de la humanidad, mi comprensión de lo que son los seres humanos y mi respeto por esta vida inmensamente varia, intolerablemente rica que nos ha tocado en suerte, tan múltiple y compleja que no la podríamos entender sin la ayuda de quienes la han contado antes.”
29 de junio 2011
Académico de la U. de Brown, el crítico peruano destaca la influencia actual del escritor norteamericano.
“José Donoso es nuestro gran enigma, porque todos creíamos conocerlo y al final nadie lo conocía… Ni siquiera su hija”, afirma el crítico peruano Julio Ortega, quien prepara un libro sobre escritores latinoamericanos. Académico de la Universidad de Brown, Ortega no salió muy bien parado en los diarios del autor de Coronación, que fueron la base del libro de Pilar Donoso, Correr el tupido velo.
Invitado a la Cátedra Roberto Bolaño de la UDP, Ortega dará hoy, a las 11.30, la conferencia Biografía literaria de la narrativa latinoamericana, donde además saldrán al ruedo Jorge Luis Borges, Mario Vargas Llosa y José María Arguedas. La charla será una suerte de adelanto de su próximo libro. “No son mis memorias ni es crítica, sino testimonios sobre escritores que he conocido. Lo definiría como accesos biográficos a la obra. En este libro yo soy el testigo”, afirma.
A modo de ejemplo, cuenta un aspecto de José María Arguedas y su relación con Chile. “Arguedas -más cercano a Nicanor Parra- veía a Pablo Neruda como un monumento. Una vez estaba en Isla Negra invitado por Neruda, quien siempre iba acompañado por una corte de damas. Arguedas estaba solo en un rincón y dijo ‘Tengo que vengarme de Neruda’. Y tomó una guitarra y empezó a cantar en quechua, ‘y todas las damas me rodearon’, me contó. Son metáforas que cristalizan la relación entre autor y obra”.
Gran conocedor de la poesía chilena, Ortega subraya la vigencia de Nicanor Parra. “Siempre hay alguien que lo descubre, sobre todo en España, donde empieza a leerse con más intensidad. Eso pasa porque en su obra el tiempo presente siempre está en crisis. Y en ese punto Parra sintoniza muy bien con los jóvenes de hoy”.
Ortega es también un atento lector de la narrativa joven y en su opinión la mayor influencia actual viene de EEUU. “El último gran escritor fue David Foster Wallace. En Perú, el mejor narrador joven se llama César Gutiérrez, autor de la novela Bombardero, sobre las Torres Gemelas. Creo que hay más acercamiento a los escritores rupturistas norteamericanos, como Foster Wallace, que a la obra de Roberto Bolaño, cuyo mito por su muerte temprana tiene que ver más con la cotización de la Bolsa que con sus libros. Cuando el mito baje a la realidad veremos qué pasa. Sin embargo, es una lectura obligatoria”.