Por Cecilia García Huidobro
20 de abril de 2011
La Tercera
El escritor peruano Alonso Cueto dará una conferencia “Escritores peruanos y chilenos: asombros comunes”, en la Cátedra Bolaño de la UDP el 26 de abril a las 11,30 en calle Vergara 240.
Las palabras que decimos a diario parecen ser un santo y seña que nos identifica y nos permite reconocernos en cualquier parte. En Madrid, por ejemplo, en el aeropuerto de Barajas oí decir “cáchai que aquí en ninguna parte toman Bilz los muy giles”. Son chilenos, me dije altiro.
Sin duda muchos han tenido una experiencia similar. Estar fuera de Chile e inesperadamente, donde menos se espera, escuchar un “cáchate la media mina”, o “pícala huevón”, o “me gusta esta payasada”… El infaltable compatriota pata’e perro se ha cruzado en nuestro camino. Unas pocas palabras y nos hemos reconocido gracias al peculiar “habla” del chileno con sus muchos giros o términos propios de raigambre de indígena como “poto”, “guata”, “guagua”, “chascona” son una suerte de cédula de identidad.
Eso creí yo hasta que me topé con un libro del escritor y periodista peruano Alonso Cueto. La iluminadora lectura de Valses, rajes y cortejos que reúne sus artículos periodísticos publicados en distintos diarios y revistas, me llevó a concluir que nuestras expresiones suelen ser mas comunes de lo que creemos. Todo un capítulo está destinado a lo que el autor llama “frases frecuentes” que reflejan parte de la idiosincrasia de una sociedad pues son a la vez códigos de una ética y una filosofía de bolsillo que reviven y se modifican cada vez que alguien las pronuncia.
Partamos por el uso del diminutivo. Señorita un cafecito, son quizás las palabras más repetidas en el Paseo Ahumada y debería estar en el escudo nacional porque un brasileño o un argentino jamás van a andarse con chicas. Pero Cueto sin embargo lo pone en el epicentro del hablar peruano: “Me podría dar un trabajito o un puestecito o una bequita para mi hijito son frases usuales entre nosotros”, escribe nuestro escritor, actitud que atribuye a la afición de su país a “dulcificar la realidad”.
La imprecisión es otro rasgo que destaca en el lenguaje peruano de todos los días aunque bien podría pensarse que se refiere a nosotros. El “cualquier día te llamo” que menciona equivale a nuestro “veámonos” o “juntémonos” rodeado de una absoluta vagedad. Un especie de afecto sin tiempo, “como si el futuro fuera inmanejable por lo que no es posible tomar compromisos”. Consecuencia de esa misma actitud, otra frase recogida facilmente reconocible para cualquier chileno: me da la gana, o no me da la gana como se le escucha mas en Chile.
La pesadumbre y el humor son también rasgos compartidos de nuestra habla. “La catástrofe tiene una fama bien ganada, quien lo anuncia, por lo tanto, aparece como un ser tocado por la gracia de lo inteligente y sombrío” gracias a un ‘estamos peor que nunca’, escribe Cueto. Y para sobrellevar esta angustia, se recurre el humor. “Es que estamos en el Peru, frase que pretende convertir en broma pasable la convivencia con nuestros males.”
Definitivamente hay muchos elementos compartidos con la cultura peruana y no estaría mal que nos detuvieramos en esos rasgos ante la reiteración majadera de lo que nos enfrenta. Quienes llevan las relaciones internacionales de ambos países deberían leer más a nuestros escritores y así tener mayor densidad en la aproximación a las políticas comunes.