El pasado martes 18 de mayo nuestro invitado mexicano, Álvaro Enrigue, novelista y crítico literario, presentó su conferencia: “Rubén Darío trepador: políticas de la cursilería”, despertando en el público la risa irónica entre ágiles comentarios y una lectura apasionada de los versos cursis de Rubén Darío.
Pedro Gandolfo, escritor y critico literario, fue el encargado de presentar a Enrigue, frente a quien nos confesó con cierta ironía: “me siento alguien impresentable”. Galdolfo reconoció a Enrigue como uno de los pocos escritores que útimamente “le habían devuelto el apetito por la literatura”, gracias a la curiosidad intelectual y característico “humor caótico” que éste ha incubado en sus lectores a través de sus últimas novelas: Hipotermia y Vidas Paralelas, obras hechas para el “arme y desarme”, donde el lector puede en su goce íntimo “coger, mirar, dar vuelta” lo que le otorga a sus novelas un rasgo bastante particular dentro de la narrativa actual.
Una literatura “irregular en su sentido más positivo”, donde todo puede potencialmente mutar, en este sentido -Gandolfo- describió el estilo de Enrigue en constante fuga: “su estilo es evadir el estilo”, aclaró. Por lo mismo, el ejercicio de leer a Enrigue implica también la capacidad intelectual del lector para comprender sus jugadas, la radicalidad de su imaginación literaria y el complejo desarrollo o entramado de sus ideas. “No sé si recomendar sus novelas, ya que además de admiración…me generan envidia”, nos confesó Gandolfo, finalizando su presentación.
La conferencia de nuestro invitado partió con la sensualidad del humor y con cierto aire performático, Enrigue nos habló sobre Rubén Darío y su “arte de trepar socialmente”. Un arte que utilizaría tan bien y que finalmente lo llevó a “dejar de ser un poeta de masas, para situarse en el Panteón de una clase aristocrática Latinoamericana”, de este modo Enrigue abrió su reflexión entorno a la pregunta: ¿De qué nos defendemos cuando defendemos a Darío?. Al parecer el adjetivo “cursi” aún nos persigue como hijos de la clase media americana, entendiendo cursi como proceso: “en fuga precoz de la clase media”, según él mismo. Por lo mismo inició un recorrido desde la primera obra cursi publicada en 1852, del novelista español Ramón Ortega y Frías titulada “La gente cursi”, que da cuenta de la explotación literaria de la clase media iniciada por escritores realistas españoles. Rescatando del libro una cita de Ortega y Frías: “La cursilería es una enfermedad de origen público”… Enrigue llega a la conclusión de que: “siempre los aristócratas son los que ríen y los burgueses los humillados”.
Estas reflexiones configuran una nueva visión de lo cursi en Rubén Darío: “lo cursi como batalla de clases”, que, en el caso del poeta nicaraguense puede verse como motor de su propósito final: poder ascender socialmente más allá de su reconocimiento como escritor, provocando a aristócratas como Federico García Lorca con la pomposidad de sus encabalgamientos y el ritmo empalagoso de sus versos pareados.
Enrigue comprobó este afán trepador de Darío a través de estractos de su autobiografía como de sus propios poemas, aquellos “versos enloquecidos y de efecto corporal, que desencadenan una complejidad fonética impresionante”, aclarándonos al final de su conferencia: “Darío sólo quería trepar por la escala social, escapar de la clase media y de sus limitaciones…hay que liberar al monstruo de la cursilería para entrar en Darío”.
GALERÍA DE IMÁGENES:

De izquierda a derecha: Álvaro Enrigue, Pedro Gandolfo.

