La última visita a la Cátedra la realizó el escritor, periodista y cronista argentino, Martín Caparrós. Curiosamente al iniciar la charla el autor manifestó su descontento con la etiqueta de cronista. El término -de moda en el último tiempo-, habría perdido su carácter político, para transformarse, más que nada, en un artefacto del status.
Este sentido crítico marcó la exposición iniciada por el periodista y escritor chileno, Andrés Gómez, quien con su presentación logró introducirnos a la obra del argentino a partir de sus propios textos, componiendo un pastiche bien logrado entre estilo, obra y biografía.
La identidad de Caparrós, se impuso como la protagonista de la cátedra. Sus reflexiones navegaron tratando de hacer sentido al título de la ponencia: “Enfermedades crónicas de la literatura latinoamericana”. Un encabezado improvisado, incluso antes -según el propio Caparrós-, de que tuviera claro cómo justificarlo, elegido sólo por motivo de las propias palabras (“el escritor es alguien se deja llevar por las palabras”). Fue quizás por esa razón que el discurso en algún punto se transformó en un diálogo reflexivo del propio autor consigo mismo, lo que permitió a los presentes experimentar algo más que una pura inyección de contenidos.
Caparrós es un autor -en palabras de Gómez-, “que se indigna con la injusticia, y a quien la miseria del mundo no lo deja indolente”. Y a partir de esta manera de entender el mundo, desarraigándolo, el autor puso en cuestión en primer término la veracidad del concepto “Latinoamérica”, cuestionando la necesidad de integrar algo que durante doscientos años buscó justamente diferenciarse, desintegrarse. La visión de Caparrós sobre Latinoamérica se despoja de los nuevos consensos que buscan reunirla en una sola identidad, una vez más su mirada escéptica y políticamente atenta, se proyecta filosa y nítida sobre la realidad. Sobre el lenguaje el autor vuelve a esta idea de diáspora creciente, donde los lenguajes, a pesar de la homogenización esperable como producto de la globalización, se distancian cada vez más unos de otros, incluso aquellos nuevos lenguajes que surgen del uso de la tecnología. Caparrós llama a esto el Big Bang del lenguaje, y sería un proceso progresivo desde la conformación de las naciones.
Acerca de la crónica y la novela, y el supuesto espacio que habría entre ellas, el autor se refirió a como ambas corresponden a dos ejercicios distintos de escritura, donde lo único que sí cambia es el pacto de lectura.
“Las enfermedades de la Literatura”
La primera y la gran enfermedad que sufre la crónica según Caparrós, es la aceptación. Los escritores siguen aceptando una forma antigua de proceder en su escritura, siguen ejercitando un modelo de hace cincuenta años. El autor se sorprende de que el Nuevo Periodismo siga llamándose Nuevo Periodismo. La crítica de Caparrós sugiere que esta práctica repetitiva, no hace más que anquilosar el ejercicio de la escritura periodística, restándole toda posibilidad de novedad. Esta aceptación de la forma, es también es una aceptación del lugar: “actualmente decir que se hace crónica, es algo que queda muy bien”. Caparrós se queja de un snobismo que se habría hecho característico del género, y que lo ha privado de su posibilidad de levantarse y manifestarse de manera política frente a lo que relata. La crónica que a Caparrós le interesa, es aquella “desconfiada y dudosa, un intento de poner en crisis las certezas”.
A diferencia de la crónica, cuya enfermedad sería la aceptación, en la novela el autor identifica otro mal: la renuncia. Nos encontraríamos viviendo en una época de gran mediocridad literaria, donde el sistema y el mercado confabulan para que sigamos produciendo libros mediocres. Con libros mediocres, Caparrós se refiere a libros que no tendrían ninguna ambición más allá de sí mismos. Similar a la crítica que le hace a la crónica o a la labor anquilosada del periodismo, sin embargo, en el caso de la novela, resulta aun más trágica. “Si alguien pintara como Delacroix sería un idiota, alguien que escribe como Flaubert, puede llegar a ser un gran novelista contemporáneo”.
Caparrós confiesa que subestimó el poder el mercado y su afán homogeneizante. Se refiere a la ausencia de la capacidad de “romper” en el trabajo literario y como alguna vez pensó esperanzadoramente que existía la posibilidad de escribir despojándose de necesidades y moldes, “escribir lo que había que escribir”. Asumiendo al mismo tiempo, su propia incapacidad frente a estos topes y grilletes del mercado, grilletes, por lo demás, muy confortables, y por esa misma razón tan peligrosos.
El presente también estaría cada vez más ausente en la literatura actual. En la apariencia de necesidad de una novela, sin embargo, tan difícil de conseguir según Caparrós, existiría una forma de escritura autónoma liberada de estos topes a los que antes se aludía. En aquella novelas que logran esa apariencia de necesidad se producirían esas excepciones tan buscadas por él en la literatura contemporánea. La necesidad y la irreproductibilidad serían características de lo que para el autor es esa otra literatura, la esperada y excepcional.


