Perfil María Moreno: Una Nena y dos apellidos
María Moreno, es uno de los heterónimos, seudónimos, o personajes que utilizó María Cristina Forero en la década de los `80 para firmar su columna “A tontas y a locas” en el diario Tiempo Argentino. Nombre que terminó representando a una de las mejores- y más polémicas- cronistas y críticas culturales de Argentina, a partir de entonces, personaje y escritora lograron unirse a la perfección: “a veces yo -eso que se llama yo- soy Cristina Forero y María Moreno es un personaje que produce textos que me dan de comer. A veces percibo diferencias entre las dos; a veces, creo que se funden. También tengo una duda sobre su orden. Y por suerte están los porteros eléctricos: nunca sé con cuál voy y vacilo al anunciarme”.
María Cristina Forero se autodefine como “periodista y crítica cultural”, pero además es narradora, coleccionista, pintora y editora; lo mismo sucede con su obra, al trabajar con una variedad de géneros y temas, intentando siempre innovar el periodismo. Existe en ella el interés por los temas periféricos: los ghettos, la mujer, travestis, etc. Sabemos también que vive en El Once y que entre sus autores vivos favoritos están Collette, Lucio V. Mansilla y John Berger. Es una escritora que no pretende tener el control sobre sus obras, relacionándose con la escritura como con un juego de azar, o como ella misma lo afirma: “otra manera de soñarme irresponsable, despeinada”. Actualmente coordina el área de Comunicación del Centro Cultural Rojas y conduce el programa Portarretratos en el canal de la Ciudad.
Aunque María Cristina Forero hoy en día es conocida bajo la firma de María Moreno, inició su carrera en el diario La Opinión escribiendo notas de vida cotidiana y de cultura con otros seudónimos, uno de ellos es Rosita Falcón, una vieja y maestra que llegó a ser bastante popular, dicen que muchas de sus lectoras pasaditas escribían al diario o le mandaban sus pañoletas en agradecimiento. Otro seudónimo no tan popular pero gracioso era Juan González Carvallo, el tipo que descargaba en sus líneas todo su odio y repudio machista. Pero sólo Moreno logró desplazar a Forero, y cada vez más aparecía su firma en diarios como Sur o en las revistas literarias Babel y Fin de Siglo. Si bien, en 1983 Forero fundó el diario Alfonsina; Moreno escribía en él ( interesantes artículos sobre Madres de Plaza de Mayo, Dorothy Parker o Néstor Perlongher.)
Aquella entidad que al principio fue una manera de ocultamiento, un lugar seguro donde Maria Cristina podía recibir críticas sin ser la afectada, finalmente toma vida propia alrededor de un nombre que va perdiéndose en el anonimato: “firmé como María Moreno, como un ocultamiento. Pero terminó funcionando más que mi propio nombre”. Podemos imaginar ese alejamiento y luego desaparición de Forero, porque nunca la conocimos: sólo se puede ser testigo del desplazamiento de nombre y apellido en cada columna, y que más tarde termina apareciendo en libros como “El affaire Skeffington” (1992), “El Petizo Orejudo” (1994), “Vida de vivos” (2005), “Banco a la sombra” (2007), entre otros.
De María Moreno se percibe una original forma de concebir la escritura, logrando una elaborada combinación entre periodismo y narración, lo que ha logrado con el tiempo, al igual que “Forero- Moreno”, fundirse completamente. Se podría decir que Forero es la entidad periodística y que Moreno es la encargada de tejer aquellas ficciones, alrededor de entrevistas, crónicas y reportajes.
En caso de “Vida de vivos”, desarrolla la posibilidad de la entrevista como ficción, y de la verdad como una extrañeza. Intenta no sólo descubrir al entrevistado, sino que este mismo se descubra en cada irrupción de verdad: Para mí la mejor entrevista- dirá María Moreno- es aquella donde el entrevistado dice algo que no sabía que sabía y es el primero en sorprenderse. El segundo sería el entrevistador.
La entrevista se desprende del orden y uso convencional, aquella búsqueda de lo real o la verdad como fin último. Moreno nos entrega una nueva teoría de la entrevista: el juego como principio movilizador, al no preparar las preguntas- o si es posible- ni siquiera preguntar, dejar que el entrevistado se tropiece consigo mismo: Una prueba más de lo ideal para hacer una entrevista es no saber nada del entrevistado y mucho menos haberlo entrevistado antes con éxito.
Su relación con la escritura, y con la literatura comienza con el juego que partió en su infancia, las letras que aparecían frente a una pequeña cronista que observaba desde un balcón a sus vecinos: los otros. Una cronista “que todo le entraba por los ojos, aun cuando no supiera leer ni escribir”, pero que fingía hacerlo: A los ocho años tomaba un ejemplar de Fedra y lo miraba con atención. No era la de Racine sino una adaptación puerca, de una editorial ignota. Las letras del título estaban groseramente en relieve. Yo no leía esa Fedra ni nada parecido. Cuando me aburría de fingir apoyaba el ejemplar sobre mis muslos y hacía presión con el borde de la mesa. La piel me quedaba roja con la forma de la palabra “Fedra” escrita al revés. Era como un bordado o un tatuaje.
Maria Moreno hace suyo el juego, es parte de una personalidad que nació del heterónimo, la relación con el otro que también es ella, y que en sus obras está presente, a través de la ironía y un sentido del humor como resultado de una compleja sensibilidad y capacidad de capturar una atmósfera, un momento que se vuelve reflexión. En “Banco a la sombra” recorre distintas plazas y parques del mundo, pero que van volviéndose propios, una especie de novela de viajes, en la que no sólo recorre lugares y personajes, sino sus miedos y recuerdos. La cronista descubre en cada plaza un nuevo mundo, y se reencuentra con un pasado de recuerdos omitidos, una cronista paranoica en la ciudad de Taxco (México), sintiéndose cada vez más extranjera de aquellos rituales del día de muertos que no comprende: La fantasía del país extranjero como espacio propio de los muertos no es infrecuente. Esa vida cotidiana de la que uno se siente excluido hasta la invisibilidad, o al revés, en la que se hace visible sólo bajo el aspecto del turista, como si el otro estuviera viendo a otra persona y no a la totalidad a la que se suele llamar “yo”, provoca la idea de estar ocupando el lugar de la cámara, cuando, en las películas de terror, representa a los seres que vuelven.
Una relación con el otro, que explora en cada plaza, y que la vuelcan hacia un espacio interno. La obligan a sentirse ese “otro”, y es lo que termina descubriendo el lector una vez que lee a Moreno en la ficción. Una forma escurridiza de mostrarse al público, pero siempre tentadora. Para conocer a Cristina Forero hay que leer a Maria Moreno, reconociéndola en cada otro de su ficción. Ya lo había confesado en la introducción de “Vida de Vivos” cuando retrataba sus primeros intentos de crónica y de espionaje infantil: Definitivamente me gustaba “lo otro”. Y que más tarde, ese apellido Moreno se transformaría en una forma de desprenderse de la autoría del texto: Siempre hubo una idea de no reconocimiento, de construir algo exterior a mí, sin posibilidad de autoría.
