Perfil de Juan Villoro: mirada plena, mente inquieta

Si hay algún rasgo que define a Juan Villoro es aquella capacidad y constante inquietud que le permiten inmiscuirse en diversos temas con una libertad indiscriminada para pasar de un estilo a otro sin alejarse en lo más mínimo de su sello propio. Cuesta formarse la idea, siquiera el esbozo de alguien, que, como Villoro, pareciera no terminar de mostrar nuevas señales: un tipo capaz de escribir a cabalidad, tanto de literatura como de fútbol, alerta frente a cualquier acontecimiento para atraparlo con ojo de águila: nos encontramos frente a un hombre impaciente, que no deja pasar ni goles ni desafíos.
En sus obras se ve reflejada esa esencia multifacética que lo identifica: aquella mirada sencilla y seria (casi sacerdotal) de la que se escapa, por momentos, la sonrisa burlona y la mueca irónica frente a la realidad: “es quizás una manera de protegerme, un disfraz como forma de cobrar distancia frente a los sucesos y protegerme de ellos”. Aquella indiscutible propiedad con que analiza sus actos y su relación con las cosas, debe sin duda, ser la causante de su calvicie (habito de quienes están al mando de un buque grande). Su impaciencia por retratar rápidamente y en su totalidad los diversos temas que ve pasearse por ahí, es justamente, donde radica su energía creadora, donde las referencias e infinitos materiales se disponen para la creación de una obra seductora en toda su dimensión.
En la experiencia de leerlo e intentar conocerlo a través de ciertas pistas, queda la impresión de una personalidad que no se muestra por completo. Y si hay algo que define tanto su personalidad como su estilo, sería aquella agilidad y capacidad de innovación para crear y crearse a sí mismo. Más allá de la timidez que aparenta está la imagen de un tipo completamente extrovertido, de comentarios certeros y un repertorio de chistes en constante renovación –según comentan amigos cercanos-.
Villoro nace en México en 1956, estudió Licenciatura en Sociología, pero es escritor de profesión. A sus 52 años es conocido por obras como La noche navegable (antología de cuentos), su novela El Testigo, con la que recibió el premio Herralde el 2004, su libro de ensayos literarios De eso se trata, entre otros.
Su infancia, que por un lado estuvo marcada por el amor incondicional al postre “flantástico” (vicio que lo llevó a la cruel gordura de los niños) y por la extraña realidad del Colegio Alemán, donde sólo se hablaba español terminada la clase. Donde lo único que le recordaba que era mexicano, que estaba, efectivamente en México, eran los gritos del fútbol en los recreos, los gritos de un México improvisado en aquella cancha donde los goles les devuelven la identidad que en cada recreo se juegan. En la cancha: “asocié siempre el gusto de gritar en la lengua proscrita con la pelota que le daba sentido al recreo.” Mas esto sería tan solo un simulacro, un accidentado y mínimo acercamiento a la cultura germanica. En su juventud, con solo veinticinco años, viaja a Alemania Oriental como agregado cultural de la embajada de México. Sus episodios del Colegio Alemán se contrarrestaron con la imagen de un país dividido por un gran Muro de diferencias ideológicas. Quizás lo más alegre de esos ocho años en la RDA, fueron los veranos berlineses, junto a las voluntarias de la Juventud Libre Alemana “que -según Villoro- a causa del calor habían sustituido la camisa azul reglamentaria por brevísimos bikinis”. Pero, más allá de los buenos veranos de “sol, hierba y bikinis”, está presente un clima de incertidumbre que une a esa parte de Alemania, con un México igualmente inestable. Villoro ejemplifica la problemática política e histórica de su país a través de la imposibilidad de definir sus límites, una periferia que se aleja cada vez más de su mirada: “La patria es un sitio de extravío, un horizonte escapadizo, siempre extraño, que sólo entrega una promesa: mañana será distinto”, la sensación de que “pronto todo acabará”, o más bien, ya pasó y no nos dimos ni cuenta. Villoro es un escritor que vive en el intento de traducir lo que está cambiando ante nuestros ojos sin percibirlo: “no hay fotografía capaz de captar la extraña consonancia entre la mano que indica un detalle y la mirada brillante de quien no lo había advertido.”
Las miles de máscaras que conforman su personalidad y su obra, ese oscilar entre lo serio y burlesco, es lo que terminan dibujando el perfil de quien se atreve a disfrazar una zancadilla crítica en un gentil saludo a la realidad.
