Homenaje a Jorge Herralde
En este apartado se encuentran los textos de las intervenciones que hicieran Carlos Peña, Arturo Infante y el mismo Jorge Herralde en el homenaje a éste último, llevado a cabo en julio de 2007.
HERRALDE
Por Carlos Peña
La dedicación que Jorge Herralde ha mostrado siempre por los libros –por los que edita, por los que escribe y por los que lee- serían un motivo más que suficiente para que la Universidad Diego Portales lo invitara a aceptar la distinción de Profesor Honorario que nuestra comunidad académica concede a quienes, por su trayectoria nacional o internacional, han hecho “una contribución relevante al país en los campos del arte, la ciencia y la cultura”. Y digo que eso sólo sería más que suficiente, porque como todos ustedes saben, Jorge Herralde, de manera casi involuntaria y como si no se lo hubiera propuesto -que es como hacen las cosas las personas de verdadero talento- ha amoblado de libros y de autores todos los intersticios de la cultura de habla española, casi como si fuera una infección benigna, hasta el extremo que no hay estante que no acoja uno o varios de sus libros o lector que no se haya dejado hipnotizar por algunos de sus escritores. El prestigio de Anagrama y el aura con que él, a través de los años, ha sabido proveerla, está, como digo, presente por aquí y por allá entre el público lector y universitario y ya casi no hay entresijo de la cultura en el que se no se advierta un rastro, siquiera mínimo, de los libros y de los escritores que él ha contribuído a descubrir o a erigir entre nosotros.
Y es que Jorge Herralde ha sabido, como digo, proveer a Anagrama de un aura que se transfiere a los autores que él mismo edita, al extremo que publicar en la editorial que él fundó ha pasado a ser en el imaginario del público lector muchísimo más que el resultado de un contrato de edición entre un editor sagaz y culto y un autor de talento: ha pasado a ser un signo de distinción, casi una transferencia de prestigio de editor a autor. Y por eso no es exagerado afirmar que Anagrama ha llegado a ser en la industria de la cultura más que una marca o una empresa editorial: ella ha llegado a ser eso que la sociología llama una institución, es decir, un entramado simbólico que infecta benignamente de prestigio a todo lo que toca o siquiera se le acerca.
Pero si, como digo, la espléndida labor de editor de Jorge Herralde explicaría de sobra la distinción que la Universidad Diego Portales lo invita ahora a aceptar, ella todavía se justifica por los estrechos vínculos que median entre el quehacer de los libros, por una parte, y las virtudes que la Universidad, con mayor o menor acierto, debe esmerarse en cultivar, por la otra.
Desde luego, y aunque solemos olvidarlo, las instituciones educativas, su ethos intelectual por decirlo así, surgieron al compás del libro y organizaron sus rutinas y su quehacer cotidiano a la sombra de la lectura y de sus estilos. La espiritualidad monástica, por ejemplo, a cuyo amparo surgieron las primeras escuelas que se masificaron siglos después en los sistemas escolares de educación de masas, surgieron sobre la base de la lectura que, en sus inicios, y antes siquiera que se masificara, era un ejercicio espiritual, que junto a la meditación y la contemplación, permitía el acceso a una vida santa. La propia Universidad medieval fue siempre, por supuesto, una institución dedicada ante todo a la lectura y a la producción de lectores, como lo prueba el hecho que la palabra latina para leer y enseñar, lectio, es exactamente la misma, lo que prueba que desde entonces hasta hoy la escena universitaria y escolar está, por decirlo así, organizada en torno al libro y su lectura, hasta el extremo que sería posible mostrar cómo la historia del libro y de los modos de leer prefigura las vicisitudes de la argumentación y del diálogo, como ocurre, por ejemplo, con el paso del argumento de autoridad a la crítica racional que es propia de las sociedades democráticas, una actitud que sin el libro quizá no hubiera brotado nunca en las sociedades humanas.
Y es que los libros –ese santo y seña, según sugiere Steiner, para hacernos mejores de lo que somos- constituyen, más que una fuente de un saber acabado, el testimonio de una actitud de búsqueda y de diálogo. En los libros, en efecto, buscamos hacer transparente una realidad que suele ser opaca; también solemos buscar sosiego y otras veces consuelo; pero, por sobretodo, en los libros buscamos la pluralidad y el diálogo, o sea, buscamos conversar, en ese intercambio silencioso que es la lectura, con aquellos que se han interesado por lo mismo que a nosotros interesa, conversar con aquellos que se han preguntado lo mismo que nosotros preguntamos.
Quien, como Jorge Herralde, ha dedicado su vida y todo su quehacer a los libros, se encuentra entonces comprometido con las virtudes y los principios más antiguos del quehacer intelectual y sobretodo, con aquello que, desde siempre, ha justificado la existencia de la universidad, a saber, la creación de cultura y de espíritu crítico, es decir, la producción de ideas generales y bien fundadas que nos permitan orientarnos en medio del desconcierto y en medio de la superabundancia de información. Porque la superabundancia de información -un rasgo de nuestra época que ha llegado a ser casi un lugar común- no es, como suele creerse, el punto de llegada del quehacer intelectual, sino apenas su antesala. Por eso, con todo lo magnífico y sorprendente que posee la información electrónicamente soportada, ella no logra aventajar el aspecto modesto de los libros. Los libros poseen ventaja por sobre cualesquier otro artefacto intelectual, incluído el ordenador y su sorprendente rapidez. Si ya como objeto los libros son irreemplazables –después de todo no es lo mismo manejar un mouse que la experiencia morosa de sostener una página- los libros son, todavía, insustituíbles como rutina de formación intelectual. Los libros constituyen la pausa que permite transformar la información en experiencia, la experiencia en conocimiento y el conocimiento en tolerancia, o sea, en esa tranquila aceptación de la diversidad y los de los múltiples aspectos de la condición humana sobre la que descansa la democracia.
Por todo eso, que como ustedes ven no es poco, el Consejo Directivo de la Universidad Diego Portales ha decidido, por la unanimidad de sus miembros, invitar a Jorge Herralde a ser Profesor Honorario de la Facultad de Comunicación y Letras. Allí estará en buena compañía además, puesto que se encontrará con Nicanor Parra quien es el único otro Profesor Honorario con que hasta ahora cuenta la Universidad Diego Portales.
Por supuesto, cuando la comunidad académica de la Universidad Diego Portales invita a Jorge Herralde a formar parte de ella en la calidad que ahora le confiere de profesor honorario, lo hace, claro está, con plena conciencia que es la Universidad la que se honra con esta distinción y no Jorge Herralde quien, a sus muchos méritos, simplemente sumará ahora la generosidad de recibirla. Por supuesto, en nombre de todos quienes formamos parte de la Universidad Diego Portales, no puedo sino manifestarle nuestro agradecimiento por eso.
PALABRAS DE ARTURO INFANTE
Quiero agradecer a quienes me han invitado a decir unas palabras con motivo de esta distinción que la universidad concede a uno de los grandes editores de nuestra lengua. No hablo aquí en representación de institución alguna, pero espero que mis palabras interpreten el sentir de buena parte de la comunidad del libro en Chile. Todos los presentes conocen la trayectoria de Jorge Herralde y están al tanto del distintivo emblemático que esta proyecta. Creo entonces, que lo que cabe destacar es la feliz conjunción entre una universidad que opta por ser pionera en nuestro país en la enseñanza formal del oficio editorial, y que además decide hacerlo al más alto nivel, aliándose con la Universidad Pompeu i Fabra, y además integrando a Herralde a su magisterio.
No dudo que para muchos este hecho puede resultar un tanto paradojal, e incluso un despropósito al ser el nuestro uno de los países que reúne las peores adversidades para el desempeño de cualquiera de los oficios o profesiones que surgen de la actividad del libro. En efecto, transcurridos diecisiete años de recuperación de la democracia y ejercicio del poder de nuestras más progresistas posibilidades de gobierno, aún seguimos sin tener una política pública para el libro. En estos años hemos alcanzado el mayor crecimiento económico y social de nuestra historia, pero seguimos teniendo una librería cada 100.000 habitantes y, por cierto, un punto de venta pirata cada 30.000. Hemos alcanzado- con gran alarde- un superávit de reservas fiscales, también histórica, pero parece que no alcanza para dejar de pensar que las bibliotecas públicas deben autofinanciarse con la beneficencia.Llevamos ya tres décadas -dos generaciones de lectores- con el más alto impuesto al libro. Gravamen concebido en dictadura, que nuestras autoridades democráticas han aumentado en varios puntos, esforzándose en explicarnos que constituye el mejor aliado para el desarrollo del libro. Dejo hasta aquí esta sombría lista de adversidades para no seguir horadando la vocación de estos estudiante de Magíster en Edición, sin dejar de agregar que hemos pasado, desde hace poco y esperemos que por un buen tiempo, de uno a dos suplementos literarios para todo nuestro largo territorio nacional.
Con todo, soy de los que tienen la firme convicción que la osadía de la Universidad al decidir poner este Magíster en territorio semidesértico es un gran paso para el libro en Chile. No me cabe duda que buena parte de sus egresados serán los encargados de protagonizar el cambio. De provocar esa vuelta de tuerca que por tanto tiempo no hemos sabido conseguir. Sin duda que esta canalización de vocaciones hacia el mundo de la edición y una enseñanza académica que sistematice las experiencias de este oficio significará un nutriente de gran aporte para nuestro debilitado panorama editorial. Es esperable su contribución al ensanche de las vías de acceso al libro y la lectura, al posicionamiento social de este bien cultural que forma parte indisoluble de la libertad y la democracia. Necesitamos la incorporación de actores preparados para enfrentar el desafío pendiente. Personas capacitadas que comiencen a cambiar las cosas y que desde su actividad sean capaces de persuadir a quienes ponen las reglas del juego, a convencerles que el respeto a la propiedad intelectual no existe sólo para poder cumplir los tratados de libre comercio, si no que conforma una pieza clave de la creación del libro; que la rueda no fue descubierta por nuestros ministros de hacienda, ya que en todos los lugares del mundo donde se lee el impuesto al libro es nulo o está diferenciado; que la función social de los distintos protagonistas de la cadena del libro es mucho más que el glamour decorativo de las fotografías de las páginas sociales; que la diversidad bibliográfica es una necesidad que desborda cualquier maletín, por literario que éste sea . En fin, que alguna vez logren entender que la lectura es la mejor inversión social y no el peor gasto.
Por todo ello saludo con gran beneplácito esta vinculación distintiva de Jorge Herralde al proyecto de esta casa de estudios. Nunca mejor maestría y referente. Es una verdad aceptada en el mundo de la edición en español -aunque algunos aún se resistan o se hagan los desentendidos- que Herralde representa la quintaesencia del virtuosismo editorial. El mito viviente del oficio, que se sustenta en la construcción de un catálogo sin parangón. Digámoslo sin rodeos : Jorge Herralde encarna el horizonte aspiracional de todos los editores vocacionales .
Qué privilegio entonces, para estos futuros actores de la cadena del libro en Chile poder descubrir de primera mano las claves de su sabiduría: que les pueda transmitir el amor y la dedicación infatigable a una vocación que lo hizo renunciar a otros destinos hace 38 años. Esa curiosidad intelectual que lo condujo a descubrir autores extraordinarios y a publicar los ya millares de títulos que hoy conforman su catálogo, amén de los otros muchos que afortunadamente dejó fuera. Esa laboriosidad y goce por el trabajo bien hecho que lo lleva a intervenir directamente en los diseños de colecciones, en las ilustraciones de las tapas, en las traducciones, en las campañas de prensa, a visitar las librerías para comprobar el destino de sus libros. Que buena oportunidad para quienes se formen aquí poder seguirle la huella de la construcción de su catálogo y entender a tiempo que algo parecido a Anagrama sólo puede cimentarse sobre la base de una actitud intelectual y profesional de convicciones profundas, en criterios de rigor de inclaudicable consistencia con los valores literarios y culturales en los que se cree.
No quiero extenderme más ni menos perturbar la proverbial modestia de Jorge Herralde, solo decirle muchas gracias maestro Herralde por estar presente en el desarrollo editorial y cultural de Chile.
El próximo jueves 17 de enero la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales, Mori y Santiago a Mil invitan a la conferencia “Los bárbaros, crónica de una mutación en curso”, del escritor italiano Alessandro Baricco, en Cátedra Roberto Bolaño.