Discurso Inaugural de Carlos Peña:, “Literatura que se sumerge con los ojos abiertos”

Literatura que se sumerge con los ojos abiertos:
Discurso inaugural Cátedra Roberto Bolaño ante la prensa cultural de Santiago

Por Carlos Peña G.

Roberto Bolaño, en cuya memoria instituimos la cátedra que hoy día estamos instalando, no fue nunca a la Universidad, ni como alumno, ni como profesor, y por lo mismo, no alcanzó ninguno de esos sucedáneos de títulos de nobleza en que amenazan convertirse hoy día los títulos universitarios. En vez de inscribir cursos, leer manuales, escuchar clases, tomar apuntes, escribir papers, oír a profesores casi siempre formularios, aprender símbolos y fechas, o hacer fotocopias apuradas, o sea en vez de hacer durante cinco años o más lo que cada uno de nosotros hizo, él prefirió simplemente leer o escribir, lo que, según enseñó Borges, vienen a ser casi lo mismo, y por eso no es difícil imaginarlo, en esos años de la Universidad desconocida, como un lector insomnne que no se dejó sobornar ni siquiera por el cansancio y para quien, sospecho, el sueño de Kafka –encerrarse en una cueva, con una lámpara, y escribir y leer a tiempo completo- debió ser casi un paraíso, algo que de realizarse le permitiría, sin ninguna interrupción, hacer las veinticuatro horas del día lo que hizo en cada uno de sus libros: perseguir casi con afán detectivesco las huellas y los residuos que lo humano, ese afán que va y viene entre las cosas, sin quedarse definitivamente en ninguna, va depositando en los discursos, en las obras y en las cosas. Porque si hay algo que sorprende en Bolaño, en este diríamos, iletrado formal, es la vastedad de su cultura que parece no haber dejado libro por leer, casi desde Homero a Wittgenstein, al extremo que, como ha sido sugerido dos o tres veces, no hay otro escritor de nuestra lengua que exhiba una cultura tan vasta como la suya y que, así y todo, en vez de dejarse ensuciar por la erudición, haya sido capaz de escribir con desenvoltura y con la naturalidad de quien simplemente respira, unos cuentos que apenas son leídos lo ponen a uno rapidamente en su lugar: el de un simple profesor universitario.

Como Borges, Roberto Bolaño hizo de la literatura, de sus motivos, de sus procedimientos, de sus trucos y de sus trampas, el objeto de su propia creación, motivo por el cual la suya es una escritura sobre la escritura, un intento por develar el secreto de esa pasión que lo consumía como lector. Por eso la que quizá sea la más perdurable de sus novelas, Los detectives salvajes, está organizada como una trama en torno al acto de escribir, escribir poesía en este caso, que se entrelaza y se entrevera con las pasiones, los sueños, las miserias, los viajes y la cotidianidad de unos personajes para los que la vida parece un simple pretexto para hacer poesía aunque ella nunca pueda ser, como ocurre en esa novela, ni vista ni leída. Porque la suya es literatura sobre la literatura, o mejor, porque la suya es una literatura que intenta dibujar la escena que hace posible a eso que llamamos literatura, otra de sus grandes obras es una enciclopedia aparentemente mendaz sobre La literatura nazi en América, una obra en la que se fabulan las vidas, las obras y los motivos de un montón de escritores viles, y a la vez amables, que no existieron nunca, pero que al leer esa obra no nos cabe duda alguna que los conocemos desde siempre. Por supuesto, y justo porque la suya es una escritura acerca de lo que hace posible la letra, Roberto Bolaño escribió, o quiso escribir, una sola obra, o varios textos que remitieran los unos a los otros, y donde los personajes como Ulises Lima o Arturo Belano entraran y salieran como si lo acompañaran siempre y como si las anécdotas de sus novelas y de sus cuentos fueran simples pretextos para que ellos entraran y salieran una y otra vez de las vidas de nosotros, sus lectores.

¿Para qué sirve la literatura? le preguntaron alguna vez a Bolaño y él dijo que la literatura, eso mismo que, hemos visto, consumió la totalidad de sus días y fue el tema recurrente de toda su obra, no servía para nada. La literatura, dijo, sólo sirve para la literatura y quizá eso, agregó, sea suficiente. Después de todo, sugirió, la literatura se instala en esa breve porción que Pascal llamó el paréntesis, que es la existencia de cada individuo rodeado de nada antes del principio y que sabe que no existe nada después del final.

Roberto Bolaño, al revés de muchos otros escritores a quienes la vida les sonríe y que se dejan entrevistar por revistas del corazón, poseyó la lucidez inmisericorde de un condenado a muerte. Tuvo conciencia de su cuerpo enfermo y quizá por eso la libertad de decir las cosas por su nombre, de hacerse de enemigos, de hablar sin demasiadas concesiones y sin pensar en el qué dirán, porque después de todo él sabía que tenía los días contados y que si todo era literatura, su enfermedad no lo era, ni lo sería nunca, lo perseguiría hasta el final, y sin importar con qué se la mezclara, con literatura o lo que fuera, en cualquier caso seguiría siendo una simple enfermedad.

¿Habría aceptado un escritor tan lúcido e insobornable como Bolaño que se instituyera esta cátedra en su nombre, en el seno de una Universidad privada y que para mayores señas, se llama Diego Portales, un personaje que, todo hay que decirlo, al revés de Bolaño, no supo nada, o supo muy poco, de literatura?

No lo podemos saber, desde luego; aunque es probable que el asunto lo habría incomodado un poco, pero no porque se trate de una universidad privada, ni por el nombre que tiene (después de todo, Portales leía poco, pero leía el Quijote que es el único libro que cita en su correspondencia y eso creo basta) sino porque, como expuso dos o tres meses antes de morir, en esa conferencia inconclusa y brillante que es Sevilla me mata, él siempre rechazó a los escritores que escribían para ganar respetabilidad, siempre tuvo el temor de ser considerado uno de esos novelistas que escribían para ganar reconocimiento o para huir de la posibilidad de trabajar en una oficina o vender baratijas en el Paseo Ahumada. El, en cambio, siempre prefirió esa literatura que se sumerge con los ojos abiertos y por eso temo que una cátedra como esta, que supone algo de respetabilidad y de reconocimiento, la habría terminado aceptando aunque no con pocos remilgos y no pocas dificultades.

En cualquier caso de lo que no cabe duda es que la instalación de esta cátedra más que honrar el nombre de Roberto Bolaño, honra y enorgullece a la Universidad que la acoge y de paso la obliga a estar a la altura del personaje y a ser una cátedra abierta a todas las voces, sin restricción ninguna, en la que puedan decir lo suyo todos quienes, como Roberto Bolaño, no temieron ni siquiera por un instante sumergirse una y otra vez con los ojos bien abiertos.

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